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Fausto Masó

En manos de Maduro

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Maduro no es Chávez, tampoco Allende y menos Fidel Castro. Es un aparachick que nunca aprendió a gobernar, al lado de Chávez no se aprendía a gobernar. Ahora heredó un sistema que solo funcionaba con el propio Chávez, no hay chavismo sin Chávez. El último cuento de este gobierno ha sido que los pasajes no aumentaran de precio al pasar al SICAD 2, algo asombroso porque aunque bajaran supuestamente en dólares en bolívares pagaremos cinco veces más. 

Maduro para su sorpresa se encontró manejando un avión en una tormenta. Primero estaba orgulloso de que le encargaran tal misión, más tarde se asustó.  

No hay razones para que no empeore la situación económica ni para que ocurra un nuevo 27 de febrero, una explosión popular para la que este y todos los gobiernos están preparados, conscientes de que deben ahogarla al nacer, no permitir que por televisión  muestren el saqueo. Sin embargo una situación económica que se deteriora y una sociedad acostumbrada a la protesta, es una combinación explosiva porque hasta ahora Maduro demuestra constantemente que quiere aumentar el control del país, reemplaza directivos del Banco Central con alguna independencia técnica por chavistas sin mayor preparación. El país irá de peor en peor, sin que haya una solución fácil a la vista y con un final inesperado. ¿Cuál?

Fidel nombró a Raúl Castro su sucesor sin pedir la opinión de terceros, o del partido como hubiera sucedido en China. Chávez escogió a  Maduro como candidato presidencial, no lo  nombró presidente de una vez, lo designó vicepresidente para que ocupara su lugar hasta que se celebraran elecciones y pidió a los chavistas que lo eligieran. La legitimidad l de Maduro surgiría de un proceso electoral, aunque políticamente representaba la voluntad de Chávez, explicitada “firme y plena, irrevocable, absoluta”. En Corea del Norte el hijo del dictador lo sucede, al estilo de las monarquías hereditarias.

Siempre pareció que  Chávez mandaría hasta su muerte, pero el cáncer adelantó bruscamente su salida de la escena. A la hora final, después de meditarlo Chávez escogió como sucesor a Maduro por las razones equivocadas; Chávez no previó que clase de país enfrentaría Maduro, seleccionó a un chavista genuino, y al país le convenían un presidente que en nombre de la revolución abandonara en los hechos, no en las palabras, el discurso revolucionario, cosa que quizá obligado por las circunstancias hará Maduro, abrir la economía, es decir traicionar el legado socialista en nombre del socialismo.

Como enterrador del legado de Chávez Nicolás Maduro ocupará un lugar en la historia, el venezolano que puso en evidencia la vaciedad y la contradicción del chavismo, ocultada todo el tiempo por la personalidad de Chávez. Maduro es el heredero de una corona, de un sistema democrático que negaba la alternancia en el poder, una de las características esenciales de la democracia.

El canciller Maduro recorrió el mundo junto a Chávez, desarrollando esa relación que surge en los grandes viajes.  Maduro llega a presidente porque un moribundo quería que lo sucediera un hombre que viera el mundo por sus ojos, solo que pronto el país se convenció de algo obvio, Maduro no era Chávez y al negar su propia personalidad enviaba el mensaje de que Maduro, un imitador, no era nadie. Chávez lo creyó el discípulo ideal, alguien que cuando fuera presidente de la Asamblea obedecía sus órdenes a pesar de que ya hubiera acordado otra cosa con los diputados. Para Maduro una orden de Chávez valía muchísimo más que su propia palabra empeñada en la Asamblea, era la palabra divina contra la humana.

Chávez escogió a un seguidor obediente, amigo de los cubanos, un supuesto obrero, no a un buen alcalde o un buen gobernador, un Jorge Rodríguez, un ministro como VIelma Mora que había sido un excelente administrador del aeropuerto de Maiquetía  y del Seniat y a quien apartó del gobierno, como hiciera con los comandantes del golpe del 4 de febrero.

Ahora estamos en  manos de Maduro.  Nos hará falta mucha suerte.

El apoyo a Maduro bajó de 37% a 31%, en unas pocas semanas.