• Caracas (Venezuela)

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Hay una relación muy estrecha, y usualmente no muy visible, entre desconfianza y autoritarismo. Según esta relación, la forma como una población se perciba a sí misma determinará no sólo su mayor o menor aceptación a prácticas coercitivas de un gobierno, sino su idea sobre los roles de la autoridad y del Estado.

Uno de los primeros en estudiar la relación desconfianza-autoritarismo fue el profesor Juan Carlos Rey. Para él, si las personas en una sociedad se perciben a sí mismas como llevadas por sus excluyentes intereses y egoísmos, lo que termina convenciéndolas de que la sociedad civil no es más que un terreno caótico donde sólo reinan los cálculos subalternos de cada quien, en consecuencia el necesario orden social sólo puede venir desde arriba, desde el poder. Así, la falta de confianza de la gente sobre su propia capacidad para generar sus formas de convivencia, termina por convencerles de que el único que puede asegurar el orden en una sociedad de egoístas es el Estado

Esa falta de confianza ha sido estudiada con detalle en el caso venezolano. El problema es que la reducción de la confianza en una sociedad obliga a aceptar, como compensación, medidas más invasivas y tutelares por parte de la autoridad para regular las relaciones y asegurar el funcionamiento social. Así, la poca confianza que el venezolano tiene hacia los demás le lleva con facilidad a aceptar que la única forma que las cosas funcionen es “poniendo orden” o “metiendo en cintura”, lo que por lo general significa que alguien desde arriba vigile y controle que los demás hagan lo que son incapaces de realizar por ellos mismos.

Estas reflexiones vienen a propósito de algunas reacciones a la iniciativa de imponer que los venezolanos se registren ante un captahuellas para poder adquirir alimentos y otros productos. A pesar de que la respuesta inicial parece mayoritariamente de rechazo, ya han comenzado a aparecer personas que sienten la medida como justificada. ¿Justificada en qué? En que a los venezolanos hay que domesticarlos para que se porten bien. Tal fue el razonamiento, por ejemplo, de una señora de clase media a las puertas del Bicentenario de Las Mercedes, en Caracas, quien ante las cámaras de CNN reconoció que esa es la única forma que la gente deje de “provocar desabastecimiento” con sus compras nerviosas y egoístas. La captahuellas sería entonces una especie de dispositivo moral que contribuirá a que los venezolanos seamos mejores personas, por supuesto “a juro”.

Más allá de la dudosa viabilidad de imponer un sistema de estas características a toda la red de expendios alimenticios del país, lo políticamente resaltante es el nuevo intento de seguir reforzando en el imaginario colectivo las ideas de desconfianza interpersonal entre los venezolanos.

Ya los laboratorios comunicacionales del gobierno han comenzado a enfatizar que, al final del día, esta libreta electrónica de racionamiento es consecuencia que los venezolanos no son más que son un pueblo inmaduro, egoísta e incapaz de manejarse en sociedad, razón por la cual el gendarme necesario necesita intervenir para domesticarlo. Por su propio bien, claro está.

La forma más sutil pero al mismo tiempo efectiva de legitimar la represión y el autoritarismo, es convenciendo a la propia gente que los necesita, porque es incapaz de funcionar por sí misma. En la medida que una población crea –independientemente que eso le guste o no– en su propia incapacidad, en ese misma medida justifica la necesidad de dominación.

¿Es malo el nuevo captahuellas? Depende. Desde los intereses del poder, y más allá que se logre aplicar o no, cualquier cosa que siga reforzando en la psicología del venezolano sus ya altos índices de desconfianza en los demás y en sí mismo, resulta muy útil para perpetuar su aceptación, aunque sea pasiva y a disgusto, a la sumisión y al control por parte de la autoridad. ¿O acaso no son pocos los que piensan que a los venezolanos “hay que meterlos en cintura”?