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Mauricio Vargas

El estado del malestar

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En medio de una aguda crisis económica y de sucesivos escándalos de corrupción entre los poderosos, millones de europeos han salido a las calles a protestar. No son de izquierda ni de derecha, no tienen líderes visibles ni quieren convertirse en un partido. Solo están hasta la coronilla por la falta de oportunidades de desarrollo laboral, mientras en el gobierno, el parlamento, los altos tribunales y las grandes empresas estallan a diario escándalos de asociaciones ilícitas, sobornos y mangualas para robar.

Como parodia del viejo sueño europeo del Estado del bienestar, los analistas hablan de un Estado del malestar. Algo similar –con las particularidades criollas– está pasando en Colombia. Que el 30 por ciento de los encuestados asegure que votará en blanco en las elecciones presidenciales es apenas uno de los síntomas de esa irritación.

Algo de lo ocurrido con los delegados más jóvenes en la convención conservadora, que se alzaron contra el apoyo a la reelección de Juan Manuel Santos y acallaron por ello, con una silbatina sin precedentes, al decano de los congresistas azules, Roberto Gerlein, apunta en esa dirección. Muchos de quienes han llenado la plaza de Bolívar –no digo todos porque hay buses de otras regiones y maquinaria burocrática del Distrito–, más que ser petristas, son capitalinos indignados con una democracia que consideran cerrada.

“A mí no me gusta Petro, tiene desbaratada a Bogotá, pero se está aprovechando con habilidad de la rabia contra los corruptos”, me dijo el otro día un taxista. “Y es que no hay derecho a que sigan los mismos con las mismas y se hereden –agregó–: el hijo de Gaviria es jefe del liberalismo, el de Samper es viceministro, los de Santos y Uribe se atacan por Twitter, el de Pastrana quiere lanzarse; como decía Maradona: ‘¿Y ellos a quién le han ganado?’ ”.

A diferencia de Europa, no es la crisis económica sino el surgimiento de una nueva clase media lo que impulsa este oleaje. En Brasil y Chile, donde la pobreza se ha reducido de modo significativo en la década reciente, los jóvenes han salido a protestar, porque ahora que tienen oportunidad de educarse han despertado y, con toda la razón, exigen más y mejor calidad en los servicios y oportunidades que el Estado y la sociedad les ofrecen.

Aunque en Colombia la reducción de la pobreza no ha sido tan importante como allí, y aún falta mucho trecho por recorrer, millones de colombianos han vivido un ascenso hacia las capas bajas de la clase media. Y exigen, ¡con toda la razón! Nadie puede demandar mejor calidad en la salud si no tiene acceso a ella. Pero tener acceso no basta: debe ser de buena calidad.

No es solo un asunto de mala calidad en los servicios. Es también una rabia contenida porque la democracia colombiana luce bloqueada, una sensación agravada por la institución de la reelección, los escándalos de corrupción, la proliferación de delfines políticos, las componendas en los altos tribunales y hasta por el hecho de que los comandantes guerrilleros no vayan a pagar cárcel. Por todos esos síntomas, en fin, que saltan a la vista en las encuestas.

La mayoría de los políticos –olímpicos y prepotentes– alza los hombros ante esta evidencia. “Esos del voto en blanco no van a llegar a las urnas”, dicen con desdén. Algo de razón tienen: parte de esa intención de voto tal vez se quede en casa. Pero el síntoma está ahí y sería gravísimo desconocerlo. En el pasado, el voto en blanco apenas alcanzó una intención de voto del 4,5 por ciento, y una votación efectiva de poco más del 3. Esta vez puede crecer, sin consecuencias aparentes. Pero la marea está ahí, subiendo, y cualquier populista hábil –como Hitler en la Alemania de los 30 o Chávez en la Venezuela de los 90– se puede beneficiar de ella. Ahora o más adelante.