• Caracas (Venezuela)

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Daniel Lansberg Rodríguez

El malabarista de Miraflores ya no tiene pelotas

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Pobre Nicolás, al haberse jactado desde el comienzo, y con toda su legitimidad política, de aquel “dedazo” de su predecesor “infalible”, hoy no puede contar con el escudo político más básico y fundamental de todos: culpar al líder de ayer por los problemas de hoy. Es un poco injusto, pues, sin lugar a dudas, Chávez mismo le sacó mucho provecho a esta estrategia, culpando a la cuarta república de cada fracaso. Además, las causas del colapso económico y social que actualmente sufre Venezuela germinaron bajo las decisiones miopes de Hugo Chávez, quien vivió la fiesta y a Maduro le dejó el ratón.

Chávez también le dejó a su sucesor un PSUV divido, donde se encuentra rodeado por rivales copartidarios más capaces, e igualmente ambiciosos, que él. Debe ser bastante abrumador teniendo que atenderle constantemente tanto a los innumerables egos del liderazgo PSUV, como a los intereses insaciables de las fuerzas armadas y la boliburguesía, y de los cubanos y los chinos. Bajo las circunstancias, la parálisis del Ejecutivo nacional frente a la crisis fue de esperar. Sencillamente, tenía demasiadas bolas en el aire, y más pronto que tarde tenían que desplomarse al suelo, y el malabarista siempre se iba a quedar con la culpa.

Careciendo de ideas novedosas, dinamismo y capital político, Maduro sigue aferrado a una estrategia que no le sirve, el afectar y copiar el estilo de su predecesor. Pero él es un hombre muy diferente de Chávez y la suya es una Venezuela muy distinta, y los viejos trucos ya no funcionan.

En su discurso presidencial del lunes, Maduro lucía como uno niño regañado, intentando torpemente convencer a la nación de que “el perro se comió su tarea”. Son muchas esas tareas faltantes: ¿qué paso con ese compromiso de no cortar el gasto público? ¿Qué de esas promesas respecto al control de la inflación? ¿En que quedó la expansión de producción de Pdvsa?

El régimen venezolano todavía acostumbra a buscar chivos expiatorios, prestidigitando complots imaginativos para cubrirse nuevamente, después de cada fracaso nuevo. Según lo que nos explican, este gobierno ha sido a la vez el más infalible de la historia pero también el más “salado” –casi nada le sale bien, pero jamás es su culpa–. Culpan a los acaparadores por la escasez, a Uribe por asesinatos misteriosos, al Mossad por lo sapo que resultó ser Mario Silva y a la CIA por lo demás. Si estos sospechosos favoritos no dan la talla, igual están dispuestos ponerse mas creativos –iguanas saboteadoras y nefastas intervenciones de “El Niño”–. Esta semana le añadieron unos nuevos miembros al supuesto club de los “malos malucos” –las agencias calificadoras internacionales, supuestamente vendidas a los misteriosos poderes de derecha, que injustamente impugnan y perjudican la revolución para que los inversionistas huyan del proyecto sin causa alguna.

Lo irónico es que, en cierto sentido, Maduro no se equivoca al afirmar que las agencias de calificación son particularmente pesimistas respecto Venezuela, por lo menos en lo que se trata de los bonos soberanos y de Pdvsa. Dado nuestro historial de pagos, los ingresos y las reservas petroleras, nuestros activos internacionales (y las probables consecuencias si dejamos de pagar nuestros deberes) puede que sí sea algo ilógico que nuestra taza de riesgo sea más alta que la de Ucrania o Argentina. Sin embargo, este fenómeno no proviene de una siniestra conspiración, sino de las fallas obvias de nuestros gobernantes; su falta de transparencia, sus reformas paralizadas y la desfachatez absurda de nuestro gobierno tan paranoico y cuentero. La percepción internacional es que nuestros líderes es gente poco seria, poco confiable, poco coherente –y nuestra crisis es algo que proviene más de un vacío de liderazgo que de la caída de nuestra cesta petrolera.

Para su discurso, el objetivo de Maduro claramente fue despejar el camino para la serie de medidas, ajustes y cortes dolorosos que vienen, lavándose las manos a priori para que el público, o por lo menos la base oficialista, no lo culpe personalmente. Sin embargo, con su aprobación en plena caída libre durante tantos meses –más bajo que el del PSUV– queda claro que el pueblo ya se ha acostumbrado a culpar a Nicolás Maduro personalmente por los fracasos de este gobierno, y es dudable que un discurso como ese haya cumplido su función. 

Los que sí fueron influenciados por las palabras del presidente, fueron los inversionistas. Los mercados nerviosos de la comunidad internacional actualmente escudriñan todo lo que este gobierno hace –y lo que dice– con la mayor meticulosidad. El chavismo ya no puede compartimentar su mensaje como antes, con una retórica interna para la base oficialista, y otra para la comunidad internacional. Las barreras de idioma y el alcance limitado de los medios nacionales ya no significan que el discurso doméstico no viaje. Ese discurso de Maduro se volvió noticia internacional y el mercado de bonos cayó por el piso.

En la Venezuela de hoy, las palabras ya no se las lleva el viento. En la Venezuela de hoy, el pararrayos tiene un bigote… Al ese pobre malabarista de Miraflores ya no le quedan pelotas.

@Dlansberg