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Leopoldo Tablante

El magnicidio como impostura heroica

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En 2002, en el marco de aquella cumbre de las Naciones Unidas sobre financiamiento al desarrollo celebrada en Monterrey, México, un astuto Fidel Castro puso en ridículo al expresidente Vicente Fox tras hacer pública una conversación telefónica en la que Fox prácticamente le pedía a su homólogo cubano abandonar la ciudad justo después del almuerzo protocolar. El presidente mexicano deseaba hacer que George W. Bush y Castro no coincidieran, así como aliviar la logística de las fuerzas de seguridad mexicanas. La gaffe, popularizada con el remoquete de “comes y te vas”, nos volvió a presentar a un Fidel Castro que insinuaba en ser el líder que más enemigos tenía entre todos los dignatarios invitados y que, por ende, más riesgos corría por su vida.

Quizás el favor más fundamental que Juan Barreto le ha hecho al chavismo ha sido empeñarse en calificar como “virtual” toda evidencia audiovisual presentada por la oposición para demostrar la responsabilidad del gobierno en casos que lo comprometen, sobre todo en el contexto de la masacre de Puente Llaguno y del golpe de abril de 2002. Profesor de comunicación en la UCV y conocedor de la tesis del simulacro del teórico francés Jean Baudrillard, Barreto tuvo la intuición de interpretar los tiempos de la mutación digital  -en la víspera de la explosión de las redes sociales ̶  como un ambiente de probabilidades infinitas donde las cosas parecen ser pero nunca son. La virtualidad disuelve la contundencia probatoria de la imagen, lo que enseguida impulsó tanto al chavismo como a la oposición a desmentirse mutuamente a fuerza de documentales: el de tendencia chavista La revolución no será televisada, de las periodistas irlandesas, de Kim Bartley y Donnacha O’Briain, ripostado por el desmontaje técnico Radiografía de una mentira, de los venezolanos Wolfgang Schalk y Thaelmann Urgelles, contestado a su vez por otro documental de tendencia oficialista, Puente Llaguno, claves de una masacre, de Ángel Palacios.

El resultado de este tira y encoge semiótico fue la opacidad de la verdad y la descalificación de lo que se ve y se oye como productos deliberados de tendencias políticas antagónicas, que se sirven de técnicas digitales y registros retóricos específicos para hilvanar versiones audiovisuales congruentes con sus respectivas narrativas políticas. El Barreto de oratoria y escritura ininteligible parece haber encontrado por fin en la Venezuela polarizada la única superficie tangible de su laberinto teórico: la de esa sociedad de espectáculo a la que se refería otro de sus franchutes admirados, Guy Debord, quien creía que todo es apariencia, puesta en escena, montaje que se asume como verdad indiscutible para comprometer la libertad de la persona y apuntalar el sistema.

La astucia es apenas la arrancada de la inteligencia, pero ella puede llegar a tener un impacto determinante. Así como la realidad virtual propuesta por Barreto nos ha obligado a desconfiar hasta de nuestras propias percepciones, en el nivel de la presidencia de la República ha remachado los escenarios del complot y el magnicidio como último desenlace de la revolución. En su calidad de jefes de Estado, Chávez corrió y Maduro corre riesgos que no les son exclusivos. Pero su vinculación con la escuela cubana del melodrama político (no se olvide que de Cuba salió la radionovela El derecho de nacer, de Félix B. Caignet) ha hecho que los venezolanos se blinden en un discurso de lloriqueo incesante que insiste en la posibilidad del asesinato político como desenlace trágico del proyecto bolivariano.

No importa que nadie crea en los escenarios de magnicidio ventilados cada tanto por el presidente Maduro, inspirado en la escuela retórica de Chávez, que es la misma de Castro. Lo que importa es que, a fuerza de insistir en la rotundidad de su última hora, el presidente venezolano se anticipa su rol de temerario y de mártir, palabras que anclan el chavismo en la mitología artificial del héroe de guerra para el que sólo existen balas teledirigidas o cánceres inoculados, nunca enfermedades terminales ni muertes naturales.