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Francisco Javier Pérez

Hacia la madurez poética

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La poesía siempre alcanza sus cumbres más altas cuando escruta, en inclemente merodeo, su propia gestión; su vida misma. Nada más inestimable para la comprensión y nada más impostergable para la afectividad que la poesía haciendo poesía de la poesía o concibiendo la poesía de unos tratando de entenderse en la poesía de los otros. El poeta crítico por y para la poesía es la condición sublime de este arte oblicuo de la palabra, reino de lo que no puede decirse diciendo y ámbito de lo que se quiere decir anhelando la facultad de decir.

Esto y más es lo que podemos encontrar en los versos de Fosa común (Colección Puerto de Escala, 2015; textos de acompañamiento escritos por Francisco Javier Pérez, Adalber Salas Hernández y Alexis Romero), de Miguel Marcotrigiano. Libro cementerio u hojas de ciprés, esas que tanto cautivaron a los poetas del diecinueve y que tanta falta han hecho a los poetas del veinte. Reconocimiento de la poesía por obra de poetas en el momento luctuoso de las despedidas. Luces que se invocan cuando todo va a desaparecer. Cantos que se entonan sabiendo que nunca más podrán escucharse. Vidas que están diciendo adiós y cuya partida no comprendemos y no queremos aceptar. Consuelo verbal frente a la fosa común. Lucha feroz entre los signos y el símbolo.

Como si recorriéramos el osario poético personal del autor, poeta de suicidios y de afectos necróticos, quedan reunidas aquí las lápidas poéticas (la poesía lapidaria) de un conjunto de nombres enormes llamados por sus nombres propios, en una familiaridad que habla de un panteón de ánimos comunes y de un mausoleo de acuerdos funerarios que terminan siendo homenaje vivificador para cada uno de ellos. La nómina es preciosa y perfecta y merece ser recorrida como indicación de lo que este libro nos está ofreciendo; los mejores epitafios para recordar la fosa común en la que se encuentran estas figuras, guiadas por la idea y la verdad de la muerte, por el vivir muriendo y por la violencia de un final que se añora comienzo. Los nombres espeluznan y cautivan. El pavor por admiración luce una constante y la mejor constancia de que estos versos escritos por admiración de esos autores serán perduración de elogio más que solaz de tragedia.

El recorrido es arduo y desgasta el sentimiento. La gestión por la materia deja un cansancio en el ánimo que solo puede reponerse sabiendo ya que la consagración no fue aplauso del momento sino loa merecida y para siempre. Las calas poéticas nos hacen crecer dentro de esta poesía de crecimiento en la desdicha y de advertencia en la consolación.

Quejumbroso enigma del poema que caracteriza los versos del conjunto (misión del Auden más perpetuo) y que postula que “Todo es nada/ excepto la muerte” (axioma para Baudelaire). Gombrowicz ofrece sentido y actitud: “Mis restos reposan/ inquietos e hirvientes/ bajo esta lápida perfecta” y Benjamin, tono y título: “Soy el condenado/ El multiplicado/ La voz diversa/ La fosa común”. La memoria del maestro Tejedor trae la tristeza insondable de los mejores versos: “Dejen las palabras/ que aquí no resuenan/ nada dicen”. Encarnación de la melancolía en el poema para Edgar Lee Masters, reconocimiento del poeta en poesía: “Yo/ el poeta/ el más triste de los espíritus/ desencarnados”. Filosofía de la fosa en la experticia: “Lo malo de las resurrecciones/ es que ya se ha probado el licor del sepulcro” (Sylvia Plath). Versos sobre la salvación verbal de una agonía mental recuerdan a Montaigne: “He acondicionado la habitación/ y ahora las voces atormentan en este recinto circular”. La identidad de Celan y la identificación: “La lengua en la que escribo me hace daño/ cada poema lacera mis manos/ pero la sensación es rara/ pues me hace sentir que estoy vivo”. Olvidado de las palabras (Mallarmé), arribamos a la cumbre más alta, esa desde donde Rimbaud se arroja para buscar su desgracia: “que quien se atreva a tocar con su lengua la mía/ sufrirá el horror del miembro mutilado/ conocerá la hiena de la locura”. Un errar hacia lo impronunciable.      

Pocas veces nuestra poesía ha cumplido estos cometidos. Bello, Pérez Bonalde y Ramos Sucre convirtieron la traducción en vehículo para el festejo. Dieciocheros y viernistas construyeron altares de veneración para algunos ídolos. Los clasicistas del 42 levantaron templos para la permanencia poética. Ejemplos invalorables aquellos los que anidan en los Poemas itálicos (1956), de Juan Beroes, uno de sus libros romanos, que enaltece la poesía funeraria en el lugar más hermoso del mundo para alcanzarla, el cementerio de los ingleses en Roma, el húmedo vergel en donde reposan Keats y Shelley, al que Beroes dedica sendos textos de tumbas y recuerdos. En clave similar lo haría Jorge Schmidke en su libro Las ánforas de mármol (1980), esta vez para Byron y Verlaine. También, y sin ánimo de exhaustividad, los medallones fúnebres  sobre Hölderlin, Rilke, Novalis y Heine en Dorada estación (1961), de Manuel Felipe Rugeles. Muchos más y con las mismas intenciones serían vindicados por Luis Pastori en Herreros de mi sangre (1950). Esplendorosas palabras griegas quedarían grabadas con lazos de eternidad en Hélade (1980), de Jean Aristeguieta. Eugenio Montejo, ganado por el mismo espíritu, daría curso a las mejores elegías de nuestra poesía. Más tarde, al desaparecer la costumbre de vindicar con la creación, se inventó la dedicatoria y el epígrafe para celebrar la palabra fecunda y bien dicha de los otros. En todo caso, siempre ha sido poco lo que hemos invertido en reconocer a los de adentro y, menos, a los de afuera (muy a contracorriente con nuestros complejos de inferioridad que tanto han privilegiado lo foráneo por encima de lo propio, en toda materia y situación).

El libro del poeta y profesor Marcotrigiano debe ser visto como una vuelta a los nobles  hábitos declaratorios sobre los orígenes y las paternidades. Cree, con fe inquebrantable, que nada somos hoy sin lo que otros fueron ayer. Que no existe manera de hacer poesía para nosotros sin que antes hayamos hecho poesía para los que nos precedieron. Sistema circulatorio que no es posible fraccionar o interrumpir, nos debemos a lo anterior, pues nada es nuevo (ni tiene que serlo) en los espacios de la escritura. Virgilio inventó hace tanto tiempo que ya es olvido, que los modelos eran los griegos, su ayer más fecundo, y que nada de lo que haría tendría que ser novedoso, pues sabía que ello no era posible en cuanto a la palabra estética; una lengua que cambia sin cambiar, siempre una dorada vuelta a la patria literaria. 

Con una timidez que le aporta sólidos desempeños, había mostrado antes algunas de las piezas del repertorio actual bajo el título emblema de Orfandades (El pez soluble, 2012); un preludio de sometimientos al magisterio de los grandes y una toma de posición desesperada y solitaria. Allí y aquí una confesión de honestidad, el mejor terreno para que fecunde la poesía: “detrás de la máscara se encuentra el hombre… y sus circunstancias”.

Poesía sin máscaras, queda inerme frente a la tumba común (de todos y de nadie) desbordada de afectos y rencores, de aciertos y fallos, de aproximaciones y desencuentros, de anhelos y desdichas, de triunfos y desencantos. Poesía desenmascarada, queda transparente al pie de la fosa poética (muerte o eternidad, como se lo prefiera), común y sin nombres propios o apropiados, común y sin gastados temas nuevos, las perfectas lápidas de permanencia que componen estos textos de singular admiración.