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Marcelino Bisbal

El macondismo en clave gubernamental

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La imagen de Macondo, la historia de los Buendía (especialmente de José Arcadio Segundo y su gemelo Aureliano Segundo), de Ursula, de Remedios la bella, de Fernando del Carpio, de Gerineldo Márquez, de Prudencia, de Melquíades… y de todos aquellos traídos a Macondo por la compañía bananera nos sirve de símbolo para explicar la realidad actual del país. El macondismo, término acuñado por el sociólogo chileno José Joaquín Brunner, es la “contraseña para nombrar, aludiéndolo, a todo lo que no entendemos o no sabemos o nos sorprende por su novedad y también para recordar aquello que queremos seguir soñando cuando ‘ya no somos lo que quisimos ser”.

La metáfora que representa Macondo en la obra de García Márquez es exótica y mágica ficción, pero nuestra historia –que no llega a delicada metáfora– es real y llena de incongruencias, e incluso de deshumanización ética, de sorpresas que creíamos enterradas y olvidadas, de fracasos y de muchos anacronismos. La alegoría macondiana está estupendamente bien escrita, pero la historia que nos está tocando vivir y leer a los venezolanos está muy mal desarrollada y llena de alucinaciones y de mucho espectáculo. Para quienes nos gobiernan la representación ante las cámaras es fundamental. Hacen un show de cualquier asunto que nos afecta gravemente como ciudadanos y como país. En definitiva, lo hacen de todo aquello que nos importa.

La política oficial ante cualquier situación se traduce en un sketch al estilo de aquellas escenas que nos recreaban y nos hacían reír todas las semanas cuando veíamos la Radio Rochela. ¿Se acuerdan? ¿Alguna semejanza con la realidad actual? Hasta ahí hemos llegado.

Hagamos el ejercicio, tan solo por un día, de leer cualquiera de los cuatro diarios gubernamentales; ver alguno de los siete canales de televisión también gubernamentalizados; revisemos los cables que emanan de la agencia de noticias oficial; veamos y leamos los folletos, libros, panfletos y revistas que publican y que circulan profusamente por todo el territorio. Ahora dediquemos un rato a hojear las páginas de los textos del currículum bolivariano de obligado estudio en las escuelas, liceos y hasta universidades de la revolución y del proceso; sintonicemos alguna de las emisoras de radio o televisión comunitaria a ver qué escuchamos o vemos; vayamos a aquellos medios que no son del gobierno y que se presentan como independientes y equilibrados… La realidad que se nos ofrece es muy distinta de la que estamos viviendo.

Es que estamos –¿pura sensación?– en dos países diferentes. Uno es el país de lo “real mágico maravilloso”, es un país en donde no pasa nada, donde la gente es totalmente feliz, alegre y llena de esperanza. Como diría el actor Roberto Mesutti: “En Venezuela todos nos sentimos seguros”. El otro es una Venezuela caótica, insegura, llena de miedos, en donde algunos medios que todavía sobreviven a la hegemonía comunicacional del gobierno solo nos ofrecen sensaciones de intranquilidad y de violencia. En fin, Venezuela se nos presenta allí como un thriller exagerado y lleno de mucha imaginación disociada mentalmente. Todo lo malo que nos sucede a los venezolanos es producto de que “existen medios golpistas que generan violencia a través del papel”. Ahí está la tragedia de lo que nos pasa. Es que “resulta bochornoso que la realidad no imponga límites”.

Efectivamente, el macondismo en clave gubernamental no es nada fantástico, es real-objetivo. Ojalá que nunca se descubra en este país un recién nacido con cola de cerdo… para el gobierno sería el resultado de fuerzas extrajeras, de la oligarquía, o de la oposición que está tratando de acabar con el país y con la patria que está siendo construida. Ojalá que los miedos de Ursula y los presentimientos de Melquíades no se vuelvan realidad porque “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

El problema estriba, señores del gobierno, en que su macondismo ha des-ordenado el país. Ustedes des-ordenan al país, lo tienen des-ordenado y el des-orden no es metáfora que pueda ser comprendida por la razón.