• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

El lugar del escritor

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Una de las múltiples imágenes que se han visto de Octavio Paz en estos días de centenario lo mostraba visiblemente avejentado y en silla de ruedas. La foto ha debido de ser tomada en una ceremonia pública, que obviamente lo forzó a salir de la casa en la que quería pasar sus últimos días sin mayores molestias. La imagen pasaría como otra más de la iconografía conmemorativa a no ser por el hecho de que quien empuja la silla de ruedas es nada menos que el presidente Zedillo. Ver a un primer magistrado nacional empujando la silla de un inválido Paz dice mucho del lugar del escritor en nuestras sociedades, en general poco diligentes a la hora de reconocer a quienes más han hecho por ellas mismas. La escena me recordó otra de 1967, cuando dos años antes de su muerte los organizadores del Premio de Novela Rómulo Gallegos llevaron al maestro a la ceremonia en la que Vargas Llosa recibiría su distinción por La casa verde. Un poco más aéreo que terrestre, el autor de Canaima asistía al rito ceremonial sin saber muy bien de qué se trataba. Y sin embargo, el país de aquellos años no podía concebir tal acto sin su presencia: era lo que correspondía a los códigos republicanos.

Los escritores, en general, no esperan nada de nadie, como tampoco se erigen en guías o faros. Nada los espantaría más que ser modelos de lo que tanto critican, pues para redentores, mandamases o dictadorzuelos, allí está la vasta fanfarria de nuestras guerras fratricidas o de nuestros revestimientos democráticos. Nuestro discurso público, las más de las veces, es el arte de mentir, de forjar, de burlarse de los espíritus más desvalidos, generalmente para provecho propio. Esto los escritores lo saben desde los tiempos en que el mundo era solo tinieblas y una que otra serpiente: la mentira, lo saben, es el fruto más pródigo de una humanidad que, nadie se explica, muchos quisieron llamar paraíso. La reserva, la duda, la continua decepción, son condiciones que los escritores guardan en sus fueros para afrontar la corrosión de los valores que ven en cada esquina: allí pululan, por cierto, los personajes de sus novelas, las visiones de sus poemas, los hallazgos de la inteligencia que asocia e imagina.

En ese lugar cimentado a fuerza de convicción y empeño para que la condición humana sea algo distinto a su propia ruina, ya nada variará. Lo que sí podría variar, si acaso, son las sociedades, las culturas, los modelos de ser, las maneras de entenderse, el imperativo de fraternizar. Allí hay un campo del que se espera evolución, un campo que los escritores muchas veces anticipan con sus visiones premonitorias. Los países que finalmente salen a la superficie son los que pueden inventarse reconocimientos para aquellos personajes que con desvelo construyen los espejos de esta humanidad alicaída. En síntesis, el asunto no es tanto que los escritores no sepan cuál es su lugar, sino más bien cómo hacen las sociedades para identificar el esfuerzo que aquellos hacen a cambio de nada. Ese gesto simbólico de ver al presidente Zedillo empujando la silla de Octavio Paz es apenas un asomo de cómo reconocer a quien pensó y vivió a México con una intensidad difícil de emular.

En tiempos como los que vivimos, en los que venezolanos desangran diariamente a otros venezolanos, el empeño de los escritores por analizar hechos, descubrir verdades o arrojar luces donde solo se ven sombras es a tiempo completo: una vocación sin desmayo. Cada letra que se ponga sobre el papel podría ser una gota menos de sangre. Y bajo esa convicción se escribe, sin esperar nada a cambio, a no ser la dosis de concordia que cada día que pasa se evapora como agua entre las manos.