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Juan Esteban Constaín

En un lugar de la Mancha

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La noticia, gracias a internet, ya está en todas las lenguas y en todas las bocas: apareció por fin Miguel de Cervantes Saavedra, soldado y poeta. Incluso podría anunciarse, y creo que ya se anunció así en alguna parte, con un titular absurdo e ingenioso, como de otros tiempos: ‘¡Hallados con vida los restos del autor del Quijote!’. No fue fácil dar con ellos; nunca es fácil desenterrar los tesoros que ya no están allí, que son un recuerdo. Las cenizas donde alguna vez estuvo el alma, o por lo menos el cuerpo.

Ahora: la noticia en verdad no es esa, qué más querríamos. La noticia es que un grupo de técnicos de la empresa Cóndor Georadar, de Luis Avial, encontró “hasta cuatro enclaves con presencia de huesos humanos”, según El País. ¿Dónde? En el Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, número 18 de la calle Lope de Vega, Madrid, España. ¿Cuándo? Hace apenas un par de semanas, luego de un mes largo de trabajo desde el 28 de abril.

Qué, cuándo, dónde, quiénes y por qué: las claves de toda noticia, incluso de las noticias verdaderas. Pero en este caso, repito, no hay que cantar victoria; no todavía, es España y cualquier cosa puede pasar. Porque además se trata de un hallazgo muy general, digamos, muy vago: cuatro enclaves con huesos humanos en un convento con más de cuatro siglos a cuestas, que desde el principio fue también cementerio, cuando el 29 de abril de 1615, un año antes que Cervantes, fue enterrada allí la hermosa y joven sor Lucía de Santa Ana.

Así que hasta ahora, por muy rigurosos que sean los métodos de Cóndor Georadar, que lo son, solo se ven las manchas rojas del escáner donde se supone que están los restos humanos bajo el convento. Pero queda todavía romper la tierra y sacar las cenizas; luego hay que cernirlas hasta ver cuáles son las del pobre Cervantes, en qué lugar de esas manchas sobreviven sus huesos. Que no nos pase como con Quevedo hace años, cuya calavera, llena de honores, resultó ser después la de una virginal doncella con todos sus dientes.

Aunque Quevedo gozó por lo menos de esa afortunada confusión en la eternidad, y también podría decirse que en vida tuvo la misma suerte. No siempre, claro que no, nadie es perfecto. Pero conoció la fama y la gloria y la riqueza, y tuvo mecenas generosos. Era poeta, un oficio que en sus días daba más prestigio que cualquier otro: poeta de la corte, temido y adorado por los poderosos; y poeta de la calle, por la que destellaban por igual sus versos y su espada. Cayó en desgracia, sí, pero siempre se levantó. Cojeando, pero siempre de pie.

El pobre Cervantes, en cambio, qué manera de sufrir, por favor. También fue poeta pero sin fortuna, “solo y pobre” como dijo Borges: “Sin saber de qué música era dueño”. Peleó como soldado en Italia y allá conoció la poesía de Ariosto; pero luego en Lepanto una astilla hirió su brazo izquierdo y lo dejó inservible para siempre, el manco de Lepanto. Y cuando regresaba desde Nápoles a su tierra, en 1575, lo capturaron los piratas berberiscos, con una carta de Juan de Austria en el bolsillo. Por ese equívoco pasó 5 años cautivo en Argel.

No todo fueron desdichas para Cervantes, nadie es perfecto. En mayo de 1590 quiso venir a Cartagena de Indias como contador de galeras pero un burócrata español, Núñez Morquecho, se lo impidió. “Busque por acá en que se le haga merced”, le dijo y lo salvó. También a él, a ese oscuro tinterillo, le debemos el Quijote. El 22 de abril de 1616 murió don Miguel pobre y olvidado. Lo enterraron al día siguiente, con la cara descubierta y empuñando una cruz como si fuera una espada.

Ahora encuentran el polvo de sus huesos. Pero su alma está en sus libros, que no mueren.

catuloelperro@hotmail.com