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Roger Santodomingo

La lucha contra las especies invasoras (Parte II)

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El fenómeno de las especies invasivas como problema es una de las sorpresas indeseadas de la globalización. Que plantas y, sobre todo, animales exóticos aparezcan en lugares inesperados del mundo se ha hecho cada vez más común en las últimas décadas, en la medida en que la gente y los bienes se mueven con más facilidad.

Sharon Cross, del Centro de Investigaciones Geológicas de Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés), es una de las expertas mundiales en la materia. En una conversación con ella me explicaba precisamente esto. Cross piensa que si bien es cierto que es parte de la historia natural el movimiento de los seres vivos, la velocidad actual impide la evolución adaptativa de las especies. Esto es lo que hace potencialmente devastador el movimiento de especies invasoras.

Cross monitorea el impacto de las especies invasivas en los ecosistemas y en el ser humano: “Hemos visto al caracol gigante africano que se ha establecido en Florida y que puede producir meningitis al ser consumido. Hay muchos ejemplos de animales que traen parásitos que pueden transferirse a los humanos y en algunos casos producir epidemias. Pero otra consecuencia es que cambia el comportamiento humano. Nuestros hábitos se alteran y sobre todo la forma como nos relacionamos con la naturaleza. En países nórdicos salir al campo implica ahora encontrarse con mosquitos, en algunas partes del sur debes estar alerta a la aparición de una serpiente donde menos te lo esperabas”.

La biólogo Cindy Collar, también del USGS, está convencida de que la prevención es la única manera efectiva de controlar las invasiones. Una vez que una especie se vuelve invasora puede ser tan costoso que se torna imposible erradicarlas y a veces lo que se puede intentar es solo aprender a convivir con ellas o minimizar el impacto. En algunos casos de insectos o parásitos puede implicar talar bosques enteros para crear islas e impedir su expansión.

Ver a un pez león en el océano es un espectáculo. Se exportaron de Asia a América, pues su belleza las hizo una especie favorita de los acuarios. Pero algunos terminaron en el Atlántico, donde no tiene enemigos naturales. Ahora son una plaga.
Invadieron toda la costa de Florida y el golfo de México, están azotando las islas del Caribe. Ya colonizaron el norte de Venezuela y están siendo avistados con frecuencia en la costa brasileña.

Son bellos, pero altamente venenosos y voraces. Se reproducen rápidamente y acaban con otras especies de los arrecifes coralinos con la misma velocidad.

Una manera de controlarlos se ha convertido en una innovación culinaria. La cocina de animales y plantas exóticas está siendo promovida activamente por algunas organizaciones como The Natural Conservancy.

Algunos gobiernos han empezado a organizar rallies para la caza del pez león y concursos de cocina extrema.

“Esta nueva locura de comer especies invasivas pone el problema literal y figurativamente sobre la mesa”, me dice Collar. “Ahora escuchamos más del problema y entendemos mejor el peligro que corremos. No sé si en el Caribe, en México o Venezuela el pez león será tan apetecido como para acabar con la plaga, pero vale la pena intentarlo, además son sabrosos”.

Una dieta que lleva a una importante conversación de sobremesa, sobre el tema que realmente importa.

Este es un problema que debe preocuparnos porque las especies invasoras destruyen ecosistemas. Afectan la naturaleza que nos sirve porque nos brinda cosas que necesitamos, desde los alimentos hasta el oxígeno que respiramos, o porque disfrutamos el placer de contemplarla cuando vamos a un parque nacional, al Amazonas o al océano.

La especie invasiva de la historia más exitosa es el ser humano. No tiene enemigos naturales. La actividad humana está por primera vez alterando el curso de la evolución de las especies. No hay innovación que pueda sustituir el que nuestra especie asuma la responsabilidad como mecanismo de su propia supervivencia.