• Caracas (Venezuela)

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Cada vez se agranda nuestra fundamentada percepción de que quienes deciden los diseños y puestas en ejecución de las políticas públicas viven en extraviados escenarios. Ellos acusan un incurable estrabismo, y lo que es peor: con tal óptica aspiran a que las realidades del país se adapten a su modo de ver, mirar y determinar destinos. Que las cosas adquieran los significados que intentan imponer y no los que realmente tienen.

No se necesita ser muy inteligente o poseer virtudes adivinatorias para convencernos y exteriorizar, para que se anulen o corrijan, que en casi todo lo que han hecho o se proponen se develan inaceptables cúmulos de desaciertos. Ni siquiera la ruta de la lógica dialéctica los favorece, que es como dejar que afloren las contradicciones, y producto de éstas obtener una síntesis de las soluciones que son tan válidas como otras. Hasta para apelar a la dialéctica son torpes.

Pongamos atención a lo siguiente: en el mundo fluye en la actualidad una indetenible intercomunicación en todas las áreas y ámbitos, pero frente a un fenómeno que se está viviendo con tanta eclosión que se escapa del control de los Estados hay que repotenciar el talento con la finalidad de entrarle a esto sin aislamientos injustificados.

Constituye una imbecilidad abandonar el concierto de la comunidad internacional. Ningún país avanza a contrapelo de los inevitables tejidos interestatales que hoy le sirven de plataforma a la humanidad. Recibimos la calificación, en estos momentos, de un Estado cuyo curso de acción va en línea contraria a la corriente que el Derecho internacional público consagra; de allí a ganarnos la condición de forajido sólo hay un paso.

Mientras otros adelantan y procuran insertarse en esquemas superiores de intercambios de todo tipo, los detentadores del poder local creen que conviene más encriptarse. Qué otro diagnóstico se le puede dar sino el de una “visión incorrecta que afecta adversamente la percepción de la profundidad”. Así también, tal reduccionismo queda patentizado en los aspectos económicos.

Grave error estratégico de desarrollo nacional lo expone el hecho de limitar el consumo interno, casi exclusivamente, a las importaciones en altísimas proporciones dinerarias sin que se vislumbren alternativas confiables y sustentables para las necesarias y oportunas sustituciones. Las iniciativas programáticas con las que quisieron impulsar la propia sostenibilidad de nuestra economía devinieron en risibles caricaturas.

Contrario a lo que antes se había propalado con orgullo “el petróleo es de Venezuela”, ahora exclamamos “Venezuela es del petróleo”. Somos hoy un Estado nación bastante más dependiente del recurso fósil que no hemos podido controlar desde aquel accidente geológico de comienzos del siglo pasado.

Cada día estamos más convencidos de que es a través de la educación como podemos avenir mecanismos idóneos que nos posibiliten las soluciones al mar de cosas que padecemos. Sí, ciertamente, desde la educación, para aliviar los asuntos de nuestra sociedad, para demostrar la fortaleza impositiva que le es inherente por encima de la genética social.

La clave corresponde, en efecto a lo que ha venido sosteniendo el maestro estadounidense Henry Giroux: “La educación pública tiene que adoptar enclaves de deliberación y resistencia dentro y fuera de la escolaridad institucional, para que no se contemple la democracia como algo que sobra, sino como algo imprescindible para el mismo proceso de aprendizaje”. En torno a ello, entonces diremos que es una abominación insistir en un pensamiento único direccionado a preservar una exclusiva parcela de poder.