• Caracas (Venezuela)

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Alberto Barrera Tyszka

La lógica del aplauso

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El miércoles preparé una jarra de café y me senté frente al televisor escuchar el mensaje de Nicolás Maduro ante la Asamblea Nacional. Quería sinceramente saber cuáles eran los nuevos anuncios económicos. Desde hace tiempo, la polarización del país ha comenzado a perder terreno ante la inflación del país. La crisis nos recuerda que somos más iguales de lo que parece. Todos vemos el futuro como una amenaza. No solo hay desabastecimiento de harina, aceite, leche o papel, ya también comienza a escasear la esperanza.

Lo primero que pensé es que Maduro necesita, con urgencia, cambiar de guionista. El tipo que le escribe sus discursos es un infiltrado, está pagado por la CIA. No solo por algunas de sus referencias (Nina Simone, el rey Jano, algún filósofo de apellido impronunciable); no solo por esas palabras rebuscadas que siempre dejan perdida alguna consonante debajo del paladar, sino sobre todo porque propone una gramática farragosa, aburrida, una manera de decir lo mismo pero haciendo que suene peor.

Al PSUV le ha funcionado, al menos entre sus seguidores, inventar una “guerra económica” que cargue con las culpas del gobierno. Es una versión, menos sustentable y más fantasiosa, del bloqueo cubano. Pero funciona. Siempre y cuando sea un discurso simple, básico. Tratar de entrar en complejidades es un error. No es fácil explicar cómo quienes han recibido y administrado casi 1 millón de millones de dólares ahora se presentan como víctimas de un sabotaje económico. Es mejor seguir el libreto que explica la historia diciendo “él es malo, yo soy bueno”. El maniqueísmo siempre será tentador para la feligresía chavista.

Quizás por eso, cuando Maduro comenzó a hablar de la especulación, me despegué, se me fue la cabeza hacia otro lado, comencé a pensar en otro relato, en otro tiempo. Sucedió en octubre del año 2014. A las afueras de la ciudad de Corfú, un ciudadano le prendió fuego a una estación de gasolina. La noticia no hubiera pasado de ahí si el hombre hubiera sido un delincuente común, un enajenado. Pero era un pequeño agricultor que, frente a la televisión, se declaró desesperado ante el orden mundial y la voracidad capitalista. Una semana más tarde, en Zehnedick, al norte de Berlín, ocurrió lo mismo, pero esta vez fue un profesor de historia quien empuñó el fósforo. Pronto comenzaron a sumarse casos en todo el mundo. En Perú, en China y en Etiopía. En Australia un grupo de mujeres convocó a un acto público y organizó una fogata. En Estados Unidos, el Depa militarizó los centros de despacho de combustible. Fue entonces cuando Paul Lafargue escribió el famoso manifiesto que cambiaría al planeta.

Lafargue era un enigmático teórico anarquista que se dio a la tarea de demostrar que producir y refinar un barril de petróleo podría llegar a costar, en Venezuela, por ejemplo, un máximo de 15 dólares y que, por tanto, venderlo a más de 100 dólares resultaba una de las perversiones más colosales de la historia salvaje de la humanidad. Fue él, también, quien acuñó el término “aristocracia negra” para referirse a los países petroleros que estaban desangrando al mundo. Y así empezó el gran movimiento que pregonaba que la tierra era un bien común, que le pertenecía a todos los hombres y que, por tanto, un capricho de la geografía no podía darles privilegios a unos egoístas e inhumanos países ricos que manejaban el petróleo según sus intereses. En febrero de 2015, la nueva organización mundial liberadora expropió a todos los países de la OPEP y decretó una ley internacional de precios justos.

Los aplausos me bajaron de la nube narrativa y me devolvieron a la Asamblea. Maduro decía que lo estaban haciendo muy bien. Presentaba estadísticas. Aseguraba que íbamos a ser una gran potencia. Y el oficialismo, de pie, aplaudía jubilosamente. La imaginación de Eljuri es una droga dura. Somos los mejores. Y seguían aplaudiendo. Como si aplaudir fuera una medida económica. Como si aplaudir fuera una acción revolucionaria. Como si aplaudir transformara la realidad.