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Ricardo Ramírez Requena

La literatura como aventura permanente

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En Venezuela vende la No Ficción: periodismo, historia, crónica y temas vinculados con la superación personal y la sexualidad. La ficción, paradójicamente, lleva un proceso de salida (ventas) similar al de la poesía. Poesía: 500, 600 ejemplares. Narrativa ficcional (cuento, novela): 1.000 ejemplares. Hay pocas excepciones, pero casi todas vinculadas con la historia como motivo: Vegas, Suniaga, Herrera Luque, etc. Estos libros impulsan a los otros libros del autor. Hay otras excepciones (autores muy esperados): Juan Carlos Méndez Guédez, por ejemplo. Vendes los 1.000 ejemplares y la segunda reimpresión tarda el doble en venderse, pero sigue.

La ficción en Venezuela juega en la misma línea del tiempo que la poesía (a pesar de que, cada día más, sus lectores son diferentes) y aunque vendan un poco más que la poesía en corto tiempo. Ventajas: en esa línea de tiempo, suelen permanecer más en el imaginario del lector  que  los géneros de la No Ficción. Al igual que la poesía.

La escritura ficcional y la poesía son apuestas a mediano y largo plazo en la confianza del lector.

Debemos ser pacientes e independientemente del género, no dejar nunca de aspirar a ser un clásico o un autor, o un libro de culto.

Se recibe la cosecha cuando toca.

Trabajando en librerías lo entendí: hay personas a quienes les interesa el contenido del libro más que su presentación, hay personas para quienes ambas cosas son importantes, y hay personas a quienes solo les interesa la edición, el tipo de papel, la portada, solapa, tapa, mancha, etc.

Un libro es un objeto, un aparato cultural, un artefacto.

El libro virtual triunfará realmente cuando entienda que no es un “soporte del texto”, sino algo mucho más visceral. Debe lograr fidelidad y pertenencia.

Creo que la idea del libro moderno es una creación que se debe a la imprenta, a la industria que se gesta con la Ilustración (impresores, libreros, etc), y al elemento masivo que desarrolla la misma Revolución Industrial. En ese sentido, en este tiempo post-industrial, el libro en papel parece cada vez más, como las Humanidades, un intruso. El libro en papel es un gran aguafiestas, un elemento peligroso que atenta contra la hegemonía de lo virtual, de este nuevo mundo en el que estamos desde hace 50 años y que se va acelerando rápidamente desde hace 20. Parece que el libro en papel se niega a irse. Y eso tiene una dignidad que me conmueve. Me aferro a ella.

Pero si vemos hacia lo virtual y su manera de entender el mundo (que es ahora nuestra manera), podemos descubrir algo concreto, cercano a la literatura: El stalkeo sostiene las redes sociales, y son su fin más profundo. Revisar el pasado de la gente, las imágenes que ofrece, etc. Son la metáfora de lo que Internet realmente es: indagar, anónimamente o no, en lo que de alguna manera está prohibido pero, paradógicamente, está visualmente a la mano. Internet es el fin último del proyecto de la Enciclopedia, pero mucho más malandro: todos somos personajes de ese libro. Tanto Platón como Mallarmé, se frotan las manos.

Pienso en Ptolomeo, en Pitágoras también: las esferas celestes, pero llenas de Lautremont y de Rimbaud. ¿No es eso acaso lo que la literatura ha propuesta siempre como exploración y riesgo?

Ricardo Piglia escribe que Borges es el último escritor argentino del siglo XIX en Respiración artificial. Siguiendo eso, Vargas Llosa es el último realista francés (Ben Ami Fihman escribió algo parecido cuando ganó el Nobel. Villoro escribió que es el mejor escritor social latinoamericano) y García Márquez un escritor crítico de la United Fruits sureña americana. Sabemos que son eso y muchísimo más, por su condición de genios.

¿Del  siglo XX quiénes serían? Macedonio, etc, bien. ¿Y los autores del este de Europa? ¿Y Márai o más acá, Sebald? Brodsky dijo que los que realmente conocieron el siglo XX fueron los rusos, a razón de la Revolución bolchevique.

¿Qué definiría una escritura del siglo XXI, una que lo represente? Hay que leer la “literatura menor” de la modernidad, indagar en ella, en el pulp, la novela negra, y un largo etcétera. En las esferas celestes de la literatura, en cualquiera de sus páginas, en papel o virtuales, están las respuestas. Hay que indagar en ellas.

Hay que seguir pensando en la literatura hecha y editada en Venezuela, como una aventura que vale la pena.