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Gabriel Sánchez Zinny

¿Están listos los gobiernos para la cuarta revolución?

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Esté usted a favor o en contra de una mayor o menor intervención estatal, de un Estado muy presente en la economía o del libre mercado, The Fourth Revolution, (La cuarta revolución), es un libro que no puede dejar de leer.

Subtitulado como La carrera global para reinventar el Estado, sus autores John Micklethwait y Adrian Wooldridge –editores de The Economist– explican el modo en que la idea del Estado, tal como lo conocemos, está en proceso de cambio. Los autores comienzan con una radiografía de lo que el Estado ha sido hasta hoy y conducen al lector a través de tres grandes evoluciones históricas. La primera: el Estado soberano y absoluto; la segunda: el Estado-Nación meritocrático, responsable (accountable) basado en la protección de las libertades individuales y, por último, la invención del moderno Estado de bienestar.

Pero estamos acercándonos a un nuevo desafío. “Tanto en el mundo occidental desarrollado como en economías emergentes, el Estado está en problemas”. Una combinación de fuerzas, viejas y nuevas, está motorizando una crisis de gobernabilidad. En el mundo desarrollado, la está generando la suma de deuda elevada, demografía desalentadora y masificación de los subsidios estatales. En los países emergentes es el próximo nivel de desarrollo –con una mayor productividad, competitividad y capital humano– el que requerirá mejores marcos regulatorios y gobiernos más eficientes, en particular en lo que se refiere a comercio, infraestructura y educación.

Las demandas por un gobierno más receptivo vienen de todos los ángulos y rincones ideológicos. Desde la Europa posmoderna donde los partidos radicales ganaron por criticar las distantes instituciones de la Unión Europea, hasta Brasil y Turquía donde las protestas han descargado su furia contra la incompetencia gubernamental y el despilfarro, una nueva generación de ciudadanos activos, reforzados por el poder de conexión de las redes sociales, se ha movilizado para expresar sus preocupaciones.

En América Latina, y sobre todo en sectores como la educación, esto parece más cierto que en otros ámbitos. A pesar de los crecientes presupuestos públicos –tanto en términos absolutos como de PBI– la calidad educativa no ha logrado mejorar. Y en algunas zonas, las tasas de acceso y graduación para la escuela secundaria y la educación superior parecen haber empeorado.

En gran parte las fallas de nuestros gobiernos en el plano educativo derivan de la resistencia a adaptarse a las fuerzas que “dieron vuelta el mundo corporativo”, dicen los autores. Estas incluyen a la globalización, la innovación tecnológica y el empoderamiento de los consumidores. Las tres han impactado en la educación, pero el sector público es lento en sus reacciones.

Micklethwait y Woolridge asocian esta lentitud a cuatro premisas básicas. La primera: la convicción en el Estado de que no hace falta el apoyo de actores externos. Junto con ella, la centralización en la toma de decisiones, la insistencia burocrática en la uniformidad de operaciones y la convicción de que tomar riesgos nunca es bueno, que el cambio siempre es para peor.

Todas estas conjeturas están vivas en los sectores educativos latinoamericanos, donde los nuevos actores escasean, los proveedores privados son desalentados por restricciones y regulaciones, y los nuevos modelos, como la enseñanza online o combinada que utilizan tecnologías, no parecen bienvenidas.

The Fourth Revolution resalta la importancia de las ideas y en el caso de la mejora de la gobernabilidad, las ideas que importan no solo existen en países desarrollados. La capacidad de comparar –compartir ideas a través de las fronteras– es un aspecto clave de la cuarta revolución en marcha y la proliferación de información y de rankings internacionales ayuda a que cada vez más los funcionarios y ciudadanos entiendan cuáles países están haciéndolo mejor y por qué.

Una vez más la educación es un buen ejemplo. El programa PISA de la OCDE ofrece un seguimiento riguroso de los logros estudiantiles en matemática, lectura y ciencia. Actualmente los grupos civiles y de padres cuentan con métricas concretas y objetivas con las que demandar a los gobiernos. En efecto, los autores notan que PISA es “simplemente el mayor instrumento para reformar las escuelas”. La transparencia en los datos es una fuerza fundamental para el cambio.

Micklethwait y Wooldridge hacen un llamado a la reforma estatal, pero también han impulsado un debate que va al corazón de nuestra política. ¿Cuál es el rol del Estado en una era en la que la tecnología lo ha superado, revolucionando el resto de la sociedad? Y ¿qué pasa cuando los ciudadanos tienen la suficiente información comparativa para entender el pobre rendimiento de sus gobiernos?

Las respuestas a estas preguntas impactarán el modo en que los países operen –para bien o para mal– en el largo plazo y se necesitarán nuevos liderazgos. Esperemos que nuestros dirigentes políticos también estén leyendo este libro.

Antonio Fernández Nays

online journalist

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twitter: @afnays