• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

La línea blanca de la economía

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Estamos en medio de un enredado laberinto económico del cual no ha sido ni será fácil salir. Eso lo saben muy bien los economistas y lo sabemos el resto de los mortales que habitamos esta tierra llamada Venezuela, hoy sacudida por una alta inflación y la notoria escasez de productos esenciales para la vida de todos nosotros, seamos partidarios, opositores, o simplemente indiferentes frente al gobierno.

Hay un indudable elemento especulativo que está presente en nuestra economía, y en no pocos casos está asociado al clima de incertidumbre con respecto a los costos de reposición de los productos. Todo aquel que depende de las importaciones para el desarrollo de sus actividades económicas sabe, incluso por instinto de conservación de su negocio, que tiene que protegerse de la inflación y de la escasez, y por ello se ha desatado una carrera rápida y furiosa en los precios. El innombrable sigue siendo el punto de referencia para las transacciones. Esa es una realidad que no se puede ocultar y mucho menos resolver sin un plan coherente, creíble y sobre todo discutido por el gobierno con todos los sectores.      

El gobierno tiene que asumir sus responsabilidades en el fracaso de la política económica y dar los pasos necesarios y prácticos y actuar para corregir esos entuertos. Los venezolanos todavía estamos esperando un nuevo plan de vuelo en esta materia, porque hasta ahora las medidas anunciadas no van al fondo del problema ni se presentan como parte de una clara estrategia destinada a derrotar la inflación, impulsar la producción, pasar del rentismo petrolero a una ambiciosa cadena de iniciativas que al menos nos señalen la ruta hacia el sueño de un modelo realmente productivo.

Pero los errores del gobierno en materia económica no pueden ser el pretexto para que la usura sea un comportamiento socialmente aceptado.

No hay argumento que pueda sostener como una conducta razonable el incremento de 500% o 1.000% en los precios. Algunos aprovechan la escasez, la inflación y la incertidumbre para pasarse de la raya. Calculan sus inventarios en dólar paralelo aunque hayan recibido divisas a cambio oficial.

Hacerse los locos frente a esta realidad no puede ser una opción enmarcada dentro de una postura ética. Definitivamente la coartada de la inflación y el desabastecimiento es utilizada de manera criminal por algunos comerciantes inescrupulosos. ¿ O no? La sociedad en su conjunto tiene el reto de abrir un debate realista sobre este problema sin dejarse someter por los esquemas de la polarización. Sin que quienes apoyen al gobierno callen sus metidas de pata, y quienes acompañen a la oposición prefieran minimizar o ignorar la usura, para no arrimarle una al mingo del Ejecutivo, aún a costa de sus menguados bolsillos.

¿Cómo salir de este laberinto repleto de callejones que nos atrapan entre la escasez, la inflación, la incertidumbre y el temor de que esto se vaya de las manos? ¿Es suficiente tomar las tiendas de electrodomésticos y bajar los precios para que los ciudadanos que madruguen y tengan suerte compren y vacíen los anaqueles, poseídos por un consumismo revelador? ¿Será que con las medidas anunciadas se corregirán los desequilibrios macroeconómicos? ¿Cuánto dura esa felicidad? ¿Qué respuesta habrá el día que se agoten las morochas, las cocinas y otros productos?

¿Por qué mejor no le bajamos dos y propiciamos escenarios de concertación y diálogo entre el gobierno, empresarios, trabajadores y estudiosos de la economía, de diversas corrientes de pensamiento, con miras a trabajar en un programa mínimo contentivo de las decisiones inaplazables que hay que adoptar cuanto antes para transitar del rentismo a un modelo productivo? Nicolás, tienes esa carta y aún estás a tiempo de jugarla.