• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

En los linderos de ninguna parte

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Hace unos días me encontré hurgando con una mirada diferente por varias calles de la ciudad de Caracas. Estaba tras la búsqueda de un artículo inexistente, uno de los tantos que con cierta periodicidad condicionan las locomociones actuales del ciudadano común. La caminata era sin norte, desajustada, disonante; marcada por los ritmos sin tregua de un entrar y salir sin éxito de varios establecimientos: no hay, podría ser, llame en quince días, quizás, tiempo sin ver eso, qué va, ojala lo encuentre, que tenga una feliz tarde.

Al terminar el ejercicio inerte de aquella acción disipada, una sensación compleja me anuló. Era un dejo de extrañeza y de urgencia, un apuro inútil, destemplado y soez. La impresión no era solo el descenso de sentirme ajena, en el sentido errático de atravesar con desesperación vencida calles que en otro tiempo fueron circuladas con la plenitud prolongada del paseante. Era algo más, un deterioro inconcluso, una comunión extraviada.

Fue entonces cuando apareció el recuerdo de una confusa situación que alguna vez viví cuando trabajé en el último período de una institución en quiebra: recordé con acentuada fuerza ese desplazamiento caduco de los elementos, ese estar sin sentido, ese conocimiento compartido de que el barco ha naufragado, ese andar como viendo para ninguna parte, leyendo en el otro el mismo desasosiego silente. El problema, es que el sitio particular que abrió la puerta de aquella variación del pasado no era un entorno laboral en desgracia, eran las calles de mi ciudad, era el país.

Tal vez nunca hubiera escrito la traducción de este episodio si no me hubiera topado el domingo con la clausura de la muestra Obsolescencia programada del creador Luis Poleo, en la galería Carmen Araujo Arte. Allí, en las vibraciones de un sorpresivo vaso comunicante, me tropecé con los restos arqueológicos de esa batalla perdida que estaba resonando en mi memoria: ensamblajes, apropiaciones, figuras, trastos, conexiones, ruinas, clichés, herrumbres y software; emblemas de todo tipo engranados con una gran experticia simbólica y formal para hacer estallar la movilización de una imagen caída que balbucea en los vacíos sin respuesta de un más allá de la nada.

Todas las piezas del proyecto respiraban su efímera presencia por entre los fragmentos posnucleares de doscientos años de historia venezolana; una epopeya visual tasajeada por caudillos, iluminada por el abuso, fracturada por las estrategias del poder en un calamitoso retorno constante del salvajismo, la miseria y el desvanecimiento; desde el emblemático ensamblaje fotográfico Estatua T-Rextre en el que un apacible y en apariencia victorioso Simón Bolívar cabalga un bruñido Tiranosaurio rex, pasando por los Dispensadores de mitos visuales atravesados por la impronta del cartón, las conexiones abatidas y la intempestiva presencia de un extinto dinosaurio, hasta llegar al video Geometría sin ética en el que una camisa a cuadros desmonta e ironiza los paradigmas del cinetismo.

En las palabras que intercambié con el artista no pude evitar cierto tono de pesadumbre ante aquella revelación en el espacio museográfico de tanta utopía carcomida por los zarpazos de la sobrevivencia inmediata. Antes de irme me comentó sobre la aparición de una frase de James Joyce que lo había sacudido y que era la clave secreta de lo que estaba haciendo: "La historia es una pesadilla de la que intento despertar".