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Leopoldo Tablante

El linaje de la guarimba

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A sus 90 años, el maestro Carlos Cruz-Diez, insigne desertor del arte socialmente comprometido, comenta que el gran fracaso de la educación venezolana es que no ha enseñado a sus alumnos a pensar. Para el artista, nuestros procesos mentales se limitan a una visceralidad que nos impele a cavar una colosal fosa común. El comentario es relevante viniendo del oriundo de un país caótico que logró articular un lenguaje estético mundialmente reconocido.

Quizás la mejor manera de reparar en nuestra naturaleza ininteligible sea el movimiento guarimbero que se ha apoderado de las calles del país (azuzado, claro está, por la represión de la GNB). La guarimba recrudeció tras la entrega a las autoridades oficialistas de Leopoldo López, un acto de coraje al que se le sobrepuso la ansiedad de la oposición radical. Leopoldo López es un político de oficio que se ha fogueado a lo largo del chavismo y quien tiene entre ceja y ceja el final del madurismo. En la misma acera, pero con un enfoque político más moderado, transita su contendor inmediato, Henrique Capriles Radonski, quien se le adelantó a López en el trámite de purgar pena de prisión.

A la persona política de López le faltaba ese ingrediente mítico, que consuma el mérito del resistente en ejercicio. Pero el mito del sacrificio trajo consigo otro tipo de propaganda que, por redes sociales, presenta a López no solo como un héroe, sino como cabeza de una decente familia nuclear, vinculado con el primer presidente de Venezuela (José Domingo de Mendoza), emparentado con Simón Bolívar y formado en Harvard, perfil elitista muy impertinente en un país mayoritario que corresponde con el modelo de la familia matricentrada, de hijos bastardos y padres volátiles. Quienes cometieron el error de llevar hasta sus últimas consecuencias «la salida» planteada por López y María Corina Machado se olvidaron de que el país que sigue apoyando al chavismo está lejos de calzar en ese retrato de familia. El rencor de los llamados colectivos así lo ha puesto en claro.

Los dos polos que se han confrontado en los choques de las últimas dos semanas son el resentimiento de los viejos excluidos y la suficiencia de quienes se pretenden por encima de ellos. No me refiero a los estudiantes impunemente sometidos y masacrados por los esbirros de un régimen brutal, sino a los fabricantes de barricadas y callejones sin salida en urbanizaciones de clase media, los mismos que instalan guayas guillotina para decapitar enemigos motorizados. En ambos casos la motivación no pasa del esquema acción-reacción, terror y chasco para el proyecto de reconciliación nacional.

¿Qué magnetismo lleva, no ya a los marginales históricos, sino a individuos con ventajas materiales, intelectuales y académicas a seguir apoyando la tiranía del chavismo vicario? ¿Qué lleva a cierta oposición radical a forzar su presunta superioridad? La escritora Ana Teresa Torres, en su ensayo La herencia de la tribu, nos invita a interrogarnos por nuestra debilidad militarista, esa mano dura que iguala a chavistas radicales y guarimberos pirómanos en un mismo horizonte emocional: el de la necesidad de entronizarse como héroes de guerra para supeditar la patria al relato de su victoria. En ese espíritu, Leopoldo López, como Chávez en 1992, también tendría derecho de acceder al hormonal panteón de los «cuatriboleaos».

En 2008, el cineasta Luis Alberto Lamata lanzó una película que pasó bastante inadvertida y que tituló El enemigo: la hija de un profesor de Derecho es gravemente herida por un secuestrador quien, a su vez, es herido en el mismo tiroteo. La madre del malandro y el padre de la muchacha coinciden en la sala de emergencia de un hospital. Discuten desde un dolor que se desprende de la hipótesis de que si actúas como el enemigo eres el enemigo.Se desgarran. Se desgañitan. Tocan fondo. Al final, el relato se decanta en una idea elemental: si Venezuela sigue siendo tierra de héroes envalentonados, seguiremos teniendo patria de guerra a muerte, pero nunca país de ciudadanos con cabeza sobre los hombros.