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Paul Desenne

Los límites de la exquisitez

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Las transformaciones históricas de la música occidental parecen repetir incesantemente un curioso patrón que lleva a los lenguajes a su punto máximo de complejidad para súbitamente cambiarlos por nuevos esquemas mucho más sencillos y directos.

El típico ejemplo citado en los manuales de historia es el fin del barroco europeo, agotado en sus enredos polifónicos después de 1750, y el subsiguiente florecimiento del diáfano clasicismo mozartiano.

El caso se repite en todo tipo de música y en todas las épocas. El impresionismo francés, que cobró vida por una indigestión de Wagner, fue envejeciendo a su vez, ahogándose en su exquisitez. Lo terminan sepultando Poulenc, el neoclasicismo de Los Seis e incluso el mismísimo Ravel, en la década de 1920.

La tupida polifonía romana de 1550, ininteligible, se disuelve antes de 1600 con Monteverdi, quien impone un estilo de grandes líneas melódicas francas y depuradas. El expresionismo norteamericano de 1950, oscuro y soporífero, desaparece bajo el rechinante minimalismo polifacético de Glass, Adams, Reich y Riley.

Pero vemos estas rupturas también en el jazz, cuando el bebop de 1948, veloz y excesivamente complejo, le cede la tarima al cool de 1958, transparente y relajado. O en el cine y la tele, cuando la ampulosa música orquestal de los años cincuenta se ve súbitamente desplazada en los sesenta por el impecable constructivismo futurista de Juan García Esquivel, mago del collage electroacústico. (¿Y qué decir del rock sinfónico? Lo mismo ocurrió cuando el estilo ya pomposo de grupos como Genesis o Yes cayeron bajo la trituradora simplificante del punk hacia 1975).

No se trata meramente de cambios generacionales ni de una guerra entre facciones como lo fue la Querella de los Bufones entre comediantes y músicos italianos y franceses en el París de 1752, donde se enfrentaron el declinante barroco monárquico y ornamentado de Rameau y el depurado lirismo de Pergolesi, anunciando el triunfo operático de Gluck en 1772.

Más allá de las causas generacionales, socioeconómicas o políticas, aquí entra en juego algo distinto que podríamos llamar "los límites de la exquisitez";  la saturación de los mensajes dentro de un código particular. Al agotar todas las exquisiteces posibles, todas las variantes de acordes suspendidos, acuarelas sinfónicas, escalas exóticas, pinceladas y transparencias, el impresionismo musical llegaba al límite de lo irrelevante: el "mensaje" ya no causaba sensaciones; punto trágico vivido en carne propia por el gran Debussy cuando en 1913 Stravinsky despliega su arsenal de danzas y atmósferas "primitivas".

El retorno a lo primitivo (siempre entre comillas) parece ser una curiosa necesidad de los códigos en la supervivencia del arte occidental. Simplicidad, transparencia, inmediatez del objeto, despojado de encajes y tules: la máscara africana de Picasso tumbando el florero de un Monet ya empalagoso de tanto pintar nenúfares y reflejos de nubes. Haydn construyendo andamios de cristal donde la polifonía de Bach alcanza matemáticamente su límite combinatorio.

La evolución artística se genera desde la ruptura, en el reseteo de los códigos, por la sencilla razón de que estos no pueden proponer su propia salida. Por eso el gran mensaje de la modernidad, eternamente renaciente, es la ruptura. Peligroso es hacer de la ruptura un contenido.