• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

En el limbo

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I.

En estos tiempos sobran las ideas sobre las cuales se puede escribir una columna como esta. La realidad venezolana es generosa a la hora de dar temas. Nunca se está quieta, genera eventos a cada rato, siempre da pie para elaborar un texto.  Estos días no han sido la excepción, desde luego. Las noticias proliferan, lástima que por lo general vengan con rostro de dificultades. Veamos algunas de ellas.

Las cifras oficiales, publicadas por el INE, informando que en el último año ha aumentando visiblemente la pobreza. La huelga de hambre del comisario Simonovis. La protesta, frente a Miraflores, de los militares que intentaron dar un golpe de Estado en el año 1992, exigiendo el cumplimiento de las reivindicaciones ofrecidas por Chávez. El estudio que indica que buena parte de las peleas en nuestras escuelas se dirimen con pistolas. El aviso de un posible aumento en el precio de la gasolina en medio de cierto despiste estratégico. La denuncia, con pinta de sentencia, de otro magnicidio a las puertas de la esquina. Y así otros temas que se suman a los que se nos están volviendo “clásicos”, por no decir estructurales, tales como el de la violencia, la corrupción, la crisis en la salud, los desacomodos profundos de la educación y el rosario de calamidades derivadas del enredo en el que se ha convertido la política económica oficial, una mezcla de socialismo con FMI, aderezada por la presión de los chinos.

Pero aun así, nada más importante que escribir sobre el dialogo entre el gobierno y la MUD, no importa que todo suene a reiteración. Nada más importante que insistir en el peligro de que ahora parezca estar en el limbo, y emplear lo que cada quien tenga de voz a fin de que se reanude y le dé un cauce inteligente y sensato a la vida nacional. Que remachar que allí, en la negociación política, descansa la posibilidad de que le encontremos la vuelta a los desacomodos que vivimos y que allí, en fin, se juega la paz entre nosotros (y que no suene a desmesura señalarlo).

 

II.

Así las cosas, resulta difícil de entender la posición equívoca (por decirlo de la manera más suave) del gobierno con respecto a sus conversaciones con la MUD. No puede ser, piensa uno, que se deba a eso que llaman “ganar tiempo”, pues la situación nacional evoluciona en clave de deterioro progresivo, al tiempo que las protestas tienen cada vez más motivos. Hay quienes alegan, en cambio, que se explica más bien por la factura que los radicales le tienen al presidente Maduro si acepta “negociar” la revolución.

No se comprende, por otro lado, cómo se ignora que casi 90% de los venezolanos considera crucial sentarse en la mesa a conversar, ni cómo no ve señal alguna en las aparatosas derrotas que sufrió el PSUV en las elecciones efectuadas para nombrar a los indebidamente destituidos alcaldes de San Cristóbal y San Diego. Difícil de entender, digo. Peligroso que no se entienda, añado. Insólito, además, que no se perciba como una obligación, un mandato emanado de la gente de a pie, en cuyo nombre se dice gobernar.

A todas estas, uno sigue confiando en los mediadores, aún cuando se crea que guardan más silencio que el que a uno le parece conveniente.

 

Harina de otro costal

Hablando con la franqueza que le debo a usted, le advierto que en las siguientes líneas se las verá con un aviso publicitario, algo inusual en una página de opinión, y que, encima, tiene el agravante de ser del interés de este columnista. En el mismo informo que esta semana empezará a circular un libro que escribí –El alma en los pies. (El mundial brasileño en la Aldea Balón)–, publicado gracias a la tenacidad de ese editor llamado Sergio Dahbar. Es un libro serio y humorístico, y también todo lo contrario, pensado para aquellos a los que les gusta el fútbol y para aquellos a los que no (incluidos beisboleros fundamentalistas), pero también para los “Ni-Ni”, esos que miran un partido con la misma pasión que observan un evento de nado sincronizado. Un libro que analiza el futuro del balompié. Que mira algunos pormenores del próximo campeonato y muestra una lista caprichosa de los mejores jugadores de la historia. Que cuenta cómo es el evento mundialista en un país “hecho de beisbol”, e intenta una explicación metafórica de la vida a partir del fútbol. Y que, por último, incluye una carta al presidente de la FIFA dándole algunas ideas absolutamente inaplicables para mejorar el balompié. Es, en fin, el libro de un tipo para el que la vida solo vale la pena si un rato largo de ella transcurre alrededor de la cancha. De un tipo convencido, además, de que el fútbol, como dijo alguien, no es sino un motivo para tratar de ser feliz.

Si tengo el privilegio de que usted lo lea, ojalá tenga también la fortuna de que le guste.