El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Ramón Piñango

El liderazgo como intérprete

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Estamos en tiempos complicados, por inciertos y amenazantes, en los cuales se enredan los más diversos elementos: la enfermedad del Presidente y su progresivo mutis de la escena política, la negativa de las autoridades a investigar lo dicho por el hasta hace poco magistrado Aponte Aponte, la supina incompetencia, la escasez de cemento y de algunos víveres y medicinas, las fallas en el suministro de gasolina, la protesta social, los conflictos dentro del chavismo, la profundización de la inseguridad en pocos días, la crisis de las cárceles, una Ley del Trabajo mal diseñada en secreto, la obvia injerencia cubana en nuestros asuntos, la guerra entre facciones del chavismo, la desconfianza que los extremistas dicen tener en la Fuerza Armada, el planteamiento de acciones radicales de parte del oficialismo, la reaparición de la figura del Consejo de Estado, la solicitud de retirarnos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los aviones Sukhoi que vuelan sobre Caracas sin razón alguna.

Ante tal maraña de hechos, es comprensible que los ciudadanos se sientan desconcertados y frustrados al no saber cómo armar el rompecabezas del país para entenderlo. No es para menos.

La gente está desinformada o, lo que es peor, medio-informada. Sabe, por ejemplo, que el Presidente está muy enfermo, pero no cuán grave está; quiere saber cuánto le queda de vida, porque él ha sido el eje del país durante trece años.

La población requiere información y necesita orientación para comprender lo que está pasado. Una función clave del liderazgo es darle esa orientación.

No se trata de imponerle una interpretación, pero sí de aportar elementos indispensables para ubicar los hechos en una perspectiva amplia, para intuir hacia dónde se dirige si no hacemos nada y qué rumbo podemos impartirle.

Si el vacío de información genera rumores, la ausencia de orientación para entender lo que ocurre puede producir reacciones o acciones equivocadas con graves consecuencias.

Por ejemplo, puede llevar a le gente a desesperarse y precipitarse a buscar soluciones inmediatas, puede crear pesimismo y resignación que inmovilice a la población, o puede alimentar un imprudente triunfalismo que igualmente conduzca a la inacción. Recientemente se ha producido una decisión presidencial que requiere ser interpretada adecuadamente: la activación del Consejo de Estado. Para algunos se trata del simple cumplimiento de lo pautado por la Constitución.

Para otros, constituye la creación de una especie de junta de gobierno para una transición política después de la desaparición del Presidente. Incluso, hay quienes opinan que en ese consejo hay figuras con las cuales la oposición podría negociar, parecer que espanta a unos cuantos convencidos de que en ese órgano supuestamente consultivo participan figuras que, al menos por omisión, son cómplices de la formación de un narcoestado.

Por esta diversidad de apreciaciones es prudente que el más alto nivel del liderazgo opositor diga cuál es su posición y la razone. No debe dejarse que cundan un sinfín de apreciaciones que, entre otras cosas, podrían llevar a espontáneas negociaciones por debajo de la mesa con personas de pobre solvencia moral y política, carentes de credibilidad.

Si ni siquiera podemos decir con seguridad en qué país estamos hoy, mucho más difícil es barruntar dónde vamos a estar en pocas semanas o, incluso, días.

Acontecimientos traumáticos pueden precipitarse en cualquier momento. Es de sano juicio, entonces, crear un marco de ideas que puedan servir a la gente para ubicarse cuando ello ocurra. En momentos de crisis no hay mucho tiempo para explicaciones, pero es bueno que la actuación del liderazgo sea comprendida, para lo cual hay que preparar el terreno desde ahora.

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