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Vladimir Villegas

El liderazgo de Maduro

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Era de esperar que enfrentar la ausencia del fallecido presidente Hugo Chávez Frías no iba a ser una tarea sencilla, y mucho menos hacerlo en un ambiente de plena unanimidad interna con respecto a cómo se debía conducir el Partido Socialista Unido de Venezuela en la “administración” del legado político e ideológico de quien en vida fuera considerado como el líder de la revolución bolivariana.

En contraste con el modelo de liderazgo unipersonal representado por Hugo Chávez, una vez que Nicolás Maduro debe asumir las riendas del país en medio de su enfermedad y posterior fallecimiento, comenzó a tomar fuerza la idea de una dirección colectiva, para compensar la ausencia de la máxima figura del chavismo. Pero un conjunto de circunstancias, entre ellas las estrategias de un sector opositor destinadas a provocar una “salida” a corto plazo, que implicara una sustitución del actual gobierno, terminaron por favorecer la consolidación de Nicolás Maduro no sólo como mandatario sino como figura referencial principal del chavismo.

Sobre sus hombros recae la responsabilidad primerísima con respecto a lo que se haga bien o mal para salir de las graves dificultades por las cuales atraviesa el país. Seguimos siendo una nación presidencialista, y por mucho que se intente construir nuevos paradigmas de conducción de la gestión pública, todas las miradas apuntan hacia quien ejerce por mandato popular la primera magistratura. Es Nicolás Maduro, en primer lugar,  quien deberá asumir el liderazgo en la toma de decisiones cruciales para el país. Que un liderazgo colectivo de su partido y de su gobierno ayuden a compensar la ausencia de Hugo Chávez  es una cosa, y otra muy distinta que se pierda el foco con respecto a quién conduce a esa dirección colectiva.

Se avecina el III Congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela en medio de un encendido debate originado por la carta pública de Jorge Giordani una vez que fue relevado de su responsabilidad como ministro de Planificación.  Lo que han dicho figuras como Héctor Navarro y Ana Elisa Osorio, en defensa del ex ministro, y otras manifestaciones públicas de dirigentes medios y de “opinadores” rojos rojitos ponen en evidencia lo que dijimos en el primer párrafo.  No hay unanimidad interna,  el PSUV hoy no es una fuerza monolítica, lo cual, por cierto, no es ninguna tragedia.

Uno de los retos  que tiene ese partido es evitar caer en la tentación de penalizar el pensamiento crítico, porque la experiencia histórica ya ha mostrado en demasía lo que sucede  en los procesos que incurren en ese pecado. Precisamente los congresos  en los partidos son para analizar lo actuado, identificar los errores, tomar los correctivos, identificar los avances y retrocesos y actuar en consecuencia, así como para definir las grandes líneas que marcarán su acción política hasta el próximo evento de esa naturaleza.

La principal preocupación del venezolano en estos días no es la diatriba interna en el PSUV, es el tema económico, dentro del cual se ubican problemas como la inflación, la debilidad de nuestro signo monetario, la escasez de productos esenciales, y las dificultades para acceder  a las divisas,  seguida por la inseguridad.

Es urgente que el presidente, más allá del costo político que pudieran implicar,  tome medidas para aliviar estos problemas, y que a la par de ello se den  pasos firmes para optimizar el uso de los recursos públicos, identificar los focos de corrupción y exterminarla, con sanciones ejemplarizantes, reducir la inmensa burocracia, fusionar ministerios y decidirse a hacer un gobierno  abierto al concurso de los mejores  y dispuesto a escuchar los criterios y aportes  de  todos los sectores.

Como dijo Winston Churchill, pensar más en las futuras generaciones que en las próximas elecciones.