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Eddy Reyes Torres

El líder carismático y su distorsión

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En las elecciones presidenciales que se celebraron el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez obtuvo la mayoría de los votos (56,45%). Fue el gran beneficiario de la tesis de la antipolítica que se sembró en el país a partir de 1990 y las recurrentes crisis económicas ocurridas desde 1983. Los que votaron por él vieron en su persona la encarnación del líder carismático, el hombre para enfrentar la crisis. Se trata de un elemento mágico-religioso (el don de gracia), de carácter irracional, que como singularidad inevitable permanece en las sociedades modernas.

El carisma está vinculado a lo numinoso, esto es, a la manifestación de poderes religiosos o mágicos. Según Rudolf Otto, lo numinoso es “aquello que aprehende y conmueve el ánimo con tal o cual tonalidad”, siendo el mysterium tremendum la expresión más próxima para comprender ese concepto. Todo ello desemboca en el reconocimiento de algo que exige respeto, algo que debe ser reconocido como el valor más valioso posible, frente al cual no cabe sino ciega y temerosa obediencia. El trasvase de este concepto al terreno político se debe a Max Weber (1864-1920) que lo desarrolla en su obra póstuma Economía y sociedad. En ese campo, el líder se transforma en símbolo y en representación de un ideal colectivo en el que sus seguidores depositan su confianza. De manera específica, Weber habla de los tipos de dominación, identificando tres en particular: la racional, que descansa en la creencia en la legalidad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad; la tradicional, que descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la autoridad; y la carismática, que descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas. El autor reconoce expresamente que el concepto de “carisma” (gracia) se ha tomado de la terminología del cristianismo primitivo, siendo Rudolf Sohm el primero en emplear el concepto en su libro sobre derecho eclesiástico. Al adentrarse más en el tema, Weber apunta que sobre la validez del carisma decide el reconocimiento por parte de los dominados y que ese “reconocimiento” es, psicológicamente, una entrega plenamente personal y llena de fe surgida del entusiasmo o de la indigencia y la esperanza.

Jorge Volpi ha hecho un retrato al calco de su representación actual: el caudillo democrático. Todos proclaman –escribe Volpi– su fe democrática y su apego a la legalidad, pero al mismo tiempo conducen a la democracia hasta sus límites, esquivan los preceptos que les incomodan y, en casos extremos, sabotean la democracia por medio de procedimientos falsamente democráticos. Antes que Volpi, Fernando Mires habló del “caudillo populista” como transgresor de límites: “Transgrede las formas, y es absolutamente sincero consigo mismo y con los demás: si piensa que alguien es un imbécil, le dice: Usted es un imbécil; si una ley le molesta, la ignora; si las instituciones lo bloquean, y tiene los medios, las suprime”. En ambos casos se alude a un espécimen que es contrario al líder democrático, esto es, el que lleva a cabo su acción sustentándose en la igualdad jurídica, política y social, y reconociendo en todo momento las diferencias y a las minorías.

Chávez actuó de la manera planteada por Volpi y Mires desde el mismo momento de su juramentación como presidente, llevando así al escenario nacional la mentalidad y comportamiento del mundo militar más primitivo. A los hechos nos remitimos. De acuerdo con la Constitución entonces vigente, el candidato electo debía tomar posesión del cargo de presidente de la república “mediante juramento ante las cámaras reunidas en sesión conjunta”. Se trata de un “acto formal” que se concreta con el proceder protocolar de costumbre (“jurar, respetar y de hacer respetar la Constitución”), sin cuyo cumplimiento no es posible acceder al ejercicio de las funciones como presidente de la república. Chávez asistió al acto solemne el 2 de febrero de 1999 y ante una Venezuela atónita dijo: “Juro delante de Dios, juro delante de la patria, juro delante de mi pueblo que sobre esta moribunda Constitución impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la república nueva tenga una carta magna adecuada a los nuevos tiempos”. Lo expresado era contrario a la formalidad exigida y la práctica establecida, con lo cual se deslegitimaba el acto en sí. La asunción del cargo se llevó a cabo entonces por la vía de hecho, mas no de derecho. Pero, ¿quién le ponía el cascabel al gato? El evento marcó desde un comienzo el carácter arbitrario e ilegítimo –en muchos casos– del régimen y de esa manera avanzó, a troche y moche.