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Sergio Monsalve

Sin licencia para matar a Bond

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“Spectre” monta un prolijo y antiséptico Día de los Muertos en el Zócalo del D. F. Limpio, pulcro, filtrado por el lente de una mirada etnocéntrica. Sofisticada versión del pabellón mexicano de Epcot Center. Postal exótica de un parque temático.

Al simulacro lo redime la estilizada coreografía de un plano secuencia tan ambicioso como logrado. El trabajo de un orfebre audiovisual, inspirado en los arrebatos estéticos del Orson Welles de Touch of Evil

En la paradójica escena de obertura se cifran todas las esperanzas y decepciones de la nueva entrega de la franquicia al servicio de su majestad.

Del tributo a los clásicos, del derecho a réplica a los maestros del suspenso, el filme cierra el prólogo por lo bajo con un estereotipado juego pirotécnico sobre un helicóptero, manejado por un departamento de efectos lamentables en 3D.

Por algo el director admite sentirse incómodo ante la obligación de apelar a los recursos de última generación (por ejemplo, el CGI).

En su caso, lo notamos fino y preciso a la hora de planificar viñetas a la vieja usanza analógica o artesanal. De ahí parten y nacen los principales problemas formales de la película, antecedida además por la mejor pieza de la tetralogía protagonizada por Daniel Craig.

Skyfall puso la vara demasiado alta. A la sombra de ella se estrena una cinta batida y mal mezclada, excedida en su duración, necesitada de un segundo corte y desarrollada entre momentos disparejos.

Acto seguido, la producción recupera el fuelle desde la conceptual sección de créditos hasta el envolvente segmento “noir” de un expresionismo alemán extrapolado a la capital de Italia.

Del encuentro con la Bellucci al operático descubrimiento de la reunión secreta de una suerte de mafia internacional a lo Club Bilderberg, la fase romana del largometraje vuelve a subirle puntos al rendimiento de Sam Mendes, detrás de cámaras.

Tampoco desentonan las predecibles resoluciones de los tradicionales episodios de acción y aventura. Simples rutinas de trámite para complacer a los fanáticos de la saga. Una sucesión de peleas cuerpo a cuerpo, persecuciones a campo traviesa, explosiones y salvamentos in extremis. Nada de particular y original, pero efectivo como espectáculo de un circo autoconsciente. Lo de siempre asumido con la distancia y la categoría del cinismo reclamado por las masas suspicaces de la posmodernidad.

Antihéroe populista al fin y sin complejos, el espía cumple con cada uno de los requisitos de la serie: desenredar los entuertos de la intriga, conquistar el corazón de la chica Bond de turno, preservar el equilibrio de la paz mundial, tras derrotar al villano de la historia, interpretado por un encasillado Christoph Waltz, quien no soporta otro papel de conspirador neonazi. Para colmo, lo marcan con la cicatriz de costumbre en las caricaturas de Disney. Tipo Scar de El Rey León. ¿Un chiste, un sello de fábrica? Por aquí no despierta una sonrisa cómplice, de medio lado. Personaje desaprovechado. Pendientes porque todavía no hemos tocado fondo.

Lo peor llega en una sala de tortura, donde ocurren situaciones sonrojantes y carentes de sentido común. Lo del relojito parece un asunto sacado de un descarte de guión de Austin Powers. Parodia involuntaria.

En descargo del conjunto, la crítica considera válida y oportuna la denuncia contra el sistema orwelliano, desactivado y desarmado por la astucia de James. El costado político y distópico del argumento, cuyo mensaje coquetea con el perfil de la biografía documental de Ed Snowden, titulada Citizen Four. Si somos honestos, se trata de un periódico de ayer, como las ollas destapadas por Wikileaks. Cuidado, el Big Brother te vigila. Tremenda noticia. Ni hablar de la integridad ética de quien la pregona. Encima, fuera del ámbito demagógico de la ficción, el pulpo del llamado panóptico aprisiona con sus tentáculos a la realidad en modo “1984”.

Spectre prometía desentrañar los fantasmas y los demonios de una especie en vías de extinción, de un mesías al borde de la quiebra moral.

En lugar de ello, el autor opta por escoger la vía del conjuro, el exorcismo, la resurrección, el happy ending y el inevitable descanso del guerrero.

La despedida conformista y en clave menor de la era Craig.