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Antonio Sánchez García

Los libros que somos

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Un día como ayer, 12 de febrero, fallecía en París, hace exactamente treinta años, el escritor argentino Julio Cortázar. Decir argentino no le hace honor a su insólita universalidad, pero, al igual que Borges, lo era tanto más mientras más porteño. Tanto como lo fueran Gardel, el primero, más contemporáneo y más universal de los cantantes populares latinoamericanos, Astor Piazzolla, que no lo fue menos, aunque jamás en la arrolladora dimensión de Gardel que logró dominar las técnicas de las comunicaciones mucho más allá de lo que hacían prever sus más delirantes promotores, incluso de astros del circo romano de la actualidad –el fútbol– como Maradona y Messi. De los cuales en unos años no quedarán rastros visibles, salvo anécdotas de tasca y cafetín.

Leí Rayuela en su primera edición de la Editorial Sudamericana y a pocas semanas de su impresión, aunque por entonces vivía en el barrio de Lichterfelde West, en Berlín Occidental. Aprovechaba mis vacaciones de verano de estudiante de doctorado en Filosofía en la Universidad Libre de Berlín Occidental  trabajando como camionero en una empresa de mudanzas o como mecánico fresador en el taller mecánico de un amigo alemán. Y solía robarle tiempo al tiempo de trabajo estacionando el camión en alguna calle solitaria de ese Berlín en blanco y negro o echándome en una colchoneta en ese galpón de entreguerras en que taladraba, cortaba o soldaba pedazos de tubo y latón, en un rincón de Wedding, en ese Berlín de entre alambradas que no terminaba de construir el muro de la infamia ni limpiar los cascotes dejados por la conquista soviética, sacando de mi bolso, cuidadosamente protegido de los sándwiches de mi merienda, el grueso volumen en negro con un dibujo en rayas amarillas de lo que los argentinos llaman una rayuela y los chilenos un luche. Para sumergirme en el universo lúdico y total, paradisíaco y brahmánico, existencialista, nihilista, budista pero por sobre todo bonaerense de esa maravillosa novela de Cortázar. Solía acompañarlo escuchando en mi casetero recién inventado la “Balada para un loco”, de Piazzolla en la voz del polaco Goyeneche, sintiéndome un chileno piantao, piantao, piantao…

No leía a Borges ni en la cabina del inmenso Mercedes Benz que conducía a duras penas, descifrando el mapa de la malherida ciudad en la que hacía cincuenta años muriese otra polaca, Rosa Luxemburg, ni en mis horas de descanso en el taller de mi amigo Wolfgang Stöcker. Me hubiera parecido un sacrilegio. A Borges lo leía al anochecer, una vez aseado y descansado, bajo la lamparita de mi pequeño escritorio de Ostpreussendamm 27, en Lichterfelde West. Rayuela era para el combate. La historia universal de la infamia para el reposo. Aquel me pertenecía generacionalmente, lo había escrito un hermano mayor, me retrataba en mi soledad berlinesa, mis fugas y reencuentros, mis anhelos y esperanzas. Mientras escuchaba a Piazzolla, a George Brassens, a los Beatles. Borges era un mayor, un padre sacramental, un monumento. El orden de un universo perfecto, pero insólito, mágico metafísica, ontológicamente. Cortázar era nihilista. Borges era, en cambio, kierkegaardiano, incluso nietzscheano. Cortázar era el mito de lo eterno cotidiano. Revoltoso y rebelde. Borges del eterno retorno. Cosmológicamente ordenado, estructurado, al filo del abismo.

Y hoy, rememorando los treinta años de su muerte, comprendo súbitamente que hay libros que nos pertenecen íntima, existencialmente, porque los leímos al ritmo de la palpitación del tiempo que vivíamos –que hoy viven los jóvenes que se abren al maravilloso universo de la literatura y encontrarán sus propios libros que recordarán con nostalgia cuando sus autores se hayan ido para siempre. Dejándoles, como a nosotros Julio Cortázar, el guiño de ojo de su eternidad plasmada en letras, puntos, comas, espacios. Ruidos, melodías y silencios. Sueños y utopías. Apuestas fallidas. Creencias que fueron traicionadas por los acreedores.

Soy otros libros, naturalmente. Soy La muerte de Artemio Cruz, Tres tristes tigres, El llano en llamas, Bestiario, Los ríos profundos, y tantas maravillosas novelas del boom, que para las tribus de náufragos que fuéramos constituyó nuestra más íntima e indeleble seña de identidad. No conocí a Cortázar personalmente, si bien acompañando a un entrañable amigo alemán y uno de sus más grandes escritores contemporáneos, Hans Magnus Enzensberger, lo visitamos en su apartamento en París, para solo recibir el consuelo de conversar con su esposa de entonces. Andaba en Cuba, que todavía por entonces consideraba tierra de cronopios y de famas.

Envidio a los jóvenes de hoy, que estarán leyendo a Leonardo Padura y a otros grandes escritores latinoamericanos contemporáneos que serán metabolizados como parte de su propio acervo cultural. Ese acerbo entrañable e indeleble que es el constituido por los libros que somos.