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Ignacio Ávalos

Sobre un libro importante

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I. La universidad - y se que lluevo sobre mojado- es una institución en crisis en casi todos lados, lo cual no es nada nuevo si la miramos a lo largo de su historia, puesto que la revisión constante pareciera ser parte de su misma esencia.

La actual es, en buena medida, una crisis de legitimidad porque se la cuestiona desde afuera, a la par que se multiplican y mutan las demandas externas sobre ella. Que hay que repensarla de pies a cabeza y transformarla, es, pues, el mandato. Que sea más útil a la sociedad, tal como pinta ésta en el siglo XXI, pareciera ser el acuerdo general. Y, de aquí en adelante, casi todo lo demás es divergencia y debate, también, desde luego, en Venezuela.

II. Vivimos, se dice, en la "sociedad del conocimiento", concepto acuñado a principio de los 90, refiriéndose a una sociedad institucionalmente constituida para "tratar" con el conocimiento, esto es, generarlo, almacenarlo, transformarlo, difundirlo y usarlo, asumiéndolo como un elemento clave en la distribución del poder y de la riqueza.

Son obvias, desde luego, las diferencias que en este plano existen entre los países, pero no cabe duda de que estamos ante la presencia de un formato institucional que, con las variantes que necesariamente se le introduzcan de acuerdo a cada realidad, tiende a universalizarse. La globalización, o mundialización como prefieren decir algunos desde otra perspectiva política, marca esta época y coloca a la sociedad del conocimiento como un contexto del que, sin rehusar, desde luego, a la observación crítica, no es posible desentenderse.

III. No hay probablemente nada más revelador de lo indicado arriba que la dependencia creciente del la actividad económica con respecto al conocimiento, convertido en combustible fundamental del sistema productivo, al punto de que se lo entiende como un bien de capital. Estamos, pues, ante la "economía ingrávida", según ha sido llamativamente bautizada por el intelectual norteamericano Jeremy Rifkin, aludiendo al peso que han adquirido, en su funcionamiento, los "bienes intangibles", con las lógicas consecuencias que de allí se desprenden para el desempeño del sistema productivo y, desde luego, para el desarrollo universitario.

IV. Viene a cuento lo anterior a propósito de un libro que recién termino de leer. Es un libro gordo, de más de seiscientas páginas, dedicado a un tema vertebral para la Venezuela actual, el cual solemos discutir poco y mal, dejándonos dominar por la fuerza de la inercia, los prejuicios y el sectarismo político que hoy en día atosiga y cansa a la sociedad venezolana. Se esté o no de acuerdo con las ideas de su autor, la lectura de Las múltiples funciones de la Universidad: crear, transferir y compartir conocimiento, no le deja a uno más remedio que detenerse reflexionar sobre sus argumentos, a sabiendas de que por allí pasan los principales asuntos relacionados con la urgente e indispensable transformación de la educación superior, puesta en el marco de la llamada sociedad del conocimiento.

No dudo, pues, que, por lo denso y bien escrito, esta nueva obra, ya son muchas, del profesor Orlando Albornoz sea un texto ineludible para quienes se hayan colocado sobre los hombros la tarea de pensar, indagar y actuar sobre el sentido de nuestra universidad, conforme a los signos de los tiempos y a las conveniencias venezolanas.

HARINA DE OTRO COSTAL

De acuerdo con lo que se ha alcanzado a saber -lo advierto dado el gusto del actual gobierno por la opacidad-, Venezuela le ha entregado a China la responsabilidad de llevar a cabo los trabajos necesarios para localizar y cuantificar los minerales (oro, bauxita, fosfatos, uranio, coltán) disponibles en el país. Se trata de trabajos importantes, dicen los enterados del tema, y no está bien que se dejen en manos de otros, dicho sea esto sin necesidad de invocar un patrioterismo absurdo en los tiempos que corren. En fin, como en tantos otros ámbitos, también en este caso se observa como después de catorce largos años, la revolución bolivariana es mucha retórica y pocas nueces. Esto de la soberanía tecnológica es, si acaso, un espejismo simbólico.