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Diego E. Arria

Unas letras para la familia militar

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Mientras tuvimos libertad interactuábamos abierta y normalmente con los militares como parte más que importante de la sociedad venezolana, pero desde que fuimos colonizados por el régimen cubano esta práctica desapareció.

Hoy los militares temen hablar libremente hasta con sus propios compañeros. Temen ser denunciados. Viven en un Estado policial bien conocido por ustedes, pues cientos de agentes cubanos de inteligencia controlan sus movimientos, conversaciones y reuniones. Se les suman agentes venezolanos entrenados por Cuba, como fue el caso de Maduro. Por eso hoy solo es posible dirigirnos a ustedes por la vía de las redes sociales. Y no sin peligros.

De partida, y con orgullo, les informo que soy uno de los pocos civiles que durante la democracia recibió las más altas condecoraciones de las cuatro fuerzas de lo que fue la FAN: Gran Cruz en Primera Clase de: Fuerzas Terrestres Venezolanas, Fuerzas Aéreas Venezolanas, Fuerzas Armadas de Cooperación-GN y la Medalla Naval Almirante Luis Brión de la Armada. Lo destaco porque en el ejercicio de mis cargos públicos tanto de gobernador del Distrito Federal como de ministro, el concurso de los distintos componentes de la FAN me fue indispensable, y tuve por ellos respeto y afecto.

Inicio aquí mi mensaje, un poco largo, obligado por las circunstancias que hacen hoy de la fuerza armada el elemento central y determinante para salir de la tragedia nacional. De cómo los observo hoy, de lo que opino de su papel actual y, sobre todo, de su futuro.

Ustedes como integrantes de la Fuerza Armada, independientemente de su rango, deberían abrir los ojos por un momento y reflexionar sobre el siguiente panorama y sus consecuencias:

• Pérdida de la soberanía y la dignidad ante propios y extraños.

• País colapsando aceleradamente.

• Descomposición social.

• Ruina económica.

• Inexistencia de justicia.

• Secuestro de las instituciones judiciales, legislativas, electorales y contraloras.

• Crimen y violencia.

• Corrupción generalizada.

• Pérdida de la soberanía petrolera y alimentaria

Nada que ustedes –militares– no conozcan, aunque se nieguen a reconocerlo para no tener que proceder como les corresponde, por ser –según mandato expreso de la Constitución Nacional– garantes de la integridad y la seguridad nacional.

La seguridad que está en juego y vulnerada no se defiende con tanques, aviones ni barcos adquiridos para el enriquecimiento de jerarcas civiles y militares. Nadie, con excepción de Fidel Castro –hace 50 años–, ha atacado con armas nuestro país. Solo la puede generar un gobierno responsable, respetuoso de las instituciones, de las leyes. Integrado por personas calificadas en el manejo de los asuntos públicos. Hoy ustedes saben que el cuadro es todo lo contrario, porque unas pandillas se han apoderado del país. Han secuestrado instituciones y las han puesto a su servicio.

Ustedes –militares– tienen tantos oficiales participando activamente en los más altos cargos: las finanzas, la economía, la justicia y la defensa del país están en sus manos. Controlan un régimen absolutamente militarizado por lo que ustedes no escapan de sus consecuencias.

 

El papel de la Fuerza Armada cuando rescatemos la institucionalidad y la libertad en un Estado democrático.

He sido un crítico severo del papel infame que ha asumido la Fuerza Armada, al convertirse en el sostén principal y rehén del régimen que, a pesar de su perfil definitivamente militarista, es el que más ha menospreciado y dañado la institución armada.

He insistido en que la reinstitucionalización de la Fuerza Armada es una necesidad impostergable y urgente si queremos realmente recuperar y estabilizar el país. Su participación no es importante, es esencial. Sin ella, dada la existencia de grupos violentos armados bajo la protección del régimen, no hay otra salida.

Entiendo perfectamente que la Fuerza Armada no está representada, toda ella, en su cúpula jerárquica. Si así fuese, Venezuela estaría atrapada por una organización absolutamente aborrecible. Me resisto a aceptar que ese sea el caso; no importa cuánto insistan sus superiores en declarar que la FAN es chavista, revolucionaria, y socialista. Reducir la Fuerza Armada a esta condición subalterna y arrastrada es condenar a toda la familia militar al repudio de los venezolanos que les hemos confiado nada menos que la seguridad nacional.

Constatar la situación, sin precedentes, de que miembros de la cúpula militar están denunciados por cooperar activamente en causas tan horribles como el narcotráfico, el terrorismo y el secuestro, y violaciones de los derechos humanos, no puede sino ser motivo de consternación y vergüenza para los integrantes de la institución, al igual que para sus familiares y amigos. Y, por supuesto, una desgracia para los intereses nacionales.

Justamente por encontrarme en las filas de los que aspiramos a que esta metástasis de la corrupción y degradación ética y profesional no esté generalizada en el cuerpo de la organización militar, me he cuidado siempre de no censurar a la FAN como un todo, sino que he individualizado mis denuncias.

Para situar mis notas en un contexto más amplio, copio aquí unos conceptos recogidos en mi libro Primero la gente (1978), en el cual dediqué un capítulo al papel que, en mi opinión, deben jugar las fuerzas armadas en una democracia, y destaqué que debe estar efectivamente incorporada al gobierno. Me preguntaba y me pregunto:

¿Cuál es el criterio civilista sobre este particular?

Que la Fuerza Armada debería estar fuera del gobierno, dedicada a sus funciones específicas.

¿Y cuáles son esas funciones?

Evitar y rechazar las agresiones externas e internas que pudieran sufrir tanto el Estado como el gobierno.

Eso significa, nada menos, que la seguridad y la supervivencia del sistema gubernamental depende de un poder que el civilismo insiste en situar fuera de ese sistema. Ese es, a mi juicio, un papel injusto para la Fuerza Armada, pues condena a sus integrantes ajenos a la toma de toda decisión que no se vincule con lo “específicamente militar”, colocándolos, automáticamente, por encima y trascendiendo a cualquier gobierno de turno. La convierte en una instancia del Estado con vigencia y funciones superiores a las políticas gubernamentales, y dependiendo de la gravedad de una crisis como árbitro y sustituto temporal de un gobierno. Realidad más que cercana a la monumental crisis que sufrimos.

La sociedad debe entender que la Fuerza Armada desempeña un papel político. Nada más político que preservar la integridad y la seguridad de la patria –y que por lo tanto es indispensable incorporarla a la política de Estado–. Más aún, la FAN debe participar en la toma de todas las decisiones cruciales del Estado. De hecho, creo tanto en eso que cuando representé a nuestro país en el Consejo de Seguridad de la ONU llevé a un distinguido oficial naval, el contralmirante Manzano, como nuestro asesor militar. Única vez que un oficial venezolano ha formado parte de la delegación de Venezuela en la cúpula política del mundo.

Es claro para mí que la circunstancia de encontrarnos hoy ante una infame y deplorable cúpula militar como la actual, entregada al régimen cubano, dificulta que los civiles que me lean puedan concebir a los militares en las funciones que señalo, pero esto no debe ser suficiente para desvalorizar el papel esencial que tiene por delante la institución armada en el proceso de transición para la refundación de la República de Venezuela.

Adicionalmente, no podemos ignorar el hecho de que la fuerza de milicianos, sumados a los grupos paramilitares amparados y promovidos por el régimen, es superior a la propia FAN. Esta realidad es una amenaza no solo para los ciudadanos, sino también para la propia Fuerza Armada. Véanse en el espejo de lo acontecido al mayor general Miguel Rodríguez Torres, superpoderoso ministro de Interior, Justicia y Paz, al enfrentar a estos grupos.

 

La deformación de la educación militar.

Casi desde el inicio del régimen se ha desarrollado un proceso de deformación en la educación militar de nuestros oficiales que representa un enorme daño a la propia Fuerza Armada y una amenaza real para la democracia. Hoy la academia ya no prepara a los oficiales para el “servicio exclusivo a la nación”, sino que los adoctrina en los “principios éticos socialistas, revolucionarios y chavistas”.

¿Cómo sucedió semejante desnaturalización de su misión?

Sin duda, la responsabilidad principal recae en los oficiales del Alto Mando Militar, que perdieron el sentido institucional y su dignidad personal, y negociaron su deber a cambio de la oportunidad de participar en el saqueo del poder y del patrimonio nacional, y sometieron al escarnio y al repudio público al resto de la institución y a sus propios familiares. Su voracidad los llevó a subordinarse inicialmente al denominado “primer golpista de América Latina” que, con el apoyo de agentes de la inteligencia cubana, actúa como ejército de ocupación de nuestro territorio.

Una realidad es dominante y no pueden ignorarla los oficiales: la obediencia ciega no legitima los desmanes ni les garantiza impunidad, como sueñan muchos para excusar sus actos. Desde el establecimiento del Tribunal de Nuremberg, tal obediencia no les exculpa de sus delitos, cuyas penas compartirán por igual con el jefe del Estado.

A familia militar le pregunto:

¿Es que acaso la subordinación de la FAN a la satrapía castrista no es más que suficiente para ser considerados traidores a la patria?

¿O que la complicidad con el régimen dictatorial y despótico en sus acciones violatorias de derechos humanos en los cuales los involucran a ustedes como perseguidores y hasta torturadores de jóvenes venezolanos cuyo único delito es invocar la libertad como condición esencial de la vida no tendrá consecuencias para ustedes?

¿Y todas estas líneas que les dirijo qué intención tienen?

Pues exigirles –a ustedes, militares– que se pronuncien institucionalmente. La Constitución les otorga el mandato y el curso a seguir ante un Estado que colapsa gracias a la cooperación activa de la cúpula militar con la pandilla del régimen.

Por algo les pedí que abrieran los ojos por un momento, pues está muy claro que los tienen cerrados. Tengo la convicción de que el régimen no podrá superar esta realidad. No sabe cómo, y no quiere hacerlo. Su única ambición es tener y sostener el poder ilimitadamente, y a cualquier precio.

Y ustedes –militares– ¿creen que el país va a concluir que la Fuerza Armada no tiene nada que ver en esta tragedia?

¿Que la Fuerza Armada puede desentenderse –nada menos– que del colapso de todo un país cuando hasta los tres principales ministerios los detentan tres altos oficiales, sin duda incompetentes pero militares: Interior, Justicia y Paz; Defensa, y Economía y Finanzas?

La familia militar merece respeto y consideración.

Sería un crimen dejarles un legado de odio, violencia y corrupción que los avergüence. Y los condene.

Si abrieron los ojos un momento… Es hora de que no los vuelvan a cerrar.