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Mirla Alcibíades

La letra con sangre entra

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A mi hermano, Francisco José Alcibíades


Quienes tuvimos la fortuna de estudiar en la segunda mitad del siglo XX, recibimos la gracia de ver superados aquellos tiempos en los cuales el castigo corporal hacía parte de la rutina didáctica. Pero quienes se formaron en tiempos anteriores no habrán podido olvidar los castigos que les propinaba el maestro.

Siendo así en el siglo XX, podremos imaginar cómo habrá sido aquello de asistir a una escuela en tiempos más antiguos. Han quedado testimonios de lo sucedido en numerosos textos, algunos de los cuales traeré a colación el día de hoy. Sin embargo, es oportuno recordar que no todos los educadores procedían de la misma manera en cuanto a disciplinamiento de los escolares. Por ejemplo, los directores del Colegio de Roscio (Manuel Antonio Carreño y Francisco Javier Yánez, hijo) prometían en 1839 que en su institución: “El honor de los jóvenes será casi nuestro único resorte; y procuraremos que entre ellos y nosotros se forme en cuanto quepa, una franca y cordial amistad”. De hecho, las instancias de gobierno decretaban sobre el asunto, como esta resolución de la diputación provincial de Caracas cuando, en 1848, establecía que estaban “abolidos en las escuelas los castigos crueles y excesivos”.

Pero el respeto al educando no fue la norma. Por el contrario, la severidad era la doctrina que imperaba. Aquello de que “la letra con sangre entra” se cumplía con el más absoluto rigor. ¿Quién aplicaba el castigo? Casi siempre el maestro (o preceptor, como llamaban al educador en ese siglo). Pero ya en la década de los sesenta el derecho a penalizar al niño en edad primaria se había delegado a otro estudiante de mayor edad. Un periódico de 1863 precisaba que la facultad de infligir el castigo con la palmeta “es casi siempre privilegio de un decurión, alumno que, por sus adelantos y antigüedad, tiene el encargo de regir ciertas clases”.

¿En qué momento este decurión adolescente aplicaba su insania sobre la humanidad de los más pequeños? Sépase que en muchas ocasiones. Decía la nota de prensa que traigo al hilo que no existía criterio. Algunas veces por un simple error, o por rivalidades o antipatías en la disputa para ganar el afecto y el cariño del maestro, el dueño de la palmeta la aplicaba. Bastaba que el poseedor del madero destinado a castigo tuviera ojeriza al niño o a la familia de este para propinarle castigo. Las excusas también se presentaban al tomar la lección de lectura al pequeño. Si este no hacía la brevísima pausa de una coma o cambiaba la pronunciación a determinada letra, ahí estaba la palmeta que se descargaba sobre su mano cuatro, seis, ocho veces. Si el alumno lloraba o, por instinto, contraía la mano o trataba de ocultarla, entonces –y secundado por el maestro– redoblaban los golpes.

Si está usted creyendo que era este el único género de castigo, anda mal encaminado. Además de la palmeta estaba el látigo como instrumento de impiedad. No lo aplicaba un alumno del grupo de los mayores sino el mismísimo preceptor. La palmeta se aplicaba en el salón, frente a todos los compañeros. El látigo, por el contrario, además de ser instrumento de tortura profesoral, generalmente resonaba en la humanidad del imputado en la sala de castigo, lejos de la mirada de todos.

La imaginación de los verdugos investidos de maestros era fructífera. Otra manera de humillar el cuerpo y la autoestima de los educandos consistía en ponerlo de rodillas. Con los brazos extendidos, el niño o adolescente tenía que sostener dos piedras en las manos durante el tiempo que imponía el verdugo que dirigía la clase. Este castigo todavía se aplicaba en la primera mitad del siglo XX. Mi padre, Francisco S. Alcibíades Santos, era arrodillado sobre granos de maíz. La razón que encuentro para el ultraje es que su inteligencia insultaba la estulticia del maestro.

La aplicación de doce palmetazos era moneda corriente. El niño llegaba a casa arrastrando la humillación, la tristeza y aguantando la hinchazón de las manos o mostrando los cardenales de color verdinegro producidos por los doce palmetazos aplicados en cualquier parte del cuerpo. La gravedad de la falta la imponía el maestro: si se le caía al suelo la gramática, preguntaba la hora a un compañero, estornudaba más de tres veces podían ser razones suficientes.

No faltaban las exposiciones a la vista de todos. El editor de un periódico caraqueño, en 1859, mostraba indignación al saber de un niño “como de 8 años” que “mal cubría con sus brazos su rostro encendido por la vergüenza”, porque fue puesto de pie en una de las ventanas del colegio que daba a la calle. La idea era que cada transeúnte supiera que era un mal alumno. Todavía en aquellos tiempos un calificativo de esa naturaleza avergonzaba al niño tanto como a los padres.


alcibiadesmirla@hotmail.com