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Arnaldo Esté

El lenguaje ultroso y la implosión

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La implosión

Wikipedia, que es el nuevo saber popular, nos dice: “La implosión funciona detonando los explosivos en la superficie externa del objeto, por lo que la onda expansiva se mueve hacia dentro. La onda se transmite al núcleo fisionable, comprimiendo y aumentando su densidad hasta alcanzar el estado crítico”.

Así citada resulta una metáfora válida. Las diversas crisis del país concurren hacia una crisis general que llevará, aunque usted no lo crea, hacia una implosión, hacia una descomposición de la voluntad gubernamental con consiguientes y progresivas contradicciones y desgajamientos.

Esto no es nuevo. Ni su ocurrencia ni su mención. La historia está llena de poderes que implosionaron. Lo diferente es que aquí, desde esa implosión, se verá como necesaria y conveniente una negociación profunda hacia un gobierno de transición o de coalición que permita que todos los sectores más capaces afronten los graves problemas y deformaciones.

Mientras tanto, es difícil aguantar el discurso agresivo, amenazador y tremendista de los tres o cuatro personajes mayores del gobierno. En política es tradición la búsqueda de aliados o, cuando menos, la neutralización de los adversarios. Pero ese lenguaje, ese estilo, aumenta la voluntad de los adversarios.

A ese lenguaje agresivo se le agregan las crecientes medidas represivas, las violaciones de la Constitución, el invento de golpes y magnicidios.

Más y mayor represión. Cárceles y torturas se harán frecuentes, alimentando las futuras venganzas. Lo que ahora es excepcional y pudoroso se volverá rutina.

Pareciera que se le teme a los propios ultrosos o a la propia conciencia ultrosa donde se aloja la sensación de infidelidad o traición al legado mesiánico y se trata de tranquilizar ambas cosas con ese lenguaje y actos radicales.

Un clima que también la historia relata con dos cursos extremos: o se apaga la reacción de la gente con el imperio del terror o la gente toma el curso de la respuesta violenta, o sea, la guerra civil. Cosas estas, estoy totalmente seguro, que nadie quiere.

El diálogo se mostró esperanzador y parecía que el gobierno lo iba a cultivar. Pero, en su escasa firmeza, le dio paso a esas presiones utrosas que reclaman venganza por las viejas cuentas: “Ni pactos ni negociaciones”. Como que los diálogos fueran simples conversas de botiquín. Ciertamente, el gobierno está en un callejón donde se reúnen los mitos con los intereses.