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José Vicente Carrasquero

El legado de Hugo Chávez

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Si tuviésemos que usar alguna referencia para evaluar el legado de Hugo Chávez, sería imprescindible recurrir al discurso que lo trajo al poder en diciembre de 1998. Atacaba con dureza y con razón a una clase política que se había olvidado de los postulados que los habían conducido a gozar de la confianza del pueblo. Hablaba de un país minado moralmente por la corrupción de dirigentes que tomaban decisiones en grupos pequeños y a espaldas de los venezolanos. El famoso “cogollo”.

A caballo de ese discurso y frente a unos políticos ciegos que no supieron leer la realidad del momento que estábamos viviendo, Hugo Chávez hizo uso de ese sentido de frustración de los venezolanos para introducir lo que a mi criterio es el peor de sus legados. La división de los venezolanos en dos grandes grupos. Dos pedazos de nuestra gente que se ven como enemigos, que no se reconocen, que no se toleran, que no encuentran espacios para dirimir sus diferencias.

Chávez comprendió entonces que era posible hacerse del instrumental democrático para llegar al poder y para mantenerse en él. Y engañó a muchos. Dio argumentos a las burocracias de otros países para hacer creer que en Venezuela se vive una democracia saludable que todo lo resuelve a través de elecciones que se muestran como libres y equilibradas. Se construyó una fachada que exhibía todos los requisitos formales de una parafernalia de democracia. Pero esa construcción esconde exclusión, persecución y desconocimiento de los principios fundamentales de la democracia: el reconocimiento e inclusión de quien se opone.

La verdad es que el legado de Hugo Chávez es un esquema que se sirve de instrumentos como el voto sin tener respeto alguno por esos valores que aseguran a quienes participan en el juego que la expresión de su opinión, ya sea a viva voz o através del sufragio, no le traerá consecuencias negativas. Eso es explicado porla tristemente célebre lista Tascón. Un mecanismo de exclusión sistemática que le hizo saber a los venezolanos que mientras la libre expresión de opinión está medianamente permitida, puede al mismo tiempo acarrear costos que llegaron, en miles de casos, a la pérdida del empleo.

La mentalidad primitiva de la clase política heredera de sus postulados no se ha quedado atrás. A partir de los cuestionados resultados del 14A ha desatado una persecución despiadada contra aquellos que, desempeñando un cargo público, ejercieron con valentía la expresión de su voluntad política.

La división como práctica política ha sido explotada por los seguidores de Chávez al extremo de privar del derecho de palabra a los diputados electos por esos venezolanos que diariamente son vituperados, cuestionados y excluidos por un cogollo que piensa y actúa como si de una guerra se tratase. Que pretende tratar a quienes no están con ellos, como lo haría un ejército de ocupación con un pueblo invadido.

Esta división se suma a los problemas que encontró en 1998 y que no resolvió. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que su palabra no tenía mayor valor a menos que fuese para su beneficio personal, para su proyecto político o para el entorno que sumisa y ladinamente lo rodeaba.

El pasivo social no hizo sino crecer. El problema de la criminalidad ha llegado a niveles insoportables para la sociedad. Hay quienes consideran que después del petróleo, el crimen es el renglón que más beneficios rinde para quienes lo practican. Miles de familias tienen que agregar a sus carencias materiales la carga espiritual que significa la pérdida de un familiar. Y el crimen comopolítica oficial se hizo cada vez más inhumano y más frío.

El pasivo social crece cuando hay venezolanos que creen que pueden conformarse con las limosnas que de su propio dinero le da una clase política que no se priva de lujo alguno. Enajenados de su capacidad crítica no se dan cuenta de que tienen derecho a más. No ven posible asumir su libertad sin que medie un castigo o una recompensa por expresar su voluntad.

No hubo que esperar mucho para ver cuál era el verdadero legado de Hugo Chávez. La tarea es más difícil que en 1998, pero no imposible. ¿Habremos aprendido lo necesario?