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César Pérez Vivas

Una lectura del 4-F

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El 4 de febrero se cumplieron 22 años de la aparición en la escena pública venezolana, de una nueva oleada militarista que se sumó a las tantas que a lo largo de la historia han marcado la vida social, política, económica y cultural de la sociedad venezolana.

El militarismo de inspiración marxista y comunista, revestido con el ropaje de un nuevo “bolivarianismo”, irrumpe, como toda barbarie, con el signo de la violencia, en un sangriento golpe de Estado contra un gobierno democráticamente elegido por el pueblo venezolano.

Aquella madrugada del 4 de febrero de 1992, los venezolanos despertamos sorprendidos por la virulencia de aquella operación militar, que una logia de oficiales del Ejército desarrollaba con el objetivo de tomar el poder por la fuerza de las armas.

Tal acontecimiento partió en dos nuestra sociedad. Los adversarios del sistema democrático y los del presidente de entonces vieron en los militares golpistas del 4-F a una especie de libertadores que venían a salvar la República. Sectores que luego han sido víctimas de las actuaciones de los promotores y causahabientes de dicha operación abrieron sus brazos para recibir con alborozo a esos personajes, sin entrar a reparar en lo detestable de aquel bárbaro proceder, y mucho menos detenerse a investigar los valores y motivaciones reales subyacentes en tan deleznable comportamiento.

Los sectores más responsables de nuestra sociedad rechazaron la asonada golpista y cerraron filas en defensa de la institucionalidad democrática.

Más allá de los aciertos y graves carencias de la democracia venezolana en 40 años, para nada se justificaba aquella bárbara conducta de los comandantes golpistas.

La historia, luego de más de dos décadas de actuación del grupo militarista, es harto conocida, estamos ahora viviendo las consecuencias de su presencia en la escena política nacional.

Con ocasión de este nuevo aniversario, vale la pena poner de relieve algunos elementos nefastos que ha traído a nuestro país la presencia en su vida pública de esta nueva arremetida del militarismo.

La primera es la recurrente figura de un militar mesías. Del caudillo uniformado. Sacar al militar de su función natural para colocarlo en una dimensión ajena a su naturaleza. Volver sobre la idea de que nuestra vida republicana la debe conducir y arbitrar la fuerza bruta, representada en las armas. Un salvador. Descartar la vigencia de la política, de la civilidad, del Derecho como ordenador de la vida social.

La segunda, como corolario de la primera, es el resurgimiento de la violencia. De la violencia armada y sangrienta como el camino para resolver nuestras diferencias. Es decir, sacar de nuestras entrañas el germen de la barbarie para devolver la historia hacia modos de vida que ella misma nos había enseñado eran nocivos y contrarios a toda humanidad.

Aquí está precisamente el elemento más negativo que aportó la logia militar golpista del 4-F. El haber inoculado nuevamente a nuestra sociedad con el germen de la violencia. Desde entonces la violencia está en los genes de quienes se han adscrito al proyecto político-militar “bolivariano”. Surgieron a la vida pública por la vía de un hecho violento. Y aunque accedieron al poder, posteriormente, por los votos del pueblo, no sacaron de su conducta ese germen de la violencia, sino que, por el contrario, la convirtieron en una palanca de todo su proceso existencial. Esparcieron el virus de la violencia a todo el tejido social. De ahí la tolerancia frente al delito, y el desprecio por la vida civilizada.

Aún resuena en mis oídos aquel discurso, tantas veces repetido: “Somos una revolución pacífica, pero armada”. Dicha expresión comporta un grado de violencia en sí misma, que ha distinguido estos años a la revolución. Un mensaje en sí mismo autoritario. O se acepta el modelo revolucionario, o se les somete por la fuerza de las armas. Lejos de la logia militar la idea y los valores de la democracia. Por eso, cuando finalmente toman el poder, desarrollan un proyecto hegemónico y antidemocrático.

La tercera, y como corolario de las anteriores, el resurgimiento del autoritarismo. De una nueva forma de autoritarismo. Revestidos con matices de democracia. Pero autoritarismo al fin. No podía esperarse otra cosa de esa nueva oleada militarista y violenta.

Y, en el ejercicio de ese autoritarismo, vino el control político de todos los poderes. El empeño en controlar toda la sociedad. En controlar la economía, la cultura, la comunicación social, las organizaciones sociales y hasta la religión. Vino la intolerancia, la soberbia y la insolencia en el ejercicio de la función pública.

Todo lo anterior solo tiene un nombre: barbarie. Ese es el saldo a veintidós años de aquel fatídico golpe de Estado. El surgimiento de la barbarie roja. Barbarie que se quiere convertir en fecha patria. Que se quiere limpiar para la historia, y mostrarla como epopeya. Pero no lo es y no lo será. Será eso, barbarie. Barbarie roja.