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Gabriel Antillano

¿Qué es la lectura, en cualquier caso?

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Leer es una actividad que no necesariamente gusta a todos –y eso está muy bien–. Tan simple como quien no disfruta del fútbol, a muchas personas no les interesa en lo absoluto la literatura, aunque para algunos nos resulte imprescindible. De igual forma, quienes hablan de los beneficios de leer tienen varios puntos a su favor: la curiosa coincidencia de que la mayoría de las personas creativas e inteligentes sean lectores, las estadísticas indicando que en los países más desarrollados siempre hay una población de lectores mucho más grande que en los países del tercer mundo (lo cual no siempre es responsabilidad exclusiva de la economía, por más atractivo que resulte pensarlo) y el hecho indiscutible de que para escribir bien hay que leer. Aun así, cualquier persona tiene el derecho a no interesarse por la literatura, al igual que otros no se interesan por la pintura, la pornografía o la física cuántica. Tales preferencias no los hace inferiores o superiores de ninguna forma, aunque puede que sí los vuelva poco calificados para hablar de ciertos temas (teoría literaria, sintaxis, adaptaciones literarias, poesía, etcétera).

En un magnifico y acertado artículo publicado en el diario El País bajo el título de “Literatura con por qué”, Patricio Pron escribe sobre la conocida página Brain Pickings y el posible futuro de la literatura. Para el escritor argentino, por más interesante y notable que resulten las publicaciones de esta página, su línea editorial se mantiene en tratar de reducir la literatura a su carácter utilitario. Algunos ejemplos de publicaciones en Brain Pickings que menciona el autor son: las enseñanzas de la vida en pareja por la poeta Mary Oliver, la importancia de la meditación explicada por Jack Kerouac, Sylvia Plath sobre el trabajo manual y algunos pensamientos de Jorge Luis Borges sobre la psicología de las mayorías. “Ninguno de los textos de relevancia de nuestra cultura puede resumirse en una lección de algún tipo”, señala Pron. “La literatura es (o debería ser) sin por qué, y también debería carecer de explicación nuestro interés por ciertos textos, como no tienen explicación las cosas que nos dan placer. Renunciar a ese aspecto caprichoso y lúdico de nuestra forma de leer es someter a la literatura a una visión utilitaria, económica, de los textos, y es también olvidar que la literatura de relevancia es, precisamente, una reacción a esa visión, una apuesta por un deseo que no necesita justificación ni explicación alguna”.

Esto que menciona Pron es una de las muchas concepciones erradas que se tienen sobre la literatura, donde también deberíamos mencionar el fenómeno actual de la reducción de la literatura a citas. De esta forma conseguimos gente que comparte en un mismo año citas de Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Kevin Smith, Gustave Flaubert, William Shakespeare, Michael Jordany Salvador Dalí. Esto representa una diversidad notable, pero también un atractivo banal, al igual que ciertos problemas. Primero: en su mayoría son frases que los supuestos autores no dijeron en toda su vida. Segundo: casi nunca quienes comparten esas citas, usualmente cursis y fuera de contexto, han leído un texto completo del autor.

Todas estas concepciones erradas crean en la persona que no disfruta leer una cantidad de prejuicios difíciles de combatir.

Como lector, probablemente lo que más me llama la atención (de forma positiva) es cuando algún amigo que no siente ningún interés en leer me pregunta, más por curiosidad que por otra cosa, de qué va el libro que estoy leyendo en ese momento o el que llevo en mi mano. La sorpresa de muchos en varias ocasiones revela un aspecto sobre la promoción de la lectura muy inquietante. “Wow, ¿existen libros de eso? Me llama mucho la atención” es una de las expresiones que escucho cuando describo la trama de libros que muchos podrían considerar “extraños”, tales como las novelas y cuentos de Bret Easton Ellis, Chuck Palahniuk, Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán, Milorad Pavić, Thomas Pynchon, Thomas Bernhard, Donald RayPollock, William Burroughs, Don DeLillo, entre otros. Puede que el acercamiento previo de muchos a la literatura haya tenido un efecto traumático. Por esto algunos tienen esta concepción de la literatura como textos con largas descripciones decimonónicas, pasajes incomprensibles y un aburrimiento asegurado. Cuando le comentaba a un buen amigo que acababa de comprar Glamourama, la novela de Bret Easton Ellis sobre un alienado modelo de modas que se ve inmerso en un grupo terrorista (si les suena familiar, probablemente conocen su versión cinematográfica de comedia americana tonta pero genial: Zoolander), y le comentaba muy por encima la trama, mi amigo, entusiasmado, empezó a buscar otro ejemplar en la librería. Puede que la novela no le guste luego, puede que le encante y trate de leer más de Ellis, pero por lo menos ahora sabe de la existencia de ese libro y le gustaría leerlo.

Es sabido que las campañas de promoción de la lectura son inútiles, y en su mayoría ridículas. Ferias del libro con unos tomos enormes de cartón y personas disfrazadas de lápices, cuentos infantiles con problemas graves de estructura donde los libros hacen cosas como hablar pero no hacen otras como inculcar el gusto por leer, conversatorios infumables sobre por qué leer, frases de justificación que parecen aforismos escritos por Ricardo Arjona. No conozco a ningún lector cuya primera aproximación a la literatura haya sido por el efecto de convencimiento que sintió ante una campaña de promoción.

Como decía Pron, “debería carecer de explicación nuestro interés por ciertos textos, como no tienen explicación las cosas que nos dan placer”. Lo que resulta inquietante de la sorpresa de mis amigos no lectores es que no habían sentido interés porque simplemente no estaban conscientes de la existencia de ciertos libros. No sabemos exactamente qué podría funcionar para sembrar en otras personas interés y entusiasmo por la literatura, lo cual, por cierto, carece de necesidad. Pero sí podríamos mencionar lo que definitivamente no ha funcionado.

El colegio. Durante ese tortuoso período de nuestra infancia, casi todos los programas educativos reservan una parte importante al idioma, la lectura y la escritura. La selección de textos que los estudiantes deben leer suele regirse por los clásicos de la literatura universal y los clásicos del idioma que hablan los profesores. Es por esto que cualquier estudiante en los Estados Unidos se ve obligado a leer y analizar The Scarlet Letter de Nathaniel Hawthorne, The Great Gatsby de Francis Scott Fitzgerald y To Kill a Mockingbird de Harper Lee. En nuestro país algunos estudiantes leen textos de escritores venezolanos, novelas de Gabriel García Márquez y El Quijote de Cervantes. Aunque Don Quijote es uno de mis libros favoritos y probablemente la obra más completa y lograda escrita en castellano, habría que preguntarse qué beneficio obtenemos al obligar a un niño de 13 años a leer semejante texto. Aunque estos textos se escogen para exponer a los jóvenes a obras que probablemente no lean por su cuenta, leer por obligación tiene un efecto contrario al ideal.

Cuando tenía 11 años solían llevarnos a la biblioteca del colegio y allí mis amigos y yo pasábamos un buen rato leyendo las novelas cortas de Escalofríos (Goosebumps) de R. L. Stine. Aquellos cuentos de terror nos resultaban mucho más interesantes que los fragmentos de La Odisea que nos hacían leer en clases. Luego algunos seguimos leyendo cuentos de terror. Pasamos, inevitablemente, a las novelas de vampiros de Anne Rice, de allí a Drácula de Bram Stoker y después todo cambió con Edgar Allan Poe. Había algo en él que nos parecía fascinante. Todo esto nos llevó, por razones ajenas a mi comprensión, a autores como Stephen King, Oscar Wilde y Chuck Palahniuk. Y varios años después, regresamos a La Odisea y aquel viaje de Ulises nos resultó mucho más entretenido.

El cine y la televisión. Por alguna extraña razón, el cine suele representar a los escritores de forma deplorable. Uno se pregunta por qué los guionistas optan por una serie de clichés sobre un escritor snob e insoportable, o su contraparte aventurera que trata de vivir todo lo que escribe. Con algunas excepciones como la divertida serie Californication (2007–2014) o la extraordinaria película noruega Reprise (2006), la representación de los escritores en la pantalla grande y en la pantalla chica da mucho miedo. Sin hablar de las representaciones de la lectura. Películas como Midnight in Paris (2011) o Dead Poets Society (1989) tratan de venderle al espectador una especie de intelectualidad en cajita feliz, el mundo literario como Big Mac. Estas representaciones a veces despiertan un pequeño interés por las obras, pero si ese interés no es bien dirigido, sirve de muy poco.

Las malas recomendaciones. Mucha gente decide, en algún momento de su vida, darle una oportunidad a la lectura. Es una buena decisión, no se pierde nada y podría ganarse, como mínimo, una nueva forma de entretenimiento. El problema, por supuesto, viene al pensar por dónde empezar. Estas primeras incursiones son muy delicadas. Recomendar un libro es igual o más delicado que recomendar una canción o una película. Cada persona posee una serie de consideraciones y gustos personales, con una sola mala recomendación podrías acabar con un autor o un tema para esa persona, al igual que por su gusto por la lectura. El proceso de Franz Kafka es una obra que disfruté mucho al leer. Incluso, comparto la consideración de David Foster Wallace sobre Kafka: es un autor muy gracioso. Sin embargo, no se me ocurre sino un solo amigo a quien podría recomendar esa obra, si es que no la ha leído ya. Creo que si una persona se propone leer un libro por primera vez, puede que recomendarle Crimen y castigo de Fyodor Dostoyevsky no sea la mejor elección. Jorge Luis Borges es uno de mis escritores favoritos y, sin embargo, jamás lo he recomendado a gente que nunca haya leído su primer libro.

La literatura seguirá estando allí y los libros llegaran de alguna forma a sus lectores. Ya lo decía Patricio Pron, quien además escribió el magnífico e imprescindible libro de ensayo El libro tachado, que sirve a la vez como una negación de esta visión apocalíptica de un fin de los libros, al igual que como una celebración erudita y extraordinaria de la literatura. Jamás han sido necesarias las campañas de promoción, las listas de lectura o los programas “literarios” de TV. Pero si podría hacerse más para que la gente conozca los libros y ofrecer una aproximación libre y placentera, sin tanta cursilería ni consideraciones obligatorias. En especial en nuestra era de Internet, donde por medio de páginas de listas abominables como Buzzfead puede que un fan de la serie House of Cards empiece a leer Yo, Claudio de Robert Graves. A solo un click podemos seguir el hilo de una referencia en alguna película o programa de radio.

Ahora que sabemos lo que no funciona, tal vez podamos encontrar alguna forma de que los libros lleguen a más personas. Personas que probablemente no leen porque no saben que el libro acorde a sus intereses existe, ya fue publicado hace años, y ese libro tal vez lo lleve a otro y luego a otro y luego… o tal vez no.