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Gerardo Guarache Ocque

Una lágrima por el Alma llanera

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Existen dos países. Uno colorido, palpitante y quimérico; y otro real, decadente, sangriento. El contraste es tal que produce mareos, o acaso náuseas. El Sistema de Orquestas, que comenzará esta semana la celebración de su 39° aniversario, tuvo presencia por segunda vez en su historia en el Medio Oriente. La primera oportunidad se produjo hace más de 30 años, cuando dio muestra de sus avances en países miembros de la Opep. Pero la vocería de la institución prefiere no entrar en detalles de aquella expedición. Opta por dejar de lado el antecedente y considerar como punto de partida los encuentros en fechas recientes en Mascate y Abu Dabi.

Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar ofrecieron tres recitales en el mundo árabe: dos en el Royal Opera House de Omán y un tercero en el auditorio del lujosísimo hotel Emirates Palace. El repertorio varió en cada uno. Recorrieron partituras de Tchaikovsky y Beethoven. También bailaron con el Danzón N° 2 del mexicano Arturo Márquez, el Mambo del estadounidense Leonard Bernstein –su bis predilecto– y el Malambo del argentino Alberto Ginastera.

El momento agridulce llegaba siempre después, justo antes de terminar el concierto. Una vez que el prodigio barquisimetano y la aclamada orquesta habían convencido al público de que podían interpretar de manera magistral clásicos europeos y que habían dejado clara su identidad latinoamericana, faltaba poner el acento venezolano; cubrirse con el tricolor y sus estrellas –siete u ocho, no importa cuántas–. Para ello escogían un arreglo del Alma Llanera, la pieza de Pedro Elías Gutiérrez que es, querámoslo o no, el himno no oficial de la tierra de Bolívar.

Tchaikovsky, Beethoven, Márquez, Bernstein y Ginastera representaban una cápsula de escape, una burbuja para no pensar en la criminalidad desbordada, el control cambiario, la escasez de alimentos e incluso en la imposibilidad de adquirir papel para imprimir este diario que tiene 70 años de fundado. Pero ahí, en el momento en que nos confesábamos hermanos de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol, confluían los dos países. Por más que se hiciera el esfuerzo de concentrarse en ese momento específico, como quien intenta separar la música de su contexto, era inevitable sentir dolor ante el evidente abismo que existe entre esas dos naciones.

La lágrima no surgía simplemente por el amor a la patria. Tampoco por el profundo sentimiento que emana de las interpretaciones del director y la sinfónica. Y menos por el nacionalismo que hacía a muchos presentes agitar banderas y gritar ¡Bravo! La lágrima corría porque es demasiada la distancia entre la Venezuela hermosa que palpita cuando los muchachos de la Bolívar hacen arte con alegría y espíritu colectivo; y la otra, la que está de luto, desesperanzada, atemorizada frente a la delincuencia, fragmentada en pedazos y desperdigada por el mundo.