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Beatriz de Majo

El laberinto de La Habana

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Analizar el proceso de paz de Colombia que se gesta en La Habana es un laberinto en extremo difícil de discernir. Sobre todo porque los elementos de juicio que deben entrar en consideración para entrever el rumbo y el destino final de las negociaciones son incompletos para los observadores externos, bastante más de lo que lo son para los propios negociadores. La voluntad de una de las dos partes debe ser diáfana, sin cortapisas, predecible. Me refiero únicamente a la de los terroristas insurgentes, porque de lo que debemos partir es de la premisa de que el gobierno sí está seriamente involucrado en su determinación de proveerles a los ciudadanos la tranquilidad a la que tienen derecho para que el país progrese.

Lo que es claro también es que dada la forma en que el país evolucionó  internamente por cinco décadas, con un cáncer en las entrañas y sin que los permanentes intentos por extirparlo militarmente por parte del Estado hayan sido exitosos, ello obliga a que la paz se alcance solo mediante una negociación entre dos partes donde existen intereses, doctrinas, dogmas y maneras de actuar diametralmente contrapuestas. 

Tal proyecto solo será exitoso si una de las partes asume que ha estado en falta con los ciudadanos y que ha sostenido una actitud criminal al usar los fusiles, la tortura, las violaciones, el reclutamiento de menores, el secuestro extorsivo para imponer su modelo y que ha fracasado en el intento, que le corresponde asumir la consecuencia de actos pasados y que le debe a la nación una compensación.

Este reconocimiento de los crímenes pasados no parece estar presente fuera de la mesa de las tratativas. Lo que allí dentro ocurre está cubierto de un manto de censura que le impide a terceros conocer la real situación de las presiones de las que el gobierno es objeto y de su disposición a hacer las indispensables condiciones que el proceso exija. Así que no queda otra que darles el beneficio de la duda y esperar a que puedan hacerse públicos los acuerdos que con tanta fanfarria dicen estar alcanzando. Pero a la luz de lo que sigue ocurriendo por fuera de La Habana, lo razonable es pensar que los alzados en armas no abandonan su objetivo de sembrar el terror entre la población del país, al tiempo que continúan armándose para una guerra cuyo final dicen estar negociando.

A lo largo de los muchos meses que han durado las conversaciones, ninguna de las tropelías citadas se han detenido y los atentados contra la infraestructura pública y privada tampoco han cesado.  

La semana pasada fue detenido en Cartagena un barco chino cargado con artillería pesada y explosivos no declarados pero que serían descargados en Mamonal cuyo destino no puede ser otro que apertrechar a los guerrilleros. Ello es de una gravedad superlativa cuando consideramos que ello ocurre en lo que el gobierno considera la recta final del proceso de pacificación del país. Pero es más dramático aun el caso cuando se observa que todo lo relacionado con este tema ha sido manejado dentro del más absoluto secretismo oficial. El navío cargaba catorce contenedores ocultos tras material cerealero dentro de los cuales había –según el periódico colombiano El Universal– “2 millones de fulminantes, 3.000 casquillos para la construcción de cañones de artillería, 99 núcleos de proyectil y 100 toneladas de pólvora negra”.

Todo lo anterior y muchos otros episodios del mismo calibre y naturaleza han estado ocurriendo en el momento en que no solo lo que está en el tapete habanero es el desarme unilateral de la insurgencia, sino en el instante en que los terroristas tienen el desparpajo de exigir la retirada de las Fuerzas Armadas de los teatros de operaciones de su país.

Decía al comienzo que estas conversaciones son un laberinto difícil de transitar y muy oscuro de interpretar por parte de quienes soñamos desde afuera con la paz de los colombianos. A uno no le queda más que rezar porque en ese mismo laberinto no estén igualmente extraviados quienes, con la venia del presidente Juan Manuel Santos, negocian la tranquilidad futura de los suyos.