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Armando Janssens

Un kilo de caraotas y el 6 de diciembre

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“Por fin conseguí un kilo de caraotas, voy a hacer una comida especial para mi familia”, exclamó la vecina feliz. “No esperes demasiado”, ripostó su comadre, “para que no le caigan los coquitos”. “A mí me salió mejor, con Mercal conseguí un arroz, una harina, una pasta, una leche y un pollo de Brasil y todo eso  bastante barato”. “Yo nunca los veo, siempre prometen pasar por mi sector pero se quedan en el camino, además en mi casa ¡viven 14 personas”! La conversación incorpora ya los casos extremos como la gente que come solamente pan y mantequilla o arroz con sardinas frescas que todavía son baratos. Y el sueldo mínimo que para la mayoría es el sueldo real no sirve para mucho. El temor general es que la pobreza extrema se acerque velozmente y nos agarre a todos.

Es un permanente milagro cómo la gente de los sectores populares sobrevive. Gracias a una beca, a una pensión, o a un subsidio que alivia a las madres más pobres. Gracias al apoyo de los hijos que ya trabajan y cuidan con regular atención sus padres mayores. Gracias a la sencilla solidaridad de la cola, donde se comparte lo que se consigue, después de esperar horas y horas, fastidiar, chismear y algún pleitico con la guardia. Y gracias también a lo ilegal, la droga que da plata, la trampa en cualquier parte, el bachaqueo extendido. Para no hablar del robo cercano donde se pueda.

El sabor del café no es más como antes, parece que la mayor parte viene de Nicaragua y nuestros productores están quebrados. Y hasta la leche de cartón que viene de Argentina tiene sabor a leche en polvo. Y los granos que nos llegan de las islas del Caribe, pero más duros que antes parecen de piedra. Hasta los pollos de Brasil son tan pequeños y sin sabor, a pesar de que hay buenas excepciones. Y debes saber que muchas familias logran con un pollo atender la necesidad de una semana. Es algo similar a la multiplicación de los panes. Y los que antes vendían tortas o dulces están ahora en crisis: no hay harina y no hay compradores: ¡demasiado caro! ¿Dónde están nuestros productores, nuestros hacendados, nuestros campesinos? La gente sabe que las expropiaciones han sido un engaño espantoso. Hoy la gente compra más verduras de las que todavía de vez en cuando son pagables. A pesar de que el tomate se convierte en lujo y el plátano también está por las nubes.

La gente compara con antes y los juicios son cada día más severos. “Antes podíamos comprar lo que queríamos y hubo suficiente para todos”. “Los mercados estaban llenos y con gran variedad”. “No faltaban medicamentos”. El malestar ha crecido entre todos y la crítica para con el presidente y el gobierno ha alcanzado la mayoría. Sea en la cola, en el Metro, en las plazas, en los jeeps, en el vecindario, después de la misa; el tema de la crisis es general. La acumulación de los problemas son como las siete plagas en el tiempo del Antiguo Testamento: la violencia asesina que sigue incrustada, la comida cara e insuficiente, los precios que no permiten atender como quisiéramos a la familia, la salud y los medicamentos carísimos y no se consiguen, semanas sin agua, horas sin electricidad, la basura acumulada y la pobreza creciente tan intensa e inesperada junto a la desconfianza que es lo más grave de todos porque hace pesada la convivencia.

“Esto no puede durar así, esto debe cambiar, nunca lo habíamos imaginado”. Es el sentimiento más expresado entre la gente de mi barrio. Antes no se atrevían a decirlo en voz alta porque en seguida hubo reacciones amenazantes por parte de los oficialistas. Pero hoy en día es común y se expresa con tranquilidad. Los simpatizantes de la oposición se escondieron durante años y hablaban solamente en círculos pequeños. Hoy en día se manifiestan más y reciben simpatías que avanzan lentas pero seguras. El sentimiento del cambio está más que nunca presente y aumenta cada día. Y todos se dan cuenta. Hasta los militantes del partido del gobierno dejan de hablar de la guerra económica y piden fidelidad sin argumentos.

Nuestra gente desea el cambio. Necesitan el cambio. Exigen el cambio pero igualmente temen al cambio. Quieren terminar las miserias ahora acumuladas, pero no quieren perder lo poco que han ganado. Nunca lo habían imaginado que podían pasar por lo que están pasando. Se sienten engañados y hasta tristes porque un bello sueño termine en un pantano de pobreza y corrupción.

Una pregunta y una afirmación regresan con frecuencia: “Que pasará con las misiones y especialmente con las jubilaciones y con Mercal que a pesar de todas las fallas, sirven.” Aquí se necesitan claras respuestas de parte de la oposición y asegurar que el cambio tiene como primera propuesta superar la pobreza. El problema económico, el mal manejo de las cuestiones públicas son importantes, pero la superación de la pobreza es y debe ser la referencia de toda nuestra acción. Eso incluye el pago regular de las pensiones y mantener lo mejor de las misiones, corrigiendo las fallas. En forma similar como hasta hoy funcionan o en formas diferentes que aseguren trabajo y dignidad, debemos crear las condiciones para que nuestros sectores populares recobren su capacidad de depender de sí mismo y no vivir de papá Estado.

La gente de nuestro barrio sabe lo complejo de lo que les espera. Saben que nadie puede solucionar el problema de la violencia tan extendida en poco tiempo. Eliminar las colas y asegurar un normal abastecimiento no se logra en algunas semanas. Hasta la gente se imagina las trampas y los pleitos que están en camino. Pero desean una esperanza de un futuro mejor, más normal, menos conflictivo y con medidas racionales.

Nuestra gente espera que las elecciones cambien la situación y obligue a ambos bandos a sentarse y ponerse de acuerdo. Saben que el gobierno está dispuesto a hacer de todo para mantener el control total. Pero también saben que hacer ganar a la oposición con un margen importante es obligar a conversar y llegar a un consenso en los asuntos más importantes. Espero que tengan razón. ¡Que Dios nos oiga!