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Adolfo Taylhardat

Un juicio ignominioso

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Mi artículo de la semana pasada lo titulé “Tortura psicológica” que refería a la manera como el régimen se vale de los manejos indebidos, abusos y trasgresiones de las normas procesales en los tribunales como medio para torturar a las personas privadas de libertad, acusadas de delitos que no han cometido.

Esa forma despiadada de tortura, que consiste en la suspensión o posposición de audiencias valiéndose de motivos por lo general intrascendentes (la ausencia del juez, o del secretario o del alguacil, un corte de electricidad, un aguacero) para traumatizar a los acusados después que el encausado ha esperado pacientemente con la ilusión de que su suerte resultará favorecida en esa instancia. Esto ocurrió numerosas veces en los juicios de Ivan Simonovis y de los demás comisarios, en el caso de la jueza Afiuni y en el de Leopoldo López y los cuatro estudiantes acusados de actos y hechos en los cuales no tuvieron ninguna participación.

El pasado viernes tuvo ocasión finalmente la audiencia de apelación de Leopoldo y los cuatro jóvenes estudiantes, después de dos convocatorias fallidas en las cuales los acusados fueron trasladados al tribunal para ser devueltos a sus sitios de reclusión.

El trauma que experimenta una persona que luego de haber abrigado una expectativa feliz se encuentra con que una vez más se han burlado de su expectativa, de su ilusión, es tan cruel como cualquiera forma de tortura física. Se necesita tener un temple muy sólido para soportar repetidas frustraciones y no dejarse amilanar por la maldad y la sevicia con que se aplica la tortura psicológica.

Esta vez, finalmente, se efectuó la audiencia y Leopoldo López pudo intervenir para rechazar los cargos que artificiosamente ha inventado el régimen contra él y también tuvo oportunidad para reiterar sus convicciones y las causas por las cuales ha sacrificado su libertad.

Como era de esperar, al final de la audiencia no hubo decisión, solo el anuncio de que el fallo será dado a conocer al final del lapso de diez días que contempla la ley. Un acto más de tortura psicológica. Esto inevitablemente da mala espina. Un caso tan evidentemente lleno de irregularidades, tan viciado desde todo punto de vista, tan plagado de inmoralidades no necesita de tiempo para pronunciar sentencia. Pero en este régimen, donde la justicia es manejada por el ilegítimo a su libre arbitrio, se requiere disponer de tiempo para recibir instrucciones, fabricar la decisión y aleccionar al jurado.

Los abogados españoles que están cooperando en la defensa de Leopoldo y de los demás acusados no pudieron entrar a la sala del juicio. Se les impidió el acceso. Pero no hay mal que por bien no venga dice el refrán popular. Los abogados españoles que por tercera vez han venido a Caracas, pudieron constatar la manera como el tribunal maneja el juicio, actúa arbitrariamente, desconociendo normas procesales. “Estamos frente a un proceso que ha vulnerado todos los principios de un estado de derecho. No ha habido ninguna tutela judicial efectiva ni se han seguido los procedimientos que establece la ley, ni siquiera ha tenido el derecho a un juicio imparcial”, dijo uno de los abogados españoles. Se trataba de una audiencia pública, sólo permitieron entrar a los abogados de la defensa, a la madre y a la hermana de Leopoldo y a una horda de chavistas que seguramente iban a vigilar el comportamiento del juez para asegurarse que desplegaría toda su maldad contra los acusados.

También pudieron apreciar los abogados visitantes el descomunal despliegue de militares, forrados con equipos anti motines (por cierto, comprado en España) para impedir el acceso del público a las inmediaciones del palacio de las injusticias como si los procesados fueran criminales de alta peligrosidad.

La sentencia se conocerá dentro de poco. Ya ha transcurrido una semana. Sería ilusorio esperar que la decisión consistiera en anular el viciado juicio, denunciado incluso por una de las personas que actuó como fiscal del ministerio público, no solo a través de los medios sino ante un notario en los Estados Unidos. La perversidad del régimen no tiene límites y a nadie puede sorprender que en su ignominia el juez decida ratificar la sentencia objeto de la apelación.

Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde. Ojalá que para curarse en salud en este clima de búsqueda de dialogo que el ilegítimo pretende propiciar, bajo la mirada escrutadora de los gobiernos del mundo y de la opinión pública internacional, y ante la perspectiva de un referendo revocatorio que lo destituirá, se dé el milagro de que ordene (porque quien decide es él, no el juez) la libertad de Leopoldo y los cuatro jóvenes sujetos a esa maquinación que pretende presentar como juicio. Eso podría servirle de atenuante en el juicio que inevitablemente le espera en la Corte Penal Internacional de La Haya.