• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

El juez itinerante en la cancha

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I.

El del árbitro ha sido un oficio esencial para que tenga lugar el fútbol, afirmación que parece obvia, pero no lo es tanto, pues por la historia sabemos que no siempre hubo  un referí  sobre la alfombra verde. Es él quien tiene el encargo civilizatorio de regular la competencia a fin de que no haya desigualdades ni violencia. En lo que llevamos de este Mundial el arbitraje ha sido tema frecuente de conversación, señal de que no ha estado bien. Los problemas han sido los de usuales: decisiones equivocadas con respecto a los fuera de juego y los penaltis, traducidas en goles que no debieron ser y fueron y goles que debieron ser y no fueron.

 

II.

Asunto enredado este del arbitraje. El recordado y querido Luis Castro Leiva, pensador imprescindible de la Venezuela de tiempos recientes, decía que el árbitro de fútbol es un juez itinerante que corre de un lado a otro de la cancha, durante noventa minutos, evacuando sentencias en donde quiera se produzca una jugada que pareciera violar el reglamento.

Además de áspero, como el de todo juez, su trabajo es muy difícil de llevar a cabo. Debe producir varias decenas de decisiones a lo largo del partido, sin contar para ello con la mejor información para hacerlo (puede tocarle el ángulo más inadecuado para percatarse de un codazo, por ejemplo) y, encima, cada decisión debe tomarla de cara a millones de personas que lo observan con lupa. Por otra parte, debe anunciarla al instante y señalar la penalidad correspondiente. Se trata de un veredicto no pocas veces sospechoso de equivocación, pero que resulta inapelable, nadie puede echarlo para atrás, ni siquiera él mismo, no importa que el televisor demuestre, con la ventaja y la alevosía que significan numerosas cámaras puestas en todos lados, que incurrió en un claro error.

Por si fuera poco lo anterior los jugadores siempre tratarán de engañarlo. En el fútbol hay un espacio que se le deja a la trampa, disfrazada de teatro. Me refiero a una violación a las reglas  que se estima comprensible, tolerable y hasta simpática dentro del juego limpio. Adicionalmente, la labor del réferi – chivo expiatorio siempre a la mano para justificar la derrota - es muy poco reconocido y se encuentra construido alrededor del anonimato. Nada resume mejor su desgracia vital que un viejo axioma, según el cual el mejor árbitro es el que no se nota. En fin, como dijo alguien, “los árbitros pertenecen a la especie en extinción de los idealistas”.

 

III.

En los últimos tiempos se ha tratado de mejorar su situación. Se le ha quitado el luto riguroso y ya se le permite vestir de colores, se encuentra mejor pagado y algunos de ellos han pasado, incluso, a gozar de cierta popularidad. Hoy en día son tipos jóvenes y atléticos, nada que ver con los gorditos veteranos de otrora, que disponen, además, de cierta ayuda tecnológica, aunque en este este sentido, la FIFA es más cauta que las autoridades de otras disciplinas. Los dirigentes del balompié defienden su tecnofobia alegando el error humano como parte indisoluble del fútbol. Es como si sostuvieran que puede admitirse, sin que se pervierta el juego, una porción determinada de delitos, aunque vaya usted a saber cuál es esa porción moral y legal considerada adecuada. Es como si se adoptara la política del fair play, pero sin exagerar, dosificándola según la particular prescripción ética de la FIFA.

En resumen, la FIFA sigue alegando el discreto encanto de la equivocación del juez. Deja, entonces, al árbitro en el peor de los mundos posibles.  Lo deja a merced de la tecnología que saca al aire sus fallas, pero no le permite echar mano de ella a fin de mejorar se capacidad de decisión y reducir el número de veces en los que yerra.  Mentes mal intencionadas, siempre las hay, piensan que de esta manera la FIFA se guarda una cuota de control sobre la administración de las reglas del fútbol, ya que es la encargada de designar a los árbitros. Cierta historia le da la razón a estas mentes aviesas.