• Caracas (Venezuela)

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Alberto Arteaga Sánchez

El juez Pilato y el cooperante Judas

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Los personajes de esta Semana Santa ilustran a plenitud el drama de la justicia penal venezolana. Acusadores fanáticos por intereses políticos o sectarios; un acusado por  subvertir el orden establecido con una prédica de amor y de paz; un juez venal, cobarde, con la espada de la justicia apuntando al inocente; y un traidor, solo recordado por la triste misión de entregar a su amigo a cambio de 30 monedas.

La desvergüenza y desfachatez de Pilato ilustra el proceder del juez que traiciona su misión. Hay una frase desgarradora del prefecto romano que debe retumbar en la conciencia de cualquier juzgador: “No encuentro motivo para condenarlo”, “No veo delito alguno en este hombre”, pero, en definitiva lo condenó a la muerte en la cruz, después de lavarse las manos con la salida pretendidamente ingeniosa de hacer colgar un letrero de sedicente agravio para sus acusadores a quienes simplemente despachó diciendo: “Lo que he escrito, escrito está”.

El traidor es símbolo de la vergonzosa actuación de quien vende a su amigo y cubre la vil negociación con la apariencia de un deber. Es el cooperante que suministra los datos y la forma de localizar al perseguido y con el cual el sistema entra en trato para otorgarle beneficios o inmunidad al margen de la ley o bajo el amparo del informante arrepentido, de la inmunity of charges o de otras figuras de delación reconocidas por legislaciones de países democráticos, bajo el alegato de lograr el castigo  de los más conspicuos jefes de la empresa delictiva, sin tomar en cuenta que el Estado no puede negociar la impunidad ni servirse de medios que son repudiables e inmorales y que no se justifican ante pretendidos fines de sancionar por hechos de gravedad que minan las bases de la sociedad. Como decía Beccaria, la traición no se justifica ni siquiera entre delincuentes.

El papel de Pilato ha quedado marcado para la historia como símbolo de la iniquidad de quien, teniendo el deber de juzgar y decidir conforme a las exigencias de la verdad y de la justicia, se pliega a los designios del poder o a las apetencias de venganza de un grupo de la sociedad, apelando a cualquier argucia o mentira que tranquilice su conciencia y encubra su cobardía, ofreciendo un canje de prisioneros, aplicando un castigo anticipado que equivale a la consabida confesión al amigo del “Tú sabes… no estoy de acuerdo  pero …” y, en definitiva, aplicando la pena máxima y justificándola con la provocatio ad populum.

El cuadro se complementa con los pusilánimes seguidores que a la hora de verdad se esconden y niegan su relación con el caído en desgracia y se unen de alguna manera a los gritos de la multitud que de un día para otro cambia de bando o se coloca en la reserva.

El panorama es realmente patético y desgarrador, si no fuera porque el condenado a muerte en definitiva resulta vencedor de las tinieblas, con un mensaje de perdón y de esperanza recogido por valientes mujeres y un discípulo dispuesto a dar la cara y reivindicar el legado de quien enseñó no solo con la palabra sino con el ejemplo, llegando hasta el máximo sacrificio para abrir el camino de un mundo mejor.

aas@arteagasanchez.com