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Gustavo Roosen

El juego se llama competitividad

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Quienes miran ahora las reuniones de la OPEP con menos optimismo que en el pasado y dudan de su eficacia para impulsar los precios petroleros tienen justificados motivos para hacerlo. El cártel no representa ya la fuerza que pudo significar en otro momento. La calificación de cártel no es gratuita. Uno de sus creadores, Juan Pablo Pérez Alfonzo, se inspiró precisamente en la Railroad Commission de Texas, establecida en 1891 para regular la industria petrolera y la minería del carbón y del uranio, con competencias, hasta 1984, también en materia de transporte. Las medidas tomadas en 1930 para fijar los precios petroleros a nivel mundial prefiguran de algún modo la política de la OPEP.

La creación y sostenimiento de la OPEP como cártel respondió en buena medida a la convicción de sus miembros de contar con un recurso finito y concentrado en determinadas regiones del mundo. Esta realidad ha cambiado. El problema ahora no es del recurso sino de los recursos para explotarlo, no de los depósitos en el subsuelo sino de la capacidad para darles valor, para lo cual se han impuesto como indispensables dos fuerzas decisivas: inversión y tecnología.

Los enormes avances tecnológicos, cada vez más frecuentes, en materia de exploración y producción de hidrocarburos han terminado por desmontar muchas predicciones y un gran número de esquemas. El fracking o fracturación hidráulica, la perforación horizontal, la explotación en aguas profundas, por ejemplo, han marcado una verdadera revolución y han aumentado el número de actores, entre ellos unos países que ven en el petróleo un factor de crecimiento y una importante fuente de divisas y otros que apuntan, como es el caso de Estados Unidos, a los objetivos nacionales de autosuficiencia energética. Los cambios tecnológicos ocurridos en las últimas décadas han significado además, y muy especialmente, la posibilidad de reducir los costos de producción y de volverse cada vez más competitivos.

Los actuales bajos precios del petróleo afectan de manera especial a los productores de yacimientos no convencionales, pero también a los productores en aguas profundas y a los de petróleos pesados. Unos y otros tendrán la oportunidad de mostrar su capacidad de resistencia y de recuperación. Se hace verdad la afirmación de que sobrevive el que está en mejores condiciones de mantenerse con bajos precios. Una caída en los precios sacará del mercado a los menos competitivos. Un alza en los mismos estimulará a quienes ahora tienen dudas sobre la conveniencia de invertir. Quienes piensan en reducir la producción para aumentar los precios harían bien en pensar también que dicho aumento servirá automáticamente de incentivo para los nuevos actores.

El tema de los precios del petróleo ocupa por diversas razones la atención de muchos, productores y consumidores, gobiernos y ciudadanos, industriales y ecologistas. Las reglas en muchos órdenes han cambiado. Lo que, en todo caso, se ha hecho cada vez más evidente es que los precios dependen más de las condiciones del mercado que de las decisiones de un cártel. En medio de la confrontación política y de intereses hay una lógica económica que se impone. La nueva realidad de más productores, más tecnología, más competencia restan fuerza y sentido a las estrategias de un cártel, más cuando, como sucede actualmente con la OPEP, la diversidad de visiones, intereses y estrategias de sus miembros enfrentan objetivos de precios coyunturales con los de largo plazo, controles de producción con espacios de mercado.

La pregunta sobre qué hacer puede ser contestada de diferente manera. Una es apelar al cártel. La otra: producir más, reducir los costos de producción, ganar en competitividad, preservar los mercados, escoger los aliados con pragmatismo y sabiduría, merecer la confianza del mundo financiero, seguir el paso a los avances tecnológicos, ser parte del cambio. El juego se llama posición en el mercado y se sostiene con financiamiento, tecnología, bajos costos de producción y competitividad.

 

nesoor10@gmail.com