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Rodolfo Izaguirre

El jardinero central

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Hace años inventé a un “jardinero central”, un norteamericano que jugando para el Magallanes no pudo atrapar la pelota porque estaba ensimismado recordando su aldea natal en Minnesota y la granja de los padres. Cuando finalmente recogió la pelota, ya el equipo rival había anotado las dos carreras ganadoras. Pero lo que me guió para escribir aquel relato fueron las actuaciones de un auténtico pelotero norteamericano que se desempeñó como centerfielder en el estadio de San Agustín en tiempos de mi niñez.

El hombre fascinaba al público que coreaba y aplaudía cuando lo veía correr a toda velocidad y lograba atrapar la pelota en lo que se conoce como “atrapada de cordón de zapatos”. Es decir, la pelota entraba en el guante en el último segundo antes de tocar la grama, lo que suscitaba un entusiasmo tan generalizado que era compartido por los jugadores de los otros equipos. El centerfielder se lanzaba como un nadador en tierra, daba varias vueltas, alzaba el brazo para mostrar la pelota; caminaba dos o tres pasos orgulloso y desafiante, miraba a las tribunas y escupía, ya que escupir es una arraigada tradición en el beisbol desde los tiempos de Lou Gehrig, Babe Ruth o mucho antes.

¡Pero un día, aquel entusiasmo se desvaneció! El dueño del equipo rescindió el contrato. Se descubrió que era un pésimo centerfielder puesto que se extremaba con demasiada frecuencia cuando podía atrapar las pelotas sin hacer mayores esfuerzos. Si hubiese sido más profesional, habría estudiado los movimientos y tendencias de cada bateador calculando no solo el vigor y la distancia de cada batazo sino la orientación de la pelota. Era evidente que ignoraba lo que Sun Tzu escribió hace más de 2.500 años: “Conoce a tu enemigo y en cien batallas nunca serás derrotado”. Habría sabido dónde colocarse: adelante, más atrás, un poco a la derecha o hacia la izquierda, y habría atrapado la pelota sin provocar espectacularidades. En una palabra, no sabía cuál era su propio centro.

En política el centro resulta ser el lugar más adecuado para situarnos porque nos mantiene alejados tanto de la derecha como de la izquierda porque ya sabemos que la derecha al extremarse se encuentra con la izquierda igualmente extrema y terminan dándose la mano, confundiéndose una en la otra como si se miraran al espejo del populismo que no es otra cosa que avasallar brutalmente la república y alcanzar la mayor exaltación de la ignorancia y la disolución. En este sentido, Adolfo Hitler y José Stalin conformaron una pareja armoniosa, y el fascismo que ahorcó a tantos negros en la Norteamérica profunda entró en una guerra casi fratricida contra el nazismo porque el verdadero enemigo de ambos era el comunismo soviético que aparecía en sus espejos. ¡Un espantoso malentendido histórico!

Desde el centro, podemos actuar y desplazarnos. Si nos colocamos en los extremos, sin importar que sea el de la derecha o el de la izquierda, se hará difícil atrapar la pelota pero es probable que estando en el centro controlaríamos los espacios extremos y con mayor seguridad y sin agotarnos atraparíamos la pelota, porque pelota que no se atrapa cae y rueda hacia el populismo, causando estragos.

Recuerdo los tiempos de Carlos Andrés Pérez: agitados, febriles, todos corriendo de un lado a otro; reuniones de gabinete en horas desconcertantes. ¡Saltos sobre los charcos! Caldera era más sereno y, aparentemente, reinaba la calma en el país, pero al aparecer Chávez, Maduro y el grupo militar, no solo han arruinado al país sino que están enloqueciendo porque son ellos los nuevos e incalificables centerfielders descentrados. Somos muchos, también, los que intentamos atrapar la pelota pero, hasta el momento, lamentablemente, lo estamos haciendo a la manera de aquel pelotero americano que resultó ser un mal jardinero central.