• Caracas (Venezuela)

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El amigo Rigoberto ha planteado que el debate sobre la izquierda supone poner en tensión lo que estamos entendiendo por “izquierda”, lo que se esconde detrás de cada denominación, lo que han significado históricamente las concepciones de las variadas izquierdas articuladas a la geopolítica de países, grupos y momentos históricos: “marxismo soviético”, “izquierda socialdemócrata”, “izquierda trotskista”, “izquierda guerrillera”, “izquierda académica”, “izquierda posmoderna”, etc. Desde sus originales incursiones al estudio de los procesos ideológicos, a partir de un marxismo abierto y crítico, pasando por una recepción de la teoría crítica en Razón y dominación, hasta llegar a una asunción explícita de la crisis de la modernidad, Lanz ha hecho un llamado continuado a una reinvención de la izquierda radical en clave de subversión de presupuestos, desde la de-construcción de gramáticas de sentido y significación de los llamados “movimientos revolucionarios”, así como de las “lógicas de la dominación” frente a las cuales se posicionan. Obviamente, la izquierda cavernaria “ignora”, “se hace la loca” o “reacciona” frente a tales contribuciones, pues lo que está en juego son sus más profundos ideologemas. Una izquierda anclada en mitos nostálgicos, en rituales, en liturgias de identificación con dogmas, para nada se abre al cuestionamiento de sus propios fundamentos y principios de legitimación. Cuando escuchan el sintagma “izquierda crítica y posmoderna”, efectivamente profieren los más absurdos epítetos, mostrando así sus bloqueos y creencias fosilizadas. Pero a esta ignorancia agregamos su incapacidad de reconocer que ya no hay posibilidad alguna de recuperación nostálgica de las prácticas del socialismo burocrático del siglo XX.

La izquierda cavernaria pareciera imposibilitada para reinventarse, para colocarse frente a frente con lo que Zizek llama su propio trauma: el estalinismo. La izquierda revolucionaria no tiene una teoría de lo que fue el estalinismo, prefiere correr un tupido velo, y esto le lleva a veces a reciclarse en el lenguaje de la derecha liberal para explicarlo; es decir, reconvertirse en una “izquierda liberal”. Allí pululan los seguidores de Castañeda y Villalobos con su tesis sobre “dos izquierdas” tratando de recrear una socialdemocracia (claramente de derecha) consustanciada con una macroeconomía neoliberal “políticamente correcta”. Pero la salida a este impasse tampoco es la opción “marxista-leninista doctrinaria”, manteniendo una especie de fetichismo sobre dogmas teóricos y su potencial revolucionario, una suerte de “narcisismo de la cosa perdida”. Tal como mostró Kolakowski en su obra Las principales corrientes del marxismo, es preciso pensar las articulaciones contingentes entre el término “izquierda” (¿cuál de tantas?) y el llamado “marxismo” (¿cuál de todas sus corrientes?) para enfrentarnos (por ejemplo) a la tarea de dilucidar qué significan, cómo se usan y funcionan en Venezuela los enunciados “marxistas” y de “izquierda”.

Allí impera un sintomático silencio, tamizado por diferentes metabolizaciones de los discursos de Hugo Chávez, asimilado en la subcultura del “Gran Timonel”. Lo que domina son clichés y adjetivaciones entre “auténticos revolucionarios”, “reformistas”, “anarcoides”, “patriotas”, “lacayos”, “leales” o “traidores”, cuando no una reductiva caracterización de “las clases sociales y sus luchas”, similar a los tiempos de la Comintern estalinista con su éxtasis del sectarismo y del dogmatismo; lo que lleva a descalificar a todas otras izquierdas posibles como “social-fascistas”. Pero, ¿qué sentido tiene hoy un revival tan burdo del estalinismo en las filas de la revolución bolivariana? Como señala Lanz: “Sin una adecuada caracterización de las diferentes izquierdas en Venezuela y el mundo, no veo cómo podríamos salir de los atascos en los que hoy nos encontramos”. Este es el verdadero laberinto de las izquierdas bolivarianas realmente existentes ante los atascos que ignoran la potencia del poder constituyente.