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Cyrano de Bergerac

La izquierda y sus dictadores

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Dos francoargentinos, hijos de exiliados aventados por la dictadura del general Videla, estrenan en el teatro de Gennevilliers, a las afueras de Paris, Aliados,  una ópera cuyos protagonistas no parecen acoplarse a la idea de un vaudeville: el general Augusto Pinochet y Margareth Thatcher. “Ambos viejos monstruos” – reza el programa del teatro - en escena sentados en sendas sillas de rueda, balbuceando entrecortadamente  y manifiestamente afectados de desmemoria y demencia senil. Lo cual parece verse confirmado por la famosa frase con la que ya por entonces ex primer ministro de Inglaterra – corría el año de 1999 – regalara al prisionero del Reino al que le rindiera esa controversial visita de cortesía: “soy muy consciente de que fue  Ud. quien llevó la democracia a Chile”. (El País de España, 13 de junio de 2013).

Esa aparente boutade sirve de aderezo al tema central de la ópera: desenmascarar la alianza entre la “dama de hierro” y el odiado comandante en jefe que llevó a cabo el derrocamiento de Salvador Allende un 11 de septiembre de 1973. Y sobre todo traer al recuerdo de los ávidos “progres” parisienses el respaldo que el sureño le brindara a la inglesa para derrotar militarmente a la dictadura militar argentina durante la tristemente célebre Guerra de las Malvinas.

A un espectador avisado debiera confundir lo que se pretende pasar como ejemplo artístico de la lógica brechtiana que inspira a los autores. Porque, en efecto, si los ingleses no le hubieran dado esa ominosa paliza a los generales de la Junta argentina, mucho más cruenta y espantosa que la chilena, su caída hubiera tardado muchísimo más años de los que esta derrota aceleró. Y si el “monstruo” de las gafas de sol no hubiera dado su golpe de Estado, nadie puede imaginar lo que podría haber sucedido en el aguerrido país sureño. ¿Una guerra civil, una tiranía castro comunista, un letargo interminable con la disolución de esa bicentenaria república?

Sería canallesco aplaudir y agradecer una guerra y una tiranía. Pero como bien decía Maquiavelo, es más fácil ver que comprender. Y al parecer no es la comprensión la que motiva a nuestros dos exiliados, sino la reiteración ad infinitum del clásico maniqueísmo que mueve a las buenas conciencias de la llamada progresía mundial. Desde luego que los truculentos sucesos de la infamia chavista son infinitamente más “teatralizables” que los logros de la Dama de Hierro o de la dictadura pinochetista. Pero esa – la nuestra -  infamia es “de gauche”, como dice la progresía francesa, y a la Gauche ni con el pétalo de una rosa

Basta leer la autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes, para darse de frente con una infinidad de anécdotas que lo retratan en su brutal crueldad, digna de un teatral Nerón caribeño. Y ver su arte persuasoria secuestrando al teniente coronel Hugo Chávez para imaginarse los más insólitos y hasta divertidos diálogos de ultratumba que tendrían en sus encuentros al borde de sendos lechos del CIMEQ como para hacer un musical digno de Broadway. Porque basta revisar la hemeroteca para advertir que muchos de los encuentros entre ambos próceres de la izquierda mundial tuvieron lugar o cuando Fidel se devolvía del infierno gracias a un especialista madrileño, o Chávez se encaminaba sin remedio al Hades de la mano de un equipo de médicos rusos. Digno de Ionesco

Es más: el encuentro que sirve de argumento al escarnio de nuestros buenos franco argentinos tiene lugar en un higiénico y sanitario entorno de enladrillados rojos, sobrios vestidos de gentes del poder y hasta prendedores de corbata. Los de Castro con Chávez recuerdan las escenas de Marat Sade, la célebre obra de Peter Weiss que retrata los últimos días de Jean Paul Marat en el asilo de Charenton, que comparte con nuestro afamado Marqués de Sade en medio de un carnaval de delirios y despropósitos.

Y por si el escenario no fuera suficiente: los rocambolescos acontecimientos que rodearon el mutis del ágrafo y delirante teniente coronel son dignos no sólo de una comedia, un musical y un ofertorio: sino de un cabaret berlinés de los tiempos de la República de Weimar. Con un muñeco de cera culminando la gracia brechtiana descendiendo de la tramoya provisto de alas y rodeado de nubes, como ya se lo representan los caricaturistas cubanos que lo animan en un cielo de nubes, rodeado de Bolívar, el Ché Guevara, Martí y Alí Primera.

Una ventaja incomparable como para montar un musical y llevarlo a Broadway, con un único e insuperable inconveniente: Fidel y Chávez, dos tiranos apocalípticos por los desastres que causaran, pertenecen a la alegoría de la progresía. A ellos a honrarlos como a Marx, a Engels, a Lenin y a Stalin. Pertenecen al religioso santoral de la izquierda. Ni con el pétalo de una rosa.