• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

A la izquierda o a la derecha del portón

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Una secuencia muy socorrida en el cine es la que muestra a la esposa sorprendiendo al marido y a la rubia secretaria desnudos en la cama. La secretaria se esconde bajo la sábana o se levanta precipitadamente y huye de la escena mostrando las nalgas mientras el hombre se incorpora, trata de cubrir su desnudez con la punta de la sábana mientras exclama con voz ahogada pero que trata de ser persuasiva o convincente: “¡Mi amor, no es lo que parece!”

Es lo mismo: la derecha política o a izquierda ya no son lo que antes parecían ser. Simplemente son lo que se encuentra a mi mano derecha o lo que se encuentra a mi mano izquierda. Dimas está a la derecha de Cristo en la Cruz; Gestas, a la izquierda del Salvador. ¿Uno es reaccionario por estar a la derecha y el otro revolucionario por estar a la izquierda, siendo como lo eran un par de ladrones? La explicación está en que Dimas es un ladrón “bueno” y gestas es un ladrón “malo”, pero atribuirles significaciones políticas tanto a la derecha como a la izquierda resulta hoy inadmisible si consideramos que todo se encuentra en permanente transformación y cambio; todo oscila inevitablemente de un polo a otro; de allí que lo más sabio y aconsejable es evitar cualquier identificación con uno u otro de estos extremos puesto que no son definitivos, no son inamovibles. Sin embargo, los simbolistas sostienen que la izquierda “para todas las civilizaciones del Mediterráneo antes de nuestra era, significaba la dirección de la muerte”. Pero hubo otras asimilaciones: ella, la izquierda, significaba lo pasado, lo siniestro, lo reprimido, la involución anormal, lo ilegítimo; por eso, la insana preocupación de los padres que tantas recriminaciones se les hicieron de obligar al hijo zurdo a  que emplease la mano derecha. Por su parte, el lado derecho representaba el futuro, lo diestro, lo abierto, la evolución, lo normal, lo legítimo. Pero en la hora actual, al igual que el hombre y la rubia desnudos en la cama del cine, nada es lo que parece ser y mucho menos la política. En todo caso, lo más notable y singular es que cada una, tanto la extrema izquierda como la extrema derecha, pueden permanecer agazapadas, al acecho del contrario para abrazarse y toquetearse. Por eso se explica que en el extremo izquierdo, en el chavismo, se remueva y contonee con gran júbilo la extrema derecha, es decir, el fascismo que el socialismo del siglo XXI trata de endilgarme colocándome precisamente en la derecha que es la ubicación perfecta y natural que le corresponde al comandante convertido en pájaro, a Maduro, a Diosdado y a todos los enchufados, ¡quiéranlo o no! El mayor agravio que perpetra el socialismo del siglo XXI contra mí no es hacerme culpable de la catástrofe política y económica y la disolución social y cultural del país venezolano sino que siga acusándome de fascista cuando hombres como Luis Alberto Crespo, Edmundo Aray o Asdrúbal Meléndez, para mencionar solo a tres de mis numerosos amigos, saben perfectamente quién soy, cómo pienso al país, la opinión que me merecen los militares en uniforme dirigiendo la política fuera de los cuarteles y la circunstancia deplorable de que aún no hemos enterrado a treinta metros bajo tierra a Juan Vicente Gómez, sin necesidad de abrazarme al fascismo.

Lo sensato, pues, es buscar el centro y permanecer en él pero sin salirnos del camino; lo que no significa indiferencia, negligencia, imposibilidad o resignación sino, contrariamente, mantenernos alertas al momento de abordar las condiciones mas favorables al cambio. Lo que se ha dado en llamar desde los tiempos de Ghandi la “pasividad activa”, argumentando que al estar uno en el centro los opuestos, al no encontrar resistencia alguna desaparecen por sí mismos. Lo contrario es permanecer encerrados, enclaustrados en la rigidez paralítica de los principios, sujetos a normas esclerotizadas y reglamentos oxidados, sean éstos de derecha o de izquierda.

Era, a su manera, lo que tanto insistían nuestras abnegadas pero inocentonas maestras de primaria: no contentas con descabezar a nuestro amigo imaginario y devastar el aliento poético de la niñez exigían que no nos saliéramos de la raya las veces que debíamos colorear mapas y figuras cuando lo aconsejable era hacer lo contrario: salirse de la raya, romper las convenciones, despejar la afligida vida de los adultos, quebrantar sus extremos y colocarnos en el centro que nos habría permitido visionar desde entonces con mayor claridad y libertad el odioso universo de los opuestos que al toparse entre ellos no solo se reconocen como iguales y se identifican uno a la izquierda y el otro a la derecha sino que se abrazan, y al sonreír y negociar sus conciencias establecen el fascismo en el mundo y se hacen uno en el otro. Hitler en Stalin, Chávez en Gadafi; el demócrata a ultranza en el caudillo alimentado de perversidad. El mexicano Vasconcelos, bolivariano iluminado, que habló y sostuvo el radiante futuro de una absurda Raza Cósmica, terminó fundido en las abominables teorías de aquella no menos repulsiva raza aria, superior, acunada por el nazismo. Y son precisamente los regímenes militares, autocráticos y represivos como los de Guzmán, Gómez, López, Pérez Jiménez, Chávez y el triste y menguado Nicolás los que mas idolatran la figura de Simón Bolívar al punto de convertirlo en una deidad que, en la hora actual, apenas si  alcanza a ocupar una justa referencia histórica para los jóvenes que hablan idiomas, navegan por internet, leen periódicos de Australia y afirman no tener nada en común con Guaicaipuro, Tamanaco ni con el Negro Primero –¡yo tampoco!–, pero que estarían dispuestos, también yo, a cavar los treinta metros de profundidad que se requieren para enterrar definitivamente a Juan Vicente Gómez sin importar si lo hacemos a la derecha o a la izquierda del portón del cementerio.