• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Mauricio Gomes Porras

La isla y los zamuros

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Todas las civilizaciones han utilizado la idea de las islas como metáfora o analogía dentro de sus mitos y leyendas. Así que toda isla tiene un significado intrínseco y subliminal que viene tatuado en nuestro ADN cultural.

Sabemos que hay dos tipos de islas: benditas y malditas. Al estar separadas del territorio insular, las islas son lugares con otras reglas, lugares fuera de las normas que reinan en el resto del mundo. Esto puede ser bueno y la isla puede ser un refugio paradisíaco para quien busque comenzar de nuevo. Y puede ser malo, cuando la isla se revela como una prisión o un lugar aberrado. Las islas son tradicionalmente lugares a los que son desterrados los indeseables para aprisionarlos y controlar sus exilios, como Napoleón preso en Santa Elena, la isla para leprosos, Alcatraz, o la isla de Robinson Crusoe (que según el libro está ubicada en Venezuela, en una desembocadura del Orinoco).

Las islas son territorios desplazados, están separadas tanto en el tiempo como en el espacio. La isla, como arquetipo digamos, no es verdaderamente tierra firme sino que es un no-lugar, fuera del mapa y fuera del tiempo. Esto significa también que la isla puede cambiar de lugar pues no importa su relación con el mundo de afuera, es en sí misma su propio universo, como la de Lost.

Todo esto convierte a las islas en microcosmos ideales para cualquier experimento que sería imposible desarrollar en poblaciones mayores, como las pruebas nucleares de los gringos en las islas del pacífico o el comunismo en Cuba. Son la tierra prometida en la cual se puede comenzar una nueva utopía o una nueva pesadilla, aprovechando su condición de atemporalidad: las islas pueden ser un cielo eterno o un infierno eterno.

Así que, en vista de que la isla tiene como condición imprescindible su propio aislamiento, un isleño es un individuo alienado del mundo. La isla te niega la posibilidad de tener perspectiva, de conocer una realidad distinta. Es un universo pequeñito y restringido que te prohíbe acceder a los demás universos. Para desarrollar perspectiva, para entender incluso a la propia isla y las anormalidades a las que ya estabas acostumbrado, tienes que salir de ella.

Los isleños de todas partes del mundo me dicen lo mismo, no importa si son de las Canarias, las Azores o Puerto Rico, luego de reconocer la belleza de sus islas, añaden: “Pero la isla pesa”... Hay un poema del cubano Virgilio Piñera que se llama “La isla en peso” y tiene frases que definen como ningún otro lo que se siente estar encerrado en una isla, comienza así:

“La maldita circunstancia del agua por todas partes

me obliga a sentarme en la mesa del café.

Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer

hubiera podido dormir a pierna suelta”.

Yo creo que Venezuela es una isla desde 1998. Y creo que el aislamiento nos cambió, como a las tortugas de Galápagos o a los japoneses. Nos hemos convertido en un pueblo desfasado con sus contemporáneos, obsesionados con debates ya superados por nuestros vecinos, náufragos en el mar de la modernidad. Además de descender como sociedad al salvajismo, Venezuela está ausente del mundo, del debate social, de todo. Es un lugar en el que no se habla del matrimonio igualitario y de la despenalización de las drogas, ni tampoco seriamente sobre política de género ni la objetificación de la mujer, tampoco se hace crítica cultural ni mucho menos se experimenta con innovaciones tecnológicas. Es un lugar en el que esos tópicos y debates se ven frívolos porque seguimos todavía anclados en el subdesarrollo y lo verdaderamente urgente es conseguir comida y no ser asesinados, como en el tiempo de las cavernas.

La semana pasada fui a MRW acá en Barcelona, quería enviar un paquete como regalo de Navidad a Venezuela. Me dijeron que sólo permitían papeles, porque si enviaban alguna otra cosa, lo que fuera, se lo robaban en la aduana. ¿Existe mayor evidencia de que Venezuela es una isla, un no-lugar, que el hecho de que hay condiciones para establecer contacto postal con ella?

Comencé a tener consciencia de nuestra condición de isla el año pasado al regresar al país. Aterrizar en Maiquetía era como llegar en barco a un puerto en medio de la ciénaga. Venezuela era una isla de río, una de esas islas perdidas en un delta lleno de ramificaciones como arrugas en la piel de la normalidad. Una isla rodeada no por mar, no por el Caribe, sino por un pantano verde y espeso, un pantano para atravesar con un rompehielos.

A diferencia de los años anteriores, esta vez el pantano me tragó. No hubo reunión con los amigos ni ron con coca-cola que me permitiera ignorar por un momento el hecho de que absolutamente toda mi generación se sentía atrapada en un lugar abusivo y sin esperanza, y que todo plan de vida de los que nacieron en los noventas tenía un punto capital bien delineado: salir del país. Pocos tenían algo más claro que eso, pero todos coincidían: la vida comenzará cuando escapemos de la isla.

Valencia, en específico, se sintió durante todo el año como un lugar en el que nadie hace nada, en el que nadie puede hacer nada. Nadie, joven o viejo, estaba haciendo algo nuevo ni relevante, en ningún ámbito, desde lo creativo hasta lo empresarial. Lo único que mantenía alguna apariencia de movimiento y cambio eran las construcciones que por obra y gracia del blanqueo de capitales seguían erigiéndose a ritmo sostenido por la ciudad. Aún así, se sentía la farsa: edificios nuevos para una ciudad en la que nadie quisiera envejecer.

2013 había terminado de la manera más desesperanzadora posible, con la oposición absolutamente minimizada e impotente ante el fraude electoral que denunciaron y con una nueva devaluación que tumbó cuanto emprendimiento personal todavía existiera. El peso de la isla era tal, que en mi fiesta de año nuevo iba predicando como un sacerdote sin dios la inminente llegada del año del zamuro. En ese momento no lo entendía a cabalidad, pero sentía con una fuerza premonitoria esa frase. 2014 iba a estar plagado de muerte, iba a ser “el año del zamuro”. Aquel animal carroñero y asqueroso que se alimenta de la carne muerta, aquel emplumado negro que representa todo eso que odiamos. Recién iniciado el año, la muerte de Mónica Spear sirvió de presagio para los casi 50 muertos en vano durante las protestas de los meses siguientes. Los zamuros se dieron un festín.

Si no fuera porque las diversas burocracias públicas y privadas nos mantienen entretenidos, todos los venezolanos nos daríamos cuenta de que ha pasado el tiempo y no ha cambiado nada. Me explico: la ilusión de movimiento en nuestra burbuja personal la otorgan las pequeñas luchas de enanos, como graduarse de la universidad o comprar una moto. Son cosas importantes, claramente, pero no son cosas que justifiquen nuestro paso por la tierra ni mucho menos nuestro peso como pueblo en el mundo. En el mundillo cultural esto se nota, esto pesa. Cualquiera con ínfulas de gigante en Venezuela no es más que un chihuahua incluso en los países inmediatamente próximos a nosotros.

Las islas sólo exportan fruta y desgracia. Casi siempre tienen una relación de dependencia con la metrópolis, rara vez están de tú a tú con el mundo exterior. América entera, por ejemplo, tardó bastante tiempo en dejar de ser considerada, simplemente, una isla bien grande y comenzar ser entendida como un territorio insular autónomo, con su propia producción intelectual y sus propias claves culturales.

En estos 16 años no se hizo una sola producción cultural venezolana que haya tenido un impacto trascendente en el acontecer internacional. En el cine, no hablemos de Pelo Malo ganando en San Sebastián porque ningún español (incluso los cinéfilos) conoce de su existencia; ni tampoco es relevante que Hermano haya ganado un festival en Rusia. De literatura da vergüenza hablar y Boris Izaguirre debe ser el único venezolano que se gana la vida escribiendo en el exterior. En el periodismo no tenemos ni una sola publicación cultural -o publicación a secas- que sea motivo de admiración en los congresos internacionales o que sirva de referente (mientras que Colombia, México y Argentina protagonizan el llamado boom de la crónica latinoamericana, con decenas de publicaciones especializadas en el periodismo narrativo). En la música, estamos un poquito mejor: los Grammys de La Vida Bohéme están bien para el ego, así como Los Amigos Invisibles consolidándose en mercados regionales importantes, pero no nos engañemos, seguimos siendo campeones de pueblo.

Como Cuba, viviendo de un pasado artístico glorioso en la música y las letras, pero absolutamente irrelevante desde el 59. Todo parece apuntar a que la misma condición de isla hundida en la melancolía que vislumbró Virgilio Piñera nos fue exportada, o mejor dicho, impuesta. Puede ser que esta sea una de esas raras ocasiones históricas en las que un territorio insular fue colonizado por una isla, pero doy fe de que pasó, y pesa.

La juventud venezolana camina apurada semestre a semestre preocupada por sus notas y rencillas con los profesores-caudillos de quienes dependen, comprensiblemente distrayéndose del gran zamuro negro que se cierne sobre sus futuros: están corriendo una carrera que comienza a doler cuando se llega a la meta. Graduarse, siendo venezolano, es ganar la maldición de abrir los ojos y despertar en la isla.

Licenciados, doctores, técnicos varios: sean todos bienvenidos a una vida sin oportunidades. La patria, esta bella isla nuestra, les ofrece un espacio laboral inexistente, malpagado y carcomido por una inflación que pasará -mínimo y según los más optimistas- de 60% en 2015, pero no se preocupen porque a partir de año nuevo les pagaremos en cambures y cocos. Aquí podrán ser parte de una sociedad hostil y derruida por el resentimiento en la que sólo lograrán ser propietarios de un apartamento luego de ahorrar -con muchísima suerte y sorteando las devaluaciones casi trimestrales y los desfalcos económicos mixtos- al menos treinta años (para descender, además, un escalafón en relación a sus padres). Naturalmente, con una probabilidad de bancarrota de 93% (la más alta del mundo) y una deuda pública que duplica nuestras reservas, la seguridad financiera corre a título personal. Esto es buenísimo para la unidad familiar porque a diferencia de los jóvenes en el resto del mundo, tú nunca podrás independizarte de tus padres y seguirás sin saber qué es eso de hacerle el desayuno a tu novia o comprar una mascota en pareja. Te espera una vida de moteles rancios y clandestinidad amatoria hasta los cuarenta, pero que Dios bendiga a la perpetua unidad de la familia Venezolana.

Con un estimado de “entre 9 y 15 millones de armas” en un país de 28 millones de personas, las actividades de esparcimiento en esta vida de subsistencia correrán a riesgo propio pues el Estado y sus órganos de seguridad sólo se harán visibles al momento de perseguir y asesinar a los revoltosos malcriados que no se conformen con los bellos paisajes que les ofrece nuestra preciosa isla tropical. ¿Por qué se quejan? ¿Acaso no es más bonito sentarse y ver a las bandadas de zamuros volar?

Sin embargo, el gobierno, en toda su benevolencia, le otorga a los inconformes una alternativa: hay un rompehielos zarpando todos los meses de la isla y atraviesa el pantano, por una módica suma podríamos negociar tu fuga.