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Sumito Estévez

La isla de los hombres que cocinan

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En toda comunidad existen códigos de conocimiento, sobre temas específicos, que se aprenden desde que eres niño y que de alguna manera determinan con su metalenguaje si perteneces realmente al colectivo. Así, por ejemplo, en Francia un niño oye hablar de vinos y regiones vitivinícolas desde que es pequeño, y a medida que crece se va volviendo experto en el tema. En la mesa francesa de un restaurante todos tienen que ver con la carta de vinos y si un extranjero inmigrante desea pertenecer a esa comunidad, más le vale ponerse a estudiar. 
Otros países en cambio convierten el clima en su tema cotidiano de conversación, al punto de parecer que si no eres un experto meteorólogo no tendrías ni siquiera posibilidad de aspirar a una cita romántica por falta de conversación común. Hay ciudades en las que un deporte es esa columna, en otras todos saben términos del psicoanálisis y en otras la política es la obsesión. De hecho, un buen consejo a la hora de emigrar es averiguar si nos gusta la fascinación nacional del país receptor, porque esta signará nuestra vida.
Es difícil saber por qué los pueblos se vuelven más expertos en un tema específico que en otro, pero lo que es indudable es que es una forma sana y sutil de competencia para divertir reuniones. Tarde o temprano se habla del tema en cuestión y todos tratan de demostrar que son los que más saben.
Cuando llegué a vivir a la isla de Margarita, dos cosas me llamaron la atención desde el principio. Por un lado todos los no margariteños que escogen la isla para vivir están obsesionados con el tiempo que tienen viviendo en ella. Un diálogo en el que diga algo como “Encantado, me llamo Sumito. Tengo 4 años y 9 meses viviendo aquí” es particularmente común. Paso seguido empiezan las bromas respecto a si eres navegado, anclado, con pasaporte o con nacionalidad (todas dependen del tiempo en la isla, de si te casaste con alguien de aquí, de si tuviste hijos en la isla, etc.), y es apenas después de este ritual que puede comenzar la conversación.
Pero el otro factor que me dejó boquiabierto desde el principio es que todos los hombres margariteños cocinan o, si no lo saben hacer, dicen hacerlo. En toda reunión de hombres margariteños en algún momento se habla de cocina y todos afirman que hacen un plato mejor que nadie. Con el tiempo, en estos 4 años y 9 meses, he tenido la suerte de comprobar muchas veces que en efecto estos margariteños saben cocinar. Y mucho.
Al principio pensé que hablaban de cocina frente a mí como una forma de ser amables por el hecho de ser yo cocinero. Pero luego de 4 años y 9 meses me es evidente que hablan de cocina porque saben de cocina.
He indagado con amigos el porqué de esta isla de hombres cocineros. Con cuatro teorías me he encontrado y probablemente la respuesta es un poco de todas ellas.
En Margarita se come mucho pescado (algo inusual en las islas del Caribe) y ello implica que la gente desde muy pequeña es capaz de reconocerlos. La primera prueba a la que nos someten a los navegados es de reconocimiento marino. Una cosa es saber que un mero es mero y otra es saber que hay mero guasa, tosía, cuna güarei, cherna, paracamo o fraile. Y aquel que sabe de pescado termina sabiendo cocinar, porque si alguien habla de sapo bocón necesariamente le preguntarán cómo se cocina.
Otra razón es que los margariteños fueron y siguen siendo hombres de mar, y en el mar, cuando se faena largo, quienes cocinan son los hombres. Todo margariteño sabe hacer muy bien funche y no es casualidad.
La tercera razón es que la isla de Margarita es un entramado social matriarcal. Aquí quienes mandan son las mujeres. Sé que después de 4 años y 9 meses de arduo trabajo para pasar de navegado a anclado, he perdido muchos puntos por exponer este secreto y he retrocedido al punto en el que tenía 2 años y 7 meses viviendo en la isla. Pero aquí quienes mandan son las mujeres, y donde manda una mujer tarde o temprano los hombres tienen que aprender a cocinar.
Finalmente está el patio. El patio de la parte de atrás de las casas, bajo la sombra de un árbol de copa enorme, es fundamental en la cultura margariteña. El patio margariteño es como esos clubs ingleses en los que no entran mujeres. De hecho para un navegado como yo, con 4 años y 9 meses en la isla, es un honor inmensurable ser invitado a una jornada de ron de ponsigué y patio. Y en los patios los hombres cocinan platos increíblemente complejos como un guiso de pato, un arroz con guacuco o un tarkarí de chivo.
En Margarita no es descabellado decir que la cocina de los abuelos es la cocina que se añora. En esta, la isla de los hombres que cocinan.