• Caracas (Venezuela)

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Beatriz de Majo

La irreversibilidad

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La situación violenta generada por la represión del gobierno a las legítimas protestas de la disidencia ha hecho que el foco de los análisis externos, y muchos de los internos, sobre la coyuntura de Venezuela, se centren en los temas de la violación de los derechos humanos, en las falencias democráticas, en la inexistencia de libertades. Todo ello es grave, pero bastante más que eso en nuestro decorado.

Estamos frente a un proceso de reacciones en cadena  de la ciudadanía ante el destrozo nacional en el terreno económico, en el social, en el de la seguridad y en el de la salud. Si hasta hoy han sido los estudiantes y las clases medias quienes manifiestan su hartazgo y su intolerancia, cada día se suman otros a las expresiones de descontento, que además reclaman la subyugación de nuestra soberanía a la de intereses extranjeros.

Es el país que despierta y se dispone a la acción pero, con un cambio cualitativo en el vientre. Cada día la llaga del descontento se amplía por donde más daño le hace y por donde más le inquieta a los perpetradores de este  descalabro deliberado que nos ha transformado, de un país rico y prometedor, en una sociedad miserable y ruinosa. El malestar creciente de las clases populares, de las más excluidas, de las más depauperadas, de las que mayores promesas de bienestar y bonanza recibieron a lo largo de tres lustros,  se está convirtiendo en la peor amenaza, para este régimen que ya no tiene forma alguna de enderezar el rumbo de los entuertos armados a lo largo de los años, porque ya se tornaron irremediablemente irreversibles. Atornillada profundamente en nuestra realidad de hoy, la crisis económica, la que está al origen de casi todos nuestros malestares de hoy,  se ha vuelto rebelde a todo intento oficial de hacerla entrar dentro de un cauce manejable 

El barco se les viene a pique a la vista de todos: de rebeldes disidentes y de apasionados revolucionarios. Para los actores del descalabro, saber que no hay marcha atrás, que las condiciones del destrozo solo pueden hacerse peores y más penalizadoras de las masas, es lo que explica que del lado del gobierno se convoque al falso diálogo - instrumento que sirve para tratar de lavarse la cara ante terceros- al tiempo que se miente, se insulta, se tortura, se reprime y se siembra el terror para doblegar la disidencia.

Solo a través del sometimiento de la población pueden mantenerse las riendas de este caballo que ya se ha desbocado y que en su alocada carrera cada día convocará más al descontento, a la protesta y al reclamo de un cambio en el gobierno.

La consiga oficial es, pues, acallarla, asfixiarla, penalizarla. Poco importa el método ya que es vital no sucumbir. Igual da que se venga al suelo el país. Ya no hay espacio para otra estrategia que no sea salvar a toda costa su ejercicio en el poder, alienar  a la población, asegurarse su permanencia para salvar su pellejo en medio del marasmo.