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Florence Thomas

No me lo inventé

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Y nos siguen diciendo que exageramos, que ya no hay por qué protestar, que estamos en todas partes y que en lugar de reclamar deberíamos callar un poco más y escuchar lo que se dice. Pues bien, les doy una bonita y clara muestra del fin del año. Y tiene que ver con un periódico que también quiero mucho, El Espectador. En una de sus últimas ediciones de 2013 abordó el tema de los personajes del año. La foto en la portada fue el pleno de la mesa de negociación en su instalación en Oslo, o sea 12 hombres sentados a la mesa, ni una sola mujer.

Pero sigamos con nuestro recorrido de los personajes del año: los citaré en el orden en que están presentados en el diario. Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo, Juan Manuel Santos, Jorge Enrique Robledo, Álvaro Uribe Vélez, Guillermo Alfonso Jaramillo, Eduardo Montealegre, tres jueces pioneros (sí, en estos tres, hay una mujer, Luz Stella Garay), Gustavo Trejos, Juan Ricardo Ortega, Diego Molano Vega, Sergio Díaz-Granados, Pablo Felipe Robledo, Néstor Pékerman, Piedras (un pueblo del Tolima), Óscar Andia, Camilo Mora, Óscar Gamboa Zúñiga, Carlos Vives y, ¡milagro!, una mujer apareció en esta jungla patriarcal: Piedad Bonnet, que cierra la lista. ¿Es una exageración mi protesta?

Las mujeres de este país siguen siendo invisibles, transparentes, o presentes cuando acompañan a los niños, las niñas, los locos, los esclavos, los obreros, los pobres, los animales. Ahí estamos desde hace siglos como si nunca las mujeres pudieran estar pensadas solas; casi siempre, otros u otras las acompañan en el discurso, como si fuera imposible imaginarnos como sujetas pensantes, como creadoras de signos que retoman lo que decía hace ya casi un siglo Lévi-Strauss cuando escribía que los hombres son a la cultura lo que las mujeres son a la naturaleza.

Finalizando el siglo XX, Aragón, ese gran poeta, dijo: “El siglo XXI será femenino o no será”. Pues creo que no será. Y con esto no quiero ser pesimista, pues reconozco también que hemos avanzado y que en franca lid hemos logrado algún reconocimiento. Sin embargo, es innegable que cada vez que salimos de los universos tradicionales ligados a nuestro estereotipado rol maternal o farandulero, nuestra visibilidad se vuelve muy tenue.

La última revista Arcadia (n.° 98) lo confirma: los hombres se ven, se oyen, se conocen y se reconocen; las mujeres difícilmente se ven, tal vez porque aún se miran con los ojos del deseo que deforman todo y así pocas veces tienen el reconocimiento público que merecen. En las artes y la ciencia abundan ejemplos. En El Espectador, en diciembre de 2013, se nombran y se destacan 18 hombres y una sola mujer. No me lo inventé.

Y hoy, al escribir esta columna, no puedo pasar bajo silencio el atroz video que circuló hace unos dos o tres días en Facebook: un video de una crudeza insoportable y demasiado dolorosa para verlo hasta el final –yo no pude– que muestra un muchacho, casi un adolescente, violando ferozmente a una mujer que parece inconsciente, totalmente pasiva y probablemente drogada, acompañado de los gritos de victoria de otros dos, ¿o tres, o más? y, según la prensa que pudo descifrar lo que dicen, se oye a uno decir que después toca botar a esta mujer en el parque… Y me pregunto: ¿qué ha pasado a este pobre país para que ocurran semejantes hechos? ¿Qué hay de la vida de estos muchachos, qué les hemos hecho para que puedan cometer semejantes atrocidades? Al observar el video, yo me sentí violada, yo era la mujer violada y al mismo tiempo culpable porque, sin duda, todos y todas somos culpables. Ojalá y después de esto podamos todavía desearnos un feliz año 2014.