• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Ildemaro Torres

Un intento de puesta al día

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En 1978, en la ciudad soviética de Alma-Ata, una asamblea de la Organización Mundial de la Salud acordó e hizo pública la meta “Salud primaria para todos en el año 2000”; y los expertos allí reunidos la definieron como “el saneamiento ambiental que le garantice a la población adecuado suministro de agua potable y eficiente drenaje de excretas, nutrición apropiada en cuanto a que su tenor de proteínas y calorías responda a los requerimientos humanos básicos, asesoría en planificación familiar, y programas de inmunización que alejen los riesgos de contraer determinadas infecciones”.

A su vez la Organización Panamericana de la Salud puso en términos más categóricos el planteamiento y estableció que, idealmente, para la fecha señalada, en nuestros países tercermundistas la totalidad de los niños menores de 1 año debería estar vacunada contra todas las enfermedades infectocontagiosas, y que la mortalidad infantil de ningún modo debería exceder la cifra de 30 defunciones por cada 1.000 niños nacidos vivos. La OMS a semejanza de lo que hace la Unesco en lo cultural, al formular principios como el de Alma-Ata los refiere a la diversidad de pueblos del mundo.

Para nosotros en Venezuela, la proposición parece haber quedado congelada en el tiempo –tan remota como el punto geográfico en que fue acordada– y carecer de significado, a juzgar por la realidad que nos salta a la cara como hechos palpables y datos estadísticos que, aunque no confiables porque rara vez registran la verdadera cuantía de los casos, son sin embargo suficientes y crudas evidencias de nuestro atraso.

Hemos sido testigos de la aparición de numerosos casos de sífilis, del retorno en grande del paludismo, hasta de epidemias de dengue hemorrágico como información destacada de los diarios. Pero no menos preocupa que al lado de esa noticiosa patología epidémica existe otra, estable e incorporada en nuestro medio a una triste rutina de mal vivir: la de la desnutrición y gastroenteritis, que arrastran con ellas numerosas víctimas infantiles.

En un recorrido por la geografía venezolana y una incursión en la vida de su población, las estadísticas de salud y educación demuestran la enorme distancia que existe entre las declaraciones sobre el significado de la infancia, y el comportamiento del Estado venezolano en relación con los niños.

 Incluida la bufonada del comandante de anunciar que dejaríamos de ver “niños de la calle” o él se cambiaría de nombre…, en los años de esta “revolución” nunca han gozado de los derechos que los asisten, porque no se les reconoce y respeta como ciudadanos que viven en presente y que en presente deben tener cubiertas todas sus necesidades básicas, sino que se les usa como ornamentos de los ramplones discursos del caudillo sobre el futuro y el eventual gran papel que ellos están llamados a cumplir.

Y al cierre del recuento, qué de nosotros, si todavía constatamos a nuestro alrededor la inexistencia de acueductos en muchos pueblos, la existencia de lugares en el territorio nacional sin centros asistenciales y ni siquiera caminos vecinales, la ineficiencia de las autoridades sanitarias del país, la falsa gratuidad de la atención médica en los hospitales públicos, al verse conminados los pacientes a llevar su sábana, sus cubiertos, y los remedios con que los van a tratar, el hacinamiento en los hospitales infantiles y de escolares en locales ruinosos e insalubres, el deterioro del ecosistema con el empobrecimiento de la higiene ambiental por basura acumulada y abundancia de cloacas abiertas, y un largo y doloroso etcétera. Hay sí el buen cuidado de que no percibamos que la salud es un derecho humano, y una obligación del Estado garantizárnosla.