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Julio Bolívar

Los intelectuales

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La situación política perdonen si no la entienda.

No es asunto mío dilucidarla.

En mi país quien está claro

sencillamente es un tonto.

¡Que se roben las arcas ya y que lo hagan

cuanto antes

pero a mí que me dejen

la luz de mis trópicos!

Juan Calzadilla

Curso Corriente

 

 

Más que volver a pensarlo el país lo que necesita con urgencia de apestado es un cambio de guardia de los actores que la dirigen. Tal vez el defecto que los venezolanos nos debemos quitar de la cabeza, es siempre pensar que necesitamos a un iluminado para que guíe nuestro destino. En mucho de eso han colaborado los llamados “intelectuales”. Incapaces de involucrarse en proyectos colectivos, claman como ovejas perdidas en el desierto por el éxito del último del “28”, o por una salida militar, y en última instancia por un nuevo partido al que se le ofrece un movimiento recién creado para fundar de nuevo a la patria. Un poco de esto es el papel que están jugando algunos de los intelectuales de este principio de siglo en Venezuela. No creo que se trate de un silencio ex profeso de los escritores, o pensadores, sino más bien de un agotamiento y una profunda desconfianza frente al silencio de los intelectuales del gobierno como posibles o ideales interlocutores. O a su excesivo plegamiento acrítico a un gobierno que falla y tiene un proyecto que divide a un país. Como afirmó Massimo Desiato a principio del año 97 (“¿El silencio de los intelectuales?” El Nacional 29-1-97) estos estén convencidos de la inutilidad de las grandes fórmulas, y que es verdad que la muerte de los paradigmas en el mundo del pensamiento dejó un hueco negro que aún no se descifra. Ante estas especulaciones pienso que se trata más bien de la pérdida de posibilidades de realización de lo que llamó en su momento Humberto Eco “las pequeñas utopías”, de allí la gran desconfianza de un hombre al que le han otorgado la misión de pensar por todos: el intelectual. Tenía que renunciar uno de ellos al gobierno, que en silencio había apoyado durante 13 años al presidente predecesor, para que surgieran voces críticas que apenas son toleradas por sus jefes. Nadie sabe que motivaciones tenía Giordani para sacar a la luz lo que dijo: ¿odio, resentimiento, frustración? No sabemos, menos ahora que guarda silencio.

El Pacto de Punto Fijo que ayudó en alguna forma a fundar en nuestro país la sinuosa democracia que tenemos, o teníamos, fue un acuerdo para administrar a un país entre dos, jamás fue un proyecto de país, mucho menos un ideal. Todo esto estableció una implacable lógica de los partidos políticos, dejándole poco espacio a la voz que decían representar, esto es, la gente. Al parecer la gente se cansó de hacer la cola cada cinco años, se cansó también de ver cómo la riqueza del país más rico de Latinoamérica se iba por las movedizas arenas de la corrupción, organizada por los partidos políticos, antes y ahora. También este mismo pueblo tranquilo y apacible ha visto cómo sus hijos han entrado a un sistema educativo diseñado para formar un ejército de profesionales que hoy deambulan entre la miseria y la necesidad de definirse en esa abstracción que se llama la “clase media”. Esa misma masa informe le otorgó unos cuantos votos a un “intelectual muy reconocido” – como diría Desiato- que participó en el mismo sistema de partidos al que hoy cuestiona y al que él mismo ayudó a construir, después de colaborar con todas las formas de gobiernos que han existido en el país desde Medina Angarita  hasta el gobierno que hoy padecemos. Como se verá, múltiples  formas ha adquirido esa fauna que se hace llamar los “intelectuales”. En ese paisaje encontramos como Vallenilla Lanz, Gil Fortoul, los pacíficos e indiferentes poetas de la peña que se reunían los Viernes, hasta los que hicieron las respectivas pasantías por grupos literarios  repartiéndose después  en las diversas formas del fundamentalismo contemporáneo llamados Partidos Políticos y burocracia oficial.

Esa intelectualidad que de alguna manera lideró el país, en un período que pudiéramos ubicar cómodamente en la mitad del siglo, ya no existe. Los intelectuales de ahora están encerrados  en los claustros universitarios, o más comúnmente en las áreas de la comunicación, o en las zonas del poder, su contacto con la gente o con algún proyecto dirigido a una comunidad es el contacto con el especialista que es llamado para que ayude a analizar un ángulo de cualquier problema, “segmentación”, lo etiqueta la jerga y la tecnología del mercadeo. De esta manera, el intelectual de nuestro tiempo, no necesita fundar al mundo, su escepticismo lo disgrega en un océano de mundos cerrados (una revista, una columna en cualquier medio impreso (ahora abundan), un centro de investigación, la radio, las redes sociales y algunos afortunados la televisión). Esto nos lleva a coincidir, en aquel viejo artículo, con Desiato, cuando escribió; que para pensar en un país, en nuestro caso (creo que en muchos otros también) se requiere del esfuerzo de  todos los hombres desde la posición que ocupan. Sin mayores ambiciones que la de sólo aportar salidas a un país sin rumbo. Mientras esto ocurre, es bueno continuar  a contracorriente y continuar escribiendo desde la humildad de los márgenes, preservándola como diría Octavio Paz en El Ogro Filantrópico, “frente al estado, los partidos, las ideologías, y la sociedad misma. Contra el poder y sus abusos, contra la seducción de la autoridad, contra la fascinación  de la ortodoxia”.