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Eduardo Vásquez

Los intelectuales y la política

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Desde Sócrates, la función del intelectual en la sociedad quedó estatuida. El ateniense se caracteriza como un tábano, un insecto que pica y molesta. Toma los hechos, pero no para verlos de distintas maneras, sino para ver lo que hay de verdadero en ellos, lo que contienen para hacer la vida humana más auténtica y placentera. Hoy tenemos periódicos, su misión es dar a conocer los hechos que ocurren. El periodista, como tal, no tiene como propio de su oficio analizar los hechos, relacionarlos con el régimen político. Si tal hace excede lo propio de su misión. No quiero decir que no puede ni debe hacerlo, solo señalo que son esferas distintas. Analizar los hechos, vincularlos con el régimen en que se desarrollan es propio de los que se califican o son tomados como intelectuales. En nuestra opinión, nuestros intelectuales analistas políticos se mueven más en la función propia de los periodistas que en la de los intelectuales.

En nuestra época, cuando aparecieron regímenes políticos que nunca habían existido (el totalitarismo nazi y el soviético), el intelectual tiene que conocer los textos explicativos de lo que son esas dictaduras. Es difícil, quizás imposible, que sustituyan las reflexiones de Orwell, H. Arendt, Claude Lefort, por las suyas. Para entender este régimen que nos azota creo que hay que poner en claro lo que él es. Mientras no lo hagamos, utilizaremos medios inadecuados para combatirlo, como sería utilizar un martillo de mantequilla para moldear un hierro caliente.

Estamos discutiendo si este es un régimen totalitario o no. Quizás no se ha perfeccionado. Pero los rasgos que anota H. Arendt son propios de todo totalitarismo. Veamos uno. Tiene en común el totalitarismo con la tiranía el de abatir las barreras de las leyes instauradas por el hombre. Pero el terror propio de ese régimen no deja tras de sí una anarquía arbitraria. En el lugar de las barreras y de las vías de comunicación entre los hombres individuales, coloca un vínculo de hierro que los mantiene tan estrechamente unidos que su pluralidad está desvanecida en un hombre único de proporciones gigantescas. El haber abolido las barreras de las leyes entre los hombres equivale a destruir las libertades humanas y a destruir la libertad en tanto que realidad política, pues esa libertad limitada por las leyes es el espacio vital de la libertad.

El terror total utiliza los viejos procedimientos de la tiranía, pero al mismo tiempo destruye ese desierto del miedo y de la sospecha, sin barreras ni leyes que la tiranía dejaba tras de sí. Ese desierto ya no es un espacio vital para la libertad, pero un espacio para los movimientos y las acciones que inspiran el miedo y la sospecha a sus movimientos. Al aplastar a los hombres, unos contra otros, el terror total destruye el espacio entre otros.

Hemos copiado textualmente lo que escribe H. Arendt en “Ideología y terror: un nuevo tipo de régimen” (capítulo 14 de El sistema totalitario, publicado por Editions du Seuil, 1972). El lector, al leerlo, podrá reflexionar sobre si el que nos gobierna no es un régimen totalitario. Sustituyen las leyes anteriores por leyes que surgen del movimiento de la historia que conduce al comunismo. No se puede tratar al régimen actual como uno democrático, en el cual se dialoga para lograr un objetivo común. Aquí no hay objetivo común. El diálogo tiene que ser uno de sordos.