• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Freddy Carquez

La inseguridad es un problema político

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Ciudadano presidente, la inseguridad ha sido, es y seguirá siendo un extraordinario problema político, por lo que me permito dirigirme a usted y por su intermedio a su equipo de gobierno para tratar de explicarles que la violencia que carcome nuestro cuerpo social es un inmenso problema social construido en buena medida por el poder estatal, del cual ustedes son actualmente la parte más importante.

Comparto con usted, presidente, que no debe ser partidizada, pero su abordaje debe descansar en la identificación clara, apoyado en la mayor transparencia posible, de los diversos factores que han intervenido en el proceso de crecimiento del fenómeno, superando prejuicios, complejos, interpretaciones erróneas e incluso sentimientos de culpa, pero  sobre todo asumiendo en forma autocrítica las responsabilidades correspondientes a la gestión de gobierno del proyecto de gobierno que usted representa.

Porque la construcción de toda una programación destinada a la investigación y al desarrollo de respuestas eficientes a la situación de inseguridad que vive la República es un esfuerzo humano indispensable para la superación de una patología tan importante, convertida hoy en un enorme problema de salud pública, frente al cual los conductores actuales del Estado tienen la principal responsabilidad, tanto en su crecimiento como en la solución de la misma.

El Ejecutivo actual ha sido elegido para resolver problemas de esa envergadura; de otra forma, diputado Diosdado Cabello, aunque no comparta e incluso le moleste mi opinión, necesito decirle que su partido, el PSUV, debe facilitar democráticamente que otros ciudadanos con mayor capacidad y voluntad se ocupen de las políticas públicas destinadas a superar la situación de violencia y de pobreza que nos consume.

Y la resolución de este gravísimo problema de salud pública, ciudadano ministro del Interior y de Justicia, es un enorme desafío político, quizás el más importante y trascendente que hoy en enero de 2014, apenas trepando la segunda década del siglo XXI, sacude y estremece a la República de Venezuela, frente al cual lo deseable para su exitosa resolución hace indispensable la elaboración de una estrategia en la cual resulta esencial trabajar en paralelo y conjuntamente con la sociedad organizada y con criterio plural, sin abusos e imposiciones, para tratar de superar las causas más importantes del deterioro del proceso civilizatorio venezolano, que consumen el derecho a la vida y a la felicidad de nuestra comunidad.

Y dándole continuidad al esquema aprendido aquí en Venezuela, presidente, en la experiencia de salud pública más exitosa que ha tenido nuestro país, como fue la derrota del flagelo del paludismo, cuyos disolventes efectos sobre nuestra población campesina hace un siglo pudieran compararse hoy con los daños que el terrorismo de la violencia urbana ha creado en el interior de nuestras poblaciones y ha convertido a la sociedad en prisionera y blanco de las armas mortales del hampa.

Necesitamos entonces, presidente Maduro, comenzar por el principio, no por la cola y mucho menos por los atajos, porque la experiencia universal enseña que la prevención primaria es el punto de partida, lo que en el caso que nos convoca se expresa en los contenidos de los mensajes que el discurso político de los principales voceros del Estado les trasmite y propone a nuestros ciudadanos.

El cual desde hace ya más de una década ha estado dedicado a desvalorizar la vida humana, los valores nacionales, las realizaciones productivas y el desempeño en las diversas responsabilidades de nuestros habitantes, invocando diferencias conceptuales, muchas de ellas surgidas de interpretaciones carentes de sustento científico o desconociendo resultados históricos universales recientes absolutamente negativos para la humanidad, como lamentablemente ha sido el proceso de descomposición empobrecedor y dictatorial vivido por el castrismo.

La exaltación gubernamental de la violencia asesina adornada con el ultranacionalismo y la fantasía socializante es una orientación cultivada por el gobierno chavista que, desgraciadamente, se ha convertido en una construcción cultural, penetrando lamentablemente en la conciencia de los sectores integralmente más empobrecidos y atrasados de nuestra población, por favor, Diosdado, porque no es ninguna casualidad la juventud y la trágica condición social de miseria de la aplastante mayoría de nuestros delincuentes.

Resulta imposible olvidar los efectos políticos de la equivocada y reaccionaria conducta de los líderes parlamentarios del gobierno durante el año 2013, las múltiples agresiones verbales y físicas a la pluralidad y a la disidencia, en una sociedad caracterizada por la tolerancia y el espíritu democrático, pero que desde hace unas décadas vive un proceso de implosión económica y social con sus secuelas sociales de atraso, pobreza y violencia, flagelos que los nuevos administradores del gobierno hace ya 14 años le prometieron a nuestra población contribuir a resolver; sin embargo, ha sucedido todo lo contrario.

Es sobre ese caldo de cultivo de miles de jóvenes empobrecidos, al margen de la construcción ciudadana, abandonados muchos de ellos por sus familias, olvidados por el poder del Estado, sin perspectivas de progreso y ascenso social, atrapados en la incitación al consumo desvalorizado, convocados al ejercicio de la violencia a través de la imitación de los patrones de conducta de los principales líderes de la nación, es de esa situación, insisto, de donde ha surgido toda oleada de insurgencia primitiva, bandas armadas sin destino que se expresan en la inhumana violencia cotidiana.

Desorden y confusión que también ha sido alimentado a través de la profunda desorganización de las instituciones del Estado, particularmente su organización administrativa histórica, parroquial, municipal, estatal nacional, construcción secular en la cual se ha empeñado nuestro sociedad y la cual ha debido seguir su curso fortaleciéndose, desorden que de de igual manera ha deteriorado el Poder Judicial, facilitando en forma casi indetenible la complicidad del Estado con el hampa a través de la corrupción.

Orientación que parece pretender la liquidación del proyecto cristiano, liberal existente, para así alimentar la conducta autoritaria soportada por el militarismo decimonónico y siempre reaccionario, negador del proyecto nacional civilizador que descansa en el equilibrio de los poderes públicos, en el pluralismo de intereses y en la indispensable alternabilidad en la dirección del Estado, soporte esencial del proyecto democrático y social cuyo desarrollo demanda cada día con mayor fuerza nuestra población, extraordinaria y perversa deformación que ha convertido la impunidad en una política de Estado, al igual que la incitación a la violencia.